Estanislao Esteban Cardinal Karlic Estanislao Esteban Cardinal Karlic
Function:
Archbishop Emeritus of Paraná
Title:
Birthdate:
Feb 07, 1926
Country:
Argentina
Elevated:
Nov 24, 2007
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Spanish Cardenal argentino Estanislao Karlic visita Uruguay
Jun 15, 2008
El Cardenal argentino Estanislao Karlic, Arzobispo emérito de Paraná, visita la Diócesis de Maldonado y participa de algunas actividades en Montevideo.

(uruguayaldia.com) Montevideo, Uruguay- 14 de junio - El motivo fundamental de la llegada del Cardenal a Uruguay es visitar a un sacerdote de su Diócesis Paraná en Argentina, el Pbro. Jorge Godoy, que presta sus servicios pastorales en Rocha (Diócesis de Maldonado) desde hace 7 años.

No obstante, el Cardenal accedió a participar de diversas actividades como encuentros con las fuerzas vivas de Rocha, con los presbiterios de la Diócesis de Minas y de Maldonado, con los seminaristas que se forman para el sacerdocio en Montevideo y brindará una conferencia en la Facultad de Teología del Uruguay sobre "EL PLURALISMO CULTURAL".

En su amplio currículum, que desarrollamos más abajo, se destacan diversas responsabilidades en la Conferencia Episcopal Argentina (la que presidió en 2 períodos); su activa participación en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla (1979), en la V Conferencia General de Aparecida, así como diversos cargos desempeñados en la Santa Sede. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio del 24 de noviembre de 2007. Es de destacar que  junto al actual Papa, por entonces Cardenal Joseph Ratzinger, participó en la elaboración del Catecismo de la Iglesia Católica.

AGENDA DEL CARDENAL KARLIC EN URUGUAY

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     ·         SABADO 14- Concelebrará la Misa junto al Nuncio Apostólico, Mons. Janusz Bolonek,  en la Parroquia de Fátima (Rocha), a las 18 hs.
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     Serán acompañados por los sacerdotes Jorge Godoy y Francisco Gordalina.
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     ·         DOMINGO 15- Presidirá la Solemne Misa en la Catedral de Maldonado, concelebrada por el Obispo de Maldonado, Mons. Rodolfo Wirz  y el Párroco, P. Víctor Hugo Brigante ofm cap (religioso capuchino), a las 19 hs.
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     ·         LUNES 16- Encuentro con el Presbiterio de las Diócesis de Maldonado y de Minas, al que asistirá, asimismo, el Obispo de Minas, Mons. Francisco Barbosa, en la Casa de Retiros Diocesana "La Paz y la Alegría"  El anfitrión será el Obispo de Maldonado, Mons. Wirz.
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     ·         MARTES 17- A las 17 hs se encontrará con los seminaristas en el Seminario Interdiocesano Cristo Rey (lugar de formación de los futuros sacerdotes).
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     A las 19:30 hs, dictará una conferencia sobre "EL PLURALISMO CULTURAL"  en el Aula Magna Pablo VI de la Facultad de Teología del Uruguay  (San Fructuoso 1019).
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   * ·         Posteriormente, el Cardenal volverá a la Diócesis de Maldonado y hasta su partida, prevista para el fin de semana próximo, sostendrá diversos encuentros con las fuerzas vivas de Rocha.
Spanish El cardenal Karlic estuvo con la comunidad de Gualeguaychú
Mar 28, 2008
El arzobispo emérito de Paraná, cardenal Estanislao Karlic, presidió una misa en la parroquia Nuestra Señora de Luján, de Gualeguaychú, y luego brindó una charla en el salón parroquial, tras aceptar una invitación del obispo local, monseñor Jorge Lozano, para compartir un momento de reflexión junto con la feligresía de la ciudad y participar de la reunión anual del clero diocesano en la Casa de Encuentros Virgen Peregrina.

Gualeguaychú (Entre Ríos), 27 Mar. 08 (AICA) Durante la celebración eucarística, concelebrada por numerosos sacerdotes y a la que asistieron un importante número de fieles, el purpurado destacó que uno de las misiones que más lo alegraban como cardenal era poder “hacer presente la persona del sumo pontífice y con eso el amor de Dios que quiere reunirnos a todos como única Iglesia”.

    Tras pedir que sientan el encuentro “como una gran celebración del misterio de la lglesia, que es el misterio de la salvación y de la plenitud de la vida, que es Dios”, el cardenal Karlic reflexionó sobre la Eucaristía: “Ciertamente es el sacramento de la presencia del Señor. Pero hay que decir más todavía. No sólo está presente el Señor para venir y estar en nuestro corazón sino que quiere estar con nosotros al modo como Jesús vivió su humanidad. Quiere estar con nosotros para hacernos participar de los sentimientos de su hijo Jesucristo para que nosotros seamos como continuación del misterio de su Hijo. Y por eso hay que decir en primer lugar que la Eucaristía es el sacramento, es decir signo e instrumento, del Padre que por Jesucristo nos hace participantes de su muerte y resurrección; participantes de su amor que se entrega hasta la muerte; de su amor que merece la resurrección”.

