Libertad de comunicación
Oct 19, 2006
Por Cardenal Carlos Amigo.
(ecclesia digital, 19.10.06) Ni es bueno que haya zonas «sin cobertura» ni que solamente puedan caminar libremente por las ondas algunas voces.Image
No hace mucho tiempo, nuestro Santo Padre Benedicto XVI hablaba de la sordera. De lo poco y mal que escuchamos a Dios. No por culpa de la santísima voz de quien emite, sino de la falta de sensibilidad para querer escuchar el mensaje. Ya San Pablo había advertido que si tenemos la noticia y falta el instrumento para comunicarla, nos vamos a quedar con ella en el bolsillo.
Que la comunicación sea algo fundamental en la vida social está fuera de toda duda. También podíamos decir que es un bien común que, entre todos, tenemos que cuidar y repartir con justicia. Si es un bien tan apreciado y no puede estar al alcance de todos, será el de más dinero, o el grupo de mayor poder, de cualquier color político que sea, quien se lleve el poste de la comunicación y deje sordos y a oscuras a los más débiles y con menos recursos para poder ser verdaderos competidores.
Lo de quedarnos en la sordera y sin luz, no es cuestión de oídos ni de visión, sino de la llave de paso de las frecuencias que se administran conforme a unos criterios no siempre objetivos. La variedad y el pluralismo enriquecen a la sociedad y le ayudan a crecer en madurez democrática. Tienen oídos, pero no oyen; tienen ojos, pero no ven. Son unas palabras de la Biblia aplicadas a la dureza de corazón para prestar atención a la voz de Dios. En nuestro caso, y aunque la cita bíblica sea nada más que un recurso paralelo, podíamos decir que tienen libertad de expresión, de comunicación, pero no la pueden disfrutar por falta de medios o de frecuencias en las que emitir.
No queremos ni pensar en el antiguo recurso a la «pirenaica», cuando tenía uno que pegar el oído al viejo aparato de radio para encontrar alguna voz diferente a la oficial. Aunque, después de mucho esfuerzo para poder escuchar algo entre pitidos y fugas, lo poco que se oía tampoco era precisamente una voz de libertad. Era lo mismo, pero teñido de otro color.
Como es lógico, por la firma de quien escribe esta columna, las voces y libertades a las que hacemos referencia, no son otras que las que ayudan a la libertad de la Iglesia para poder expresarse y tener un legítimo puesto en el mundo de la comunicación. Ni es bueno que haya zonas «sin cobertura» ni que solamente puedan caminar libremente por las ondas algunas voces.
Vendrá, después, la segunda y muy importante de las partes, que es la libertad de elegir y seleccionar en un dial o entre unos canales de televisión el programa que uno desee. Por la parte que les corresponde, los padres y los educadores, buen trabajo han de hacer para educar a los hijos y a los discípulos en ese maravilloso y difícil arte de abrir los ojos y los oídos a lo bueno, a lo justo y a lo verdadero.
Ni que decir tiene que al hablar de Iglesia lo hacemos en el sentido más amplio y ajustado, y que se refiere a esa numerosa comunidad de españoles que se consideran católicos. Son ciudadanos con todos los derechos incluido el de su consideración confesional cristiana. Y en este ejercicio del derecho que les asiste están presentes en los distintos ámbitos de la sociedad civil, por supuesto también y de forma responsable y coherente en los medios de comunicación social. Así el creyente católico, en medio de la multiplicidad de mensajes y la diversidad de modalidades de pertenencias religiosas, políticas, culturales... busca nuevos modos de presencia cristiana en el mundo asumiendo la responsabilidad social que le compete en la construcción de un mundo mejor, visibilizando su presencia pública que, en ningún caso, puede ni debe eludir. Una visibilidad en coherencia con el mensaje evangélico, siendo esta misma la más segura garantía de que será comprendido y aceptado por los destinatarios.
No se debe silenciar, ni se debe acallar una voz que exprese libremente principios y valores de excepcional importancia en la búsqueda de la verdad, en la aportación en la salvaguarda de los fundamentos de una civilización que hunde sus raíces en el cristianismo. Como lo decía nuestro querido y recordado Juan Pablo II: no es científico ni honesto cerrar los espacios del pensamiento a los horizontes del misterio, de la vida del hombre, de su relación con la trascendencia.
Como acaban de decir los Obispos de Andalucía: «Analizando los problemas que se avecinan y ante el temor de que algunas solicitudes pueden ser marginadas en las futuras concesiones de emisoras de Frecuencia Modulada y de canales de Televisión Digital Terrestre, los Obispos expresan su preocupación de que no se respete la libertad de expresión y la pluralidad de las voces de los ciudadanos. Con ello se estaría dañando las bases de una sana democracia que requiere la justicia, la libertad y el respeto a las opciones legítimas sociales, culturales y religiosas». (La Razón)