Carta pastoral del Cardenal Amigo Vallejo Arzobispo de Sevilla con motivo de la Pascua del enfermo
Apr 22, 2006
Gracias a Dios, el cuidado espiritual de los enfermos es una de las acciones pastorales a las que más atención presta nuestra Iglesia. Son muchas las instituciones, particularmente de religiosos y de religiosas, que tienen como misión fundamental esta dedicación a los enfermos. Para Cardenal Amigo Vallejo (2006).
Del mismo modo, tanto en las parroquias, y de una forma organizada, como de manera individual y gesto de amor cristiano, son muchas las personas que se acercan a los enfermos.
No sólo no podemos olvidar, sino que lo decimos con gran reconocimiento, es esa inestimable labor de los profesionales de la salud, que se dedican con estimable competencia, al tratamiento y curación de las enfermedades. Su misma entrega a los demás es uno de los mejores ejemplos que puede recibir la persona enferma, pues, en medio de su limitación y sufrimiento, le hace dar gracias Dios por tener cerca a quienes se ocupan de su salud y de su misma vida.
Con motivo de la "Pascua del enfermo" quiero referirme, de una manera particular, a la atención espiritual que requiere el enfermo. Entendiendo este cuidado pastoral en un sentido muy amplio. Es decir, la experiencia de Dios en la vida de la persona enferma.
El enfermo, un buen maestro
Con frecuencia, acudimos al enfermo con la mejor disposición de acompañamiento, para ofrecerle alguna palabra de esperanza, para interesarnos por su salud y felicitarle por su mejoría. Pero pocas veces llegamos a esa persona enferma para aprender. Y, sin embargo, la enfermedad y el enfermo son una verdadera escuela para comprender y valorar muchas e importantes dimensiones de nuestra vida humana y cristiana: la responsabilidad profesional, el cuidado de la salud, el verdadero sentido de la vida, la gratitud a Dios, la espiritualidad de la cruz, la caridad fraterna, la esperanza...
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Tenemos que acostumbrarnos a saber aprender de los otros, particularmente de los enfermos y de quienes los cuidan, evitando cualquier forma de compasionismo superficial, que poco ayuda y, con frecuencia, bastante entristece al mismo enfermo.
Aceptarse como enfermo
El enfermo acepta su situación y recurre al médico en busca de curación. Otra cosa distinta es que asuma ante Dios y ante los demás su condición de enfermo. Puede renegar de Dios, porque piensa que le ha dejado de su mano y le ha enviado esa enfermedad. También puede quejarse de los demás, porque cree que no le atienden con el cuidado que merece.
¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me ocurre ésto precisamente a mí? ¿Por qué consientes tanto sufrimiento? Estas quejas a Dios son, en realidad y con mucha frecuencia, expresiones de una oración sincera, que reconoce a Dios como lo más alto en el aprecio y valoración de su vida.
En la respuesta a esas cuestiones, no puede haber, por parte del enfermo, una resignación negativa, sino la disposición de ponerse por entero en las manos de Dios que le enviará, a través de los caminos humanos de los profesionales de la salud, aquello que requiere para su curación y, con la gracia del Espíritu Santo, la fortaleza necesaria para llevar la cruz del dolor y del sufrimiento.
El mejor acompañante espiritual del enfermo debe ser el mismo enfermo, que escucha la voz del Señor en lo más íntimo de su conciencia y le hace sentir el gozo de la palabra de la salvación, de la buena noticia que le ofrece Jesucristo.
El ejemplo del Señor en su pasión y en su cruz será gracia, estímulo, fortaleza y luz para ese encuentro personal del enfermo con Dios: si es posible, que pase este cáliz... A tu amor de Padre me encomiendo.
Y, por encima de todo, el amor
No se trata únicamente de compartir un tiempo y ofrecer una palabra de esperanza, de ponerse junto a una persona que tiene necesidad de recibir algún tipo de aliento, sino de hacer realidad la caridad cristiana en el más alto grado de ese amor fraterno que es el consuelo espiritual. Hasta Job, siempre figura ejemplar del hombre enfermo, llegaban su familia y sus amigos para consolarlo. Él repetía siempre las misma palabras de confianza en Dios vivo.
En ese encuentro en la caridad fraterna, no pueden faltar momentos de oración con el enfermo, de ayudarle a fortalecer su fe, de buscar sinceramente ese rostro de Dios que de manera tan viva y llena de amor se ha manifestado en Jesucristo.
La Iglesia como madre
Nos dicen las cartas de los apóstoles que cuando alguno se encontraba en dificultad, la Iglesia oraba por él y le llevaba el remedio. La Iglesia acoge como madre a todos sus hijos, pero de una manera especial a los más débiles, a los más necesitados de cuidado. Y la Iglesia les da aquello que tiene: el consuelo y la luz de la palabra de Dios, la gracia salvadora de los sacramentos, la eficaz cercanía de la caridad, el acompañamiento espiritual a través del ministerio fraterno de tantos y tantos servidores del amor cristiano a los enfermos.
Que la "Pascua del enfermo" sea en verdad tránsito de la enfermedad a la salud para todos los que sufren de enfermedad, y que en esos momentos de camino de recuperación encuentren siempre el acompañamiento del Señor y de los miembros de la comunidad cristiana.