    “Nosotros estamos participando en esta celebración de ese amor de Dios hasta el fin, hasta el extremo total. Cuando uno habla con los muchachos o las chicas y les dice: “ustedes hablan ese lenguaje de todo o nada; yo también”. Y yo hablo ese lenguaje porque Dios lo ha vivido conmigo antes y lo vive”, especificó el Cardenal. “Todo y ahora”, dijo, parafraseando una canción de Freddy Mercury, “yo también: todo y ahora; todo Dios y todo yo. Así hay que vivir. Y eso no se pierde con los años. Con los años se aprende a vivir.” Por eso confesó que “yo no quiero ser más viejo, yo quiero tener la juventud del corazón que es la juventud del amor, absolutamente.”

    A continuación, el cardenal Karlic se preguntó cuál es nuestra identidad. “Decía San Agustín que nos es simplemente llamarnos cristianos, es Cristo vivo viviendo en nosotros. El Señor se identifica en nosotros, nuestra identidad es Cristo.”, contestó.

    Citando al cardenal Paul Poppard, el purpurado argentino consideró que “estamos perdiendo la identidad cristiana, nos están confundiendo, y a veces creemos que es más importante o verdadero decir lo que dicen que es el hombre en los lugares llamados científicos, de esa ciencia que no recibe al Papa en la Universidad de la Sapienza porque quiere ser libre. Nosotros queremos vivir esta verdad de que nuestra identidad es Cristo pero con las actitudes de Cristo. Mi identidad, mi nombre es amar como amó Cristo, mi nombre es el amor hasta la muerte que tuvo Jesucristo y que me lo da a mi en primer lugar en la Eucaristía, porque es el sacramento de Cristo amándome así.”

    “Hemos venido para ser otros Cristo, para amar como Cristo y sabiendo que nos amó hasta la muerte, hemos venido para amar hasta la muerte. El que no tiene razones para morir, no tiene razones para vivir. Solamente vive dignamente quien entendió por quién debe entregar la vida. No por quien debe hacer un servicio sino por quien tiene razones para vivir siempre. Entonces seamos capaces de vivir nuestra fe, que la confesamos entera cuando hacemos la señal de la cruz o nos arrodillamos delante del santísimo”, dijo con énfasis.

    Finalmente se preguntó si es posible vivir en este mundo de manera consecuente con lo que creemos. “Siempre ha sido posible”, se contestó, “y esta “garra” de la Iglesia la ha manifestado a lo largo de los siglos con todos los mártires y especialmente los actuales, que no se los publicita, pero donde tenemos tantos mártires como en los mejores siglos de la Iglesia. Ser cristiano es peligroso, con la peligrosidad de ser buenos, de ser justos, de ser santos. Porque pueden que digan “matemos a los santos”, como dice la Escritura, porque el santo molesta, toca la conciencia que nunca muere, aún en aquellos que dicen que muere.+
Italian Il Cardinale Karlic conforta i malati terminali
Jan 27, 2008
Busto Arsizio  - L'alto prelato, ex presidente della Conferenza episcopale Argentina, ha visitato ieri l'Hospice dell'ospedale cittadino.

(varesenews.it, 26 Gennaio 2008) Il cardinale Stanislao Stefano Karlic, arcivescovo emerito del Paranà e già presidente della Conferenza Episcopale Argentina, ha visitato venerdì pomeriggio l'ospedale di Busto Arsizio.

L'alto prelato, accompagnato da monsignor Claudio Livetti, è stato accolto dal direttore generale dell'Azienda Ospedaliera Pietro Zoia nella Biblioteca medica del presidio. Lì il cardinale ha firmato il registro storico e ha chiesto di portare il proprio saluto ai degenti.

Il porporato è stato condotto nel reparto inaugurato più recentemente - nel dicembre scorso - che è anche quello che ospita le persone più sofferenti: l'Hospice per i malati terminali, sito nel padiglione Bizzozzero.

Il cardinale Karlic ha voluto portare il suo conforto ai ricoverati, ai famigliari e anche al personale che con tanto impegno e umanità cura e assiste chi sta vivendo l'ultima fase della vita.
La visita si è conclusa con una breve benedizione nella Cappella dell'ospedale, dove ha incontrato il cappellano del presidio don Peppino Colombo.

