Una voz en defensa de los más pobres
Jun 30, 2005
El cardenal Rodríguez Maradiaga ordena en Montilla al presbítero Antonio Comino
(diariocordoba.com, 26/06/2005) El cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga es un hombre de trato amable y cordial. Su aspecto es el de un hondureño sencillo, sonriente y efusivo.
Cuesta trabajo imaginar al luchador incansable que critica abiertamente las políticas económicas de los países ricos empujando a la marginación y a la degradación de su medio ambiente a los países más empobrecidos.
Un cardenal que ha ocupado cargos de gran responsabilidad en la iglesia latinoamericana, un humanista de gran cultura maestro de escuela, licenciado en filosofía, doctorado en teología moral y diplomado en otras disciplinas, amante de la música con estudios de piano, armonía, composición y contrapunto.
Su relación con Montilla procede de 1998, cuando el huracán Mitch asoló Honduras. Una madrugada recibió una llamada de Montilla ofreciendo ayuda a los damnificados.
Fue una de las primeras reacciones de todo un pueblo sin distinción de ideologías ni credos. Maradiaga, que fue nombrado por el Gobierno coordinador de la campaña internacional, nunca olvidará aquella primera llamada de Montilla que se repetiría en otras ocasiones. Desde entonces, se considera montillano de adopción.
Oscar Rodríguez Maradiaga vivió ayer una emotiva jornada en su reencuentro con sus "hermanos Salesianos" venidos de distintos lugares de las inspectorías de Córdoba y Sevilla.
En el curso de una solemne ceremonia religiosa celebrada en el santuario de María Auxiliadora de Montilla, el cardenal presidió la ordenación del nuevo sacerdote salesiano Antonio Comino Varo y del diácono Juan Francisco Huertas. El templo salesiano se encontraba completamente abarrotado de familiares y de amigos, de Montilla y de otras poblaciones cercanas.
En el curso del acto se vivieron escenas de gran emoción con la imposición de manos, la participación en las ofrendas de los padres del nuevo sacerdote, Antonio Comino y Encarnación Varo, y la ceremonia final en la que los asistentes besaron las manos consagradas del recién ordenado presbítero, miembro de la Congregación Salesiana.