Nella foto: da sinistra il direttore medico dell'ospedale Giuseppe Brazzoli, il direttore generale dell'Azienda Ospedaliera Pietro Zoia, il cardinale Stanislao Stefano Karlic, la caposala Rita Maimone, il professor Vittore Malacrida, ex primario del Laboratorio, il responsabile dell'Hospice dott. Valter Reina e monsignor Claudio Livetti.
Spanish Entre Ríos homenajeó al cardenal Karlic
Dec 29, 2007
En la mañana de ayer se llevó a cabo en la Cámara de Diputados de la Provincia de Entre Ríos un homenaje al arzobispo emérito de Paraná, cardenal Estanislao Esteban Karlic, en reconocimiento a su trayectoria y labor apostólica.

Paraná (Entre Ríos), 28 Dic. 07 (AICA) El purpurado -que antes de pasar al recinto recibió los saludos del gobernador, Sergio Urribarri- fue recibido por el presidente de la Cámara Baja, doctor Jorge Pedro Busti. Se encontraban presentes también el arzobispo de Paraná, monseñor Mario Luis Bautista Maulión y su obispo auxiliar, monseñor César Daniel Fernández, y participaron del acto todos los legisladores, ministros y el gobernador, quien le entregó un presente como homenaje a quien fue por más de 20 años el pastor de la Iglesia arquidiocesana.

    Posteriormente el arzobispo emérito fue declarado ciudadano ilustre de la provincia a través del Decreto Nº 316 del 27 de diciembre de 2007.

El político debe ser simplemente sabio y noble
    El cardenal Karlic expresó su agradecimiento por este acto, “que es un don inesperado como acontece en toda auténtica relación de los hombres, porque la persona humana sólo acaba de realizarse en la gratuidad de la amistad” y dirigió a los presentes un discurso en el que recordó “muy brevemente algunas afirmaciones sobre la persona humana y sobre su lugar en la sociedad”.

    Parece oportuno hacer estas referencias fundamentales en medio de una cultura que después de proclamar ‘la muerte de Dios’, ha proclamado también ‘la muerte del hombre’, es más, sostiene un relativismo del conocimiento absoluto, que contradice las afirmaciones sobre la dignidad de la persona humana, y, si se es consecuente, las de sus derechos y sus deberes”, señaló el purpurado.

    Tras afirmar que el hombre “es un misterio que sólo se esclarece en el misterio de Dios”, señaló: “Creado por Dios maravillosamente, y más maravillosamente redimido por El, es imagen y semejanza divina. Si ya a la luz natural de la razón podemos descubrir su dignidad, los cristianos confesamos que tal dignidad se funda en la intimidad de cada hombre con Jesucristo, porque Cristo, con su encarnación, se ha unido de modo misterioso pero real, a todos los hombres, lo tengan presente en su conciencia o no”.

    En ese sentido sostuvo que el político “debe saberse servidor de esta creatura, que es él también. A los políticos de fe cristiana, es preciso recordárselo. A los que no comparten nuestra fe es necesario hacérselo conocer, porque ellos sirven también a cristianos, y porque, creemos que es nuestro deber ofrecer el tesoro de nuestra fe. El político debe ser un ‘experto en humanidad’ para poder acompañar a los otros hombres en el camino de la vida. Y por su origen divino y su semejanza con Dios, el hombre es capaz de conocer la verdad, capaz de amar y capaz de libertad. Inteligente, amante y libre, debe combatir contra toda clase de esclavitud: él está llamado a ser, con la ayuda de Dios y también de sus hermanos, dueño de sus opciones y responsable de sus acciones”.

    Agregó que los políticos “deben abrir las posibilidades para el desarrollo de la persona en todas sus dimensiones: la cósmica para el trabajo; la social para la amistad social; la divina, para la relación religiosa”. Aclaró que aunque “no deben ser sacerdotes, tienen que posibilitar y facilitar las manifestaciones de fe. Deben buscar permanentemente la relación de los ciudadanos entre sí, no sólo por necesidad de ayuda en lo económico, en lo educativo, etc., sino por sobreabundancia de valores que unos tienen y quieren compartir con los demás. Deben además crear las condiciones públicas que abran la igualdad de oportunidades para el trabajo, conforme a las necesidades de todos y a las posibilidades del tiempo y del lugar. Esta es una responsabilidad inmensa que tienen ante Dios y ante la historia”.

    “La dignidad de la persona no se negocia. Desde su concepción hasta su muerte natural, el ser humano, cualquiera sean sus dimensiones y sus circunstancias, si es, es hombre, con su dignidad, sus derechos y sus deberes, que deberá cumplir siempre que pueda”, subrayó. En este punto advirtió que “los sistemas totalitarios, que han negado esta identidad a las personas que no compartían sus ideologías, no son los únicos que desconocen la dignidad humana. Estas lesiones a la humanidad de cada hombre se dan en el trato injusto a pobres, a mujeres, a niños abortados, a migrantes que salen de su tierra en busca de pan y porvenir, a los muertos inocentes en los actos terroristas y en las guerras”.

    El purpurado indicó que el político “debe suponer la familia, la educación, las instituciones intermedias, en fin, la cultura, pero el Estado debe facilitar la difusión de los valores y evitar su silencio o su negación. Por eso el político debe ser, repito ‘experto en humanidad’. Por eso el político, debe ser ‘una gran persona’, en todos los sentidos. Cuanto decimos debe ser visto en el marco de la globalización y de los cambios rápidos, profundos y universales. En verdad el político debe desarrollar la profundidad y la universalidad propia de la inteligencia y de la voluntad, debe ser simplemente sabio y noble. Debe tener la virtud de la magnanimidad, para abrir horizontes a su pueblo, especialmente en el ámbito legislativo”.

    “Es preciso -prosiguió- suscitar la solidaridad hasta la verdadera amistad social, hasta la fraternidad ciudadana, un principio político demasiado olvidado. Es preciso además exigir la subsidiariedad, para que todos participen, con la riqueza de su contribución, para que sea verdad que la nación es de todos”.

    Al recordar, citando a San Agustín, que “la medida de una sociedad política es la de la comunión verdadera de sus amores, que deben ser en la verdad y en el bien”, aseguró que “el amor construye, el odio destruye”, y llamó a ser “un pueblo de hermanos y de paz. Capaces de perdonar y cambiar los corazones de los que obraron mal. La libertad del pecador puede cambiar porque permanece libre, porque los hombres buenos lo quieren ayudar y mucho más, porque Dios lo quiere y El es fiel. Los hombres y los pueblos se miden en el amor, que tiene su cima en el perdón”.+
Spanish Visita a la cámera de diputados de la provincia de Entre Ríos
Dec 29, 2007
Alocución del Cardenal Estanislao E. Karllc, arzobispo emérito de Paraná en la visita a la Cámara de Diputados de la provincia de Entre Ríos (Paraná, 27 de diciembre de 2007).

Señor Presidente de la Honorable Cámara de Diputados, Dr. Jorge Busti, Señores Diputados de la Provincia de Entre Ríos Señor Arzobispo de Paraná, S.E.R. Mario Maulión Señor Obispo Auxiliar de Paraná, S.E.R. César Daniel Fernández Señoras, Señores:

Agradezco de corazón este acto de la Honorable Cámara de Diputados, que es un don inesperado como acontece en toda auténtica relación de los hombres, porque la persona humana sólo acaba de realizarse en la gratuidad de la amistad.

Muchas gracias.

Celebro el gesto que han tenido, como expresión de su bondadosa generosidad, la cual los honra en primer lugar a ustedes: el acto bueno manifiesta la bondad de sus actores.

En la oportunidad extraordinaria de este encuentro, respondiendo a su invitación y en el espíritu de mi nuevo servido junto al Papa Benedicto XVI, me permito recordar muy brevemente algunas afirmaciones sobre la persona humana y sobre su lugar en la sociedad.

Parece oportuno hacer estas referencias fundamentales en medio de una cultura que después de proclamar "la muerte de Dios", ha proclamado también "la muerte del hombre", es más, sostiene un relativismo del conocimiento absoluto, que contradice las afirmaciones sobre la dignidad de la persona humana, y, si se es consecuente, las de sus derechos y sus deberes.

Conciente de que esta cultura acepta el pluralismo, me permito proponer estas pocas afirmaciones, porque el amor fraterno nos impulsa a proponer la belleza de la verdad del Evangelio que responde a los impulsos más nobles del corazón humano.

El hombre es un misterio que sólo se esclarece en el misterio de Dios. El Concilio Vaticano II dice más precisamente, en el misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Creado por Dios maravillosamente, y más maravillosamente redimido por El, es imagen y semejanza divina. Si ya a la luz natural de la razón podemos descubrir su dignidad, los cristianos confesamos que tal dignidad se funda en la intimidad de cada hombre con Jesucristo, porque Cristo, con su encarnación, se ha unido de modo misterioso pero real, a todos los hombres, lo tengan presente en su conciencia o no.

Este fundamento de su dignidad llama al hombre a vivir como hijo de Dios, hermano de los hombres, todos, y señor de todo el universo.

El político debe saberse servidor de esta creatura, que es él también.

A los políticos de fe cristiana, es preciso recordárselo. A los que no comparten nuestra fe es necesario hacérselo conocer, porque ellos sirven también a cristianos, y porque, creemos que es nuestro deber ofrecer el tesoro de nuestra fe.

El político debe ser un "experto en humanidad" para poder acompañar a los otros hombres en el camino de la vida.

Y por su origen divino y su semejanza con Dios, el hombre es capaz de conocer la verdad, capaz de amar y capaz de libertad. Inteligente, amante y libre, debe combatir contra toda clase de esclavitud: él está llamado a ser, con la ayuda de Dios y también de sus hermanos, dueño de sus opciones y responsable de sus acciones. En sus opciones, que son sus amores, debe elegir lo que lo realice, lo que lo plenifique, porque la libertad es para el amor de su verdadero bien, de su verdadero destino. En esas elecciones cada persona es única. Y por ellas, en particular por su opción fundamental, cada persona se hace padre de sí mismo, padre-madre de su identidad moral.

Estas opciones son anteriores al encuentro en una institución social y política, y deben completarse y perfeccionarse en el encuentro con los otros hombres en los distintos niveles de comunión.

Los políticos, por lo tanto, que deben conducir a los ciudadanos en la construcción del bien común, es decir, en la búsqueda de su plenitud personal, deben abrir las posibilidades para el desarrollo de la persona en todas sus dimensiones: la cósmica para el trabajo; la social para la amistad social; la divina, para la relación religiosa.

Aunque los políticos no deben ser sacerdotes, tienen que posibilitar y facilitar las manifestaciones de fe. Deben buscar permanentemente la relación de los ciudadanos entre sí, no sólo por necesidad de ayuda en lo económico, en lo educativo, etc. , sino por sobreabundancia de valores que unos tienen y quieren compartir con los demás. Deben además crear las condiciones públicas que abran la igualdad de oportunidades para el trabajo, conforme a las necesidades de todos y a las posibilidades del tiempo y del lugar.

Esta es una responsabilidad inmensa que tienen ante Dios y ante la historia.

La dignidad de la persona no se negocia. Desde su concepción hasta su muerte natural, el ser humano, cualquiera sean sus dimensiones y sus circunstancias, si es, es hombre, con su dignidad, sus derechos y sus deberes, que deberá cumplir siempre que pueda.

Este es el principio personalista, que sostiene así la identidad de cada persona, a quien, decía Juan Pablo II con mucha convicción y gozo, Dios ama por si misma.

Los sistemas totalitarios, que han negado esta identidad a las personas que no compartían sus ideologías, no son los únicos que desconocen la dignidad humana. Estas lesiones a la humanidad de cada hombre se dan en el trato injusto a pobres, a mujeres, a niños abortados, a migrantes que salen de su tierra en busca de pan y porvenir, a los muertos inocentes en los actos terroristas y en las guerras.

Los grandes valores, todos, no sólo el de la dignidad de la persona, deben ser propuestos y defendidos permanente y espléndidamente, para que arraiguen en el corazón de los ciudadanos, y deben ser defendidos por toda la sociedad. El hombre aprende por repetición, y por asombro frente al esplendor de la verdad, frente a la belleza. Además, cuando nace un hombre, empiezan de nuevo todos los problemas y todas las esperanzas.

Es verdad que el político supone, debe suponer la familia, la educación, las instituciones intermedias, en fin, la cultura, pero el Estado debe facilitar la difusión de los valores y evitar su silencio o su negación. Por eso el político debe ser, repito "experto en humanidad". Por eso el político, debe ser "una gran persona", en todos los sentidos.

Cuanto decimos debe ser visto en el marco de la globalización y de los cambios rápidos, profundos y universales. En verdad el político debe desarrollar la profundidad y la universalidad propia de la inteligencia y de la voluntad, debe ser simplemente sabio y noble.

Debe tener la virtud de la magnanimidad, para abrir horizontes a su pueblo, especialmente en el ámbito legislativo.

No puedo dejar de recordar el Preámbulo de la Constitución Nacional, que llamaba a todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar nuestro suelo. Esa magnanimidad, esa valentía generosa, la debemos vivir con todas las virtudes que la deben acompañar, pero sin pequeñeces que la desvirtúen.

Es preciso que todos los ciudadanos contribuyamos al bien común, pero que los políticos cumplan con responsabilidad su deber solemne de presidir a sus hermanos en un servido tan difícil como noble.

Es preciso suscitar la solidaridad hasta la verdadera amistad social, hasta la fraternidad ciudadana, un principio político demasiado olvidado.

Es preciso además exigir la subsidiariedad, para que todos participen, con la riqueza de su contribución, para que sea verdad que la nación es de todos.

Es absolutamente fundamental sostener y muchas veces encender el espíritu de ciudadanía, que en la amistad social encuentra un nombre más fuerte, y que debe hacer de los ciudadanos, hermanos de verdad.

En la oración por la patria decíamos "queremos ser nación". Lo debemos repetir siempre. En verdad la nación, hasta su organización política, es una comunión de personas reunidas por lo que aceptan pensar en común como proyecto de sociedad, y por lo que efectivamente se comprometen a realizar juntos. Los hombres se anudan desde adentro, desde su saber y desde su querer.

La medida de una sociedad política es la de la comunión verdadera de sus amores, que deben ser en la verdad y en el bien. San Agustín decía: "Dos amores han fundado dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios ha generado la ciudad terrena, el amor de Dios hasta el desprecio de sí ha generado la ciudad celeste. La primera se gloría de sí misma, la segunda en Dios. Aquella está dominada por el deseo de dominio, en ésta se sirven recíprocamente en la caridad, los jefes mandando y los súbditos obedeciendo. Aquella en sus poderosos, ama la propia fuerza. Esta dice a su Dios: te amaré, Señor, mi fuerza" (De Civ. Dei 14,28).

Creamos que el amor construye, el odio destruye.

Hagamos un pueblo de hermanos y de paz. Capaces de perdonar y cambiar los corazones de los que obraron mal. La libertad del pecador puede cambiar porque permanece libre, porque los hombres buenos lo quieren ayudar y mucho más, porque Dios lo quiere y El es fiel. Los hombres y los pueblos se miden en el amor, que tiene su cima en el perdón.

También San Agustín decía que hay que dejar de hablar de tiempos malos y tiempos buenos. Seamos nosotros buenos y los tiempos ya mejoraron. El tiempo no es algo que está fuera de nosotros. Nosotros somos el tiempo porque nosotros somos temporales.

Hoy debemos cambiar.

La esperanza es la verdad.

La desesperanza es mentira.

Vivamos la verdad de la esperanza en la verdad del amor. Hoy. También en política. Todos, pueblo y dirigentes.



Cardenal Estanislao Esteban Karlic, arzobispo emérito de Paraná
Spanish El cardenal Karlic, en un encuentro con la prensa
Dec 15, 2007
El cardenal Estanislao Esteban Kalic, obispo emérito de Paraná, mantendrá hoy, a las 11, en la sede del Arzobispado, un encuentro con los medios locales a agenda abierta.

(El Diario, 14.12.07) Será el primer contacto con la prensa de Karlic luego de su nombramiento como cardenal por parte del papa Benedicto XVI, el 25 de noviembre último, junto a otros 22 dignatarios de distintos puntos del mundo.
A Karlic el birrete rojo le llegó a los 81 años y luego de una extensísima trayectoria al servicio de la Iglesia Católica.
Durante dos décadas permaneció en el gobierno de la Iglesia de Paraná, luego de suceder a Adolfo Servando Tortolo, y además presidió la Conferencia Episcopal Argentina durante dos períodos.
El obispo emérito de Paraná es cordobés de nacimiento —Olivia, el 7 de febrero de 1926— pero desde el año 1983 fijó su residencia en Paraná. Ese año el Papa Juan Pablo II lo nombró arzobispo coadjutor de Paraná y administrador apostólico sede plena.
En ese cargo permaneció hasta abril de 2003 cuando el Vaticano le aceptó su renuncia al gobierno de la Arquidiócesis de Paraná, conforme a lo establecido por el Derecho Canónico en vigencia al haber cumplido los 75 años.
En mérito a esa labor, la sede local de la Universidad Católica Argentina (UCA) preparó un homenaje para el cardenal Karlic. Será el martes 18, a las 20, en la sede de la entidad, Buenos Aires 249, al término de una misa de acción de gracias que Karlic concelebrará junto al arzobispo de Paraná, Mario Luis Bautista Maulión.
Spanish San Agustín obispo y pastor
Nov 22, 2007
Mons. Estanislao E. Karlic, Paraná - Argentina.

San Agustín, una de las figuras más sorprendentes de la historia de la Iglesia y de la cultura de Occidente, es uno de los pastores eximios, que a lo largo de los siglos, se ha constituido en ejemplo de generaciones sin perder vigencia en nuestros días.  Puestos ante su persona, nos sentimos deslumbrados por su pasión por la verdad y la radicalidad de su conversión, la delicadeza y la intensidad de su caridad,  la riqueza inmensa de su enseñanza, la profundidad y la armonía de su sabiduría.

Quiero sumarme a quienes expresan su gratitud a Dios por el don que es este Santo para la Iglesia y el mundo.  Mi exposición  quiere ser simplemente una meditación sobre el servicio episcopal, que  ejerció con amor y  fidelidad, cargando sobre sus hombros el peso de una responsabilidad que le abrió el camino de su santidad y de la de incontables hijos suyos a quienes fascinó con su persona, obra maestra de la gracia, como son los santos.

A. Obispo y Pastor

1. Pastor amado por su pueblo.  Pastor que ama a su pueblo.

Admira que a muy pocos años de su bautismo haya sido ordenado sacerdote y luego, también muy pronto, haya sido consagrado obispo.  Admira el modo como su ordenación fue ardientemente deseada y gozosamente celebrada por la Iglesia de su tiempo.  Mucho después de su consagración episcopal, treinta y cinco años, San Agustín da testimonio de la manera en que fue elegido, y cómo “por acto de violencia”, dice él,  fue llevado ante el entonces Obispo de Hipona para recibir la gracia del sacerdocio.

Nos relata San Agustín:

“Yo, a quien ustedes ven aquí como su obispo por la gracia de Dios, vine todavía joven a su ciudad, como muchos saben.  Buscaba un lugar donde fundar un monasterio y vivir con mis hermanos.
Había abandonado toda esperanza en este mundo y lo que podía ser no lo quise, ni siquiera busqué ser lo que soy.  Escogí “ser humilde en la casa del Señor, mas bien que vivir en la tienda de los pecadores” (Salmo 83,11).  Me mantuve lejos de aquellos que aman el mundo, pero no me consideraba igual a los que gobiernan los pueblos.
En el convite de mi Señor no elegí un lugar superior, sino el inferior y humilde, donde gustó el Señor decirme: “Sube más arriba”.  Temía el episcopado al punto de que, apenas mi reputación comenzó a afirmarse entre los siervos de Dios, evité venir a los lugares donde sabía que el oficio de obispo estaba vacante. Estaba en guardia contra tal eventualidad; hacía lo que podía para buscar la salvación en una posición humilde, más bien que estar en peligro ocupando un alto cargo.
Pero como he dicho, el siervo no debe contradecir a su amo.  Vine a esta ciudad para ver a un amigo, que pensaba ganar para Dios a fin de que pudiera vivir con nosotros en el monasterio.  Me sentía seguro, porque en el lugar había obispo.
Me prendieron y me hicieron sacerdote.  Así, por el escalón del sacerdocio, llegué al episcopado” (Serm. 355,2).

El Santo Obispo multiplica la confesión de su temor, de su terror ante la magnitud del cargo, de la responsabilidad  -de la “sarcina episcopatus”-.  No se encontraba preparado para ejercerlo y el cargo contradecía su proyecto de santificarse aislado en un monasterio, como acabamos de decir.  Su sentido de la Providencia y de obediencia a la voluntad de Dios lo llevó a aceptar.

Dice Agustín: “Donde me aterra lo que soy para ustedes, allí me consuela lo que soy con ustedes.  Para ustedes soy obispo.  Con ustedes soy cristiano”. “Vobis sum episcopus; vobiscum sum christianus”  (Sermo 340,1).   Esta frase, que aún hoy se repite en la Iglesia con admiración por su verdad y su belleza, nos abre a la comprensión de dimensiones esenciales de su espiritualidad episcopal.  En primer lugar, expresa la responsabilidad profunda de ser pastor, conductor de su pueblo: “Esta carga.. ¿qué otra cosa es sino ustedes?”:  Para ustedes soy obispo, dice.  Y en segundo lugar, manifiesta la convicción firme y limpia de ser como bautizado, igual a todos, porque todos estamos llamados a la dignidad soberana de la filiación divina y de la caridad: con ustedes soy cristiano.  

De esta manera ha ido identificando su condición episcopal: “Aquél es nombre del oficio recibido (obispo), éste es nombre de gracia (cristiano)=; aquél, de peligro; éste, de salvación”.  Si se distingue de sus fieles es para definir su oficio con el deber del amor: “A todos los debo amar... ayúdenme orando y obedeciendo; para que me deleite no tanto presidir cuanto servir (non tam praeesse quam prodesse) (Serm 340, 1,2).  No están equivocados quienes dicen que la categoría de servicio expresa su espiritualidad episcopal.

Le aterra tener que dar cuenta de sus fieles.  Se sabe responsable de su vida eterna.  Teme atender más a las alabanzas de sus ovejas que preocuparse por la vida espiritual de ellas.

Con ocasión de la consagración de otro Obispo,  Agustín vuelve a hacer su reflexión para que “sirva de exhortación para mí, de información para él y de instrucción para ustedes”.  “El que preside a un pueblo debe tener presente, ante todo, que es siervo de muchos.  Y eso no ha de tomarlo como una deshonra... porque ni siquiera el Señor de los señores desdeñó el servirnos a nosotros” (Sermo 340, A, 1).  “Veamos en qué es siervo el obispo que preside: En lo mismo en que lo fue el Señor... He aquí como sirvió el Señor, he aquí cómo nos mandó que fuéramos siervos: dio su vida en rescate por muchos...”.  “Cristo entregó su alma por nosotros; de igual manera, tenemos que entregar nosotros las nuestras por nuestros hermanos (1 Jn 3,16)”.  En el discurso que antes recordábamos decía: “Debo amar al Redentor: y sé lo que dijo a Pedro: Pedro, ¿me amas?  Apacienta mis ovejas... Se preguntaba por el amor y se imponía la labor” (Sermo 340,1).

Ser pastor para sus hermanos lo acerca a ellos con un  nuevo título, lo reúne con ellos con un nuevo vínculo, en el camino de la salvación que recorren juntos.  Sabe que no puede salvarse sino en la Iglesia, y él quiere salvarse con ellos. (Cfr. Sermo 17,2).

El amor del pastor es acompañarlos en este camino sin abandonarlos cuando llega el peligro.  Reclama a sus sacerdotes no abandonar a su grey en momentos difíciles, aunque ello entrañe peligro de muerte.  En esto también hay que imitar a Cristo que murió por nosotros. El estaba dispuesto a dar la vida por los suyos (Ep. 91,10).  Pedía al Señor morir por los fieles.  Es lo que exige la imitación del Señor, Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

“Yo a la vez que los alimento, me alimento con ustedes.  Concédame el Señor fuerzas para amarlos hasta morir por ustedes ya en la realidad, ya en la disponibilidad (aut effectu aut affectu).  Del hecho de que el Apóstol Juan no sufrió la pasión no ha de deducirse que su alma no pudo estar dispuesta para ella.  No sufrió la pasión, pero pudo sufrirla: Dios conocía su disponibilidad” (Serm. 296,5).

El pastor debe estar siempre dispuesto al martirio.  Aceptaba San Agustín que un pastor evitara el peligro del martirio huyendo, si es que su comunidad quedaba protegida en su vida espiritual.  Si así no era el caso, debía quedarse y enfrentar la posibilidad del martirio.

Si la vocación martirial es propia del cristiano, porque el que pierda su vida la ganará y el que la gane la perderá, con especial razón es propia del pastor. Quien siendo obispo no tuviera esta actitud interior, más que obispo era “un espantapájaros en la viña” (Epist. 237). O simplemente, el obispo malo no es obispo.

El fue amado por su pueblo, que lo eligió.  El amó a su pueblo, por quien se entregó.  Estaba dispuesto a dar su vida por él.

2. Pastor de la Iglesia Católica

Su auténtico espíritu evangélico y misionero lo lleva a ejercer su episcopado con gran generosidad.  Este se puede distinguir en tres ámbitos: la iglesia local de Hipona, no grande pero “inquieta y necesitada”, la Iglesia africana, dividida tristemente entre católicos y donatistas, y la Iglesia universal, atacada por los paganos y conmovida por diferentes movimientos heréticos. (Cfr. Juan Pablo II, XVI° Centenario de la conversión de San Agustín, Roma, 28.8.86).

En Hipona, su Iglesia particular,  desarrolló a pleno su pastoral episcopal. Las predicaciones en la liturgia eucarística constituyeron una tarea de gran envergadura.  Allí tenía sus predicaciones a veces cotidianas.   Hay quienes calculan en unas cuatro mil homilías las que se habrían recogido en el Obispado de Hipona, de las cuales se han conservado alrededor de quinientas.  Se han conservado también catequesis que él mismo brindaba a los catecúmenos, además de otras obras que incesantemente dictaba o escribía para su pueblo.

Su labor de pastor era variadísima e ininterrumpida: la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos, la atención de todos los problemas diocesanos ordinarios, los problemas más generales de la población que trataba en la “audientia episcopalis”, que lo atrapaban al punto de no poder a veces tomar su comida; en fin, su actividad judicial, que aunque no fuese tarea propia de la misión episcopal, era costumbre en esa región  fuese ejercida por el obispo.  Sus lamentos por el cúmulo de tareas que lo apartaban de lo que más amaba, fueron siempre delicados, acompañados  de la aceptación sincera y sencilla de la voluntad de Dios.

Se ocupó muy eficazmente de la formación del clero y de la atención de los monjes y de las monjas, dejando en herencia a su sucesor una diócesis rica en  sacerdotes y en personas consagradas a la vida religiosa.  Atendió a los pobres, a quienes amaba entrañablemente.

En la Iglesia de África se hizo presente por la generosa colaboración con otras diócesis para predicar o participar en las controversias y reuniones que tenían lugar con motivo de las herejías y errores doctrinales.

No podía no actuar con motivo de los grandes problemas de fe que se daban en su tiempo, muchas veces con violencia.  Su celo por la verdad lo impulsaba a responder con celeridad en defensa de la Iglesia, de su fe y de su unidad.

No se negaba a las invitaciones que le hacían desde distintas ciudades.  Sirvió en la lucha contra los maniqueos, contra el cisma donatista, contra los pelagianos, los arrianos, etc.  Todo lo cual le significó no sólo dificultades en la discusión de las ideas sino hasta peligro de muerte.

En la Iglesia universal hizo presente su estupendo magisterio.   Enriqueció la doctrina católica con  sus grandes obras, o más bien, con todas ellas, que ya entonces se difundían fuera del continente y llegaban  con enorme prestigio a las distintas partes de la Iglesia.

El mandato misionero de Cristo resucitado lo llevaba a pensar y desear la reunión de todos los pueblos en la unidad de la Iglesia, porque el designio de Dios no deja fuera ni un solo hombre, ni un solo pueblo, ni un solo pedazo de la tierra.  La conversión de nuevos pueblos los incorpora a Cristo y a la Iglesia: “En todo el orbe de la tierra todavía es edificada (la Iglesia): creció mucho esta casa y  llenó muchos pueblos, pero todavía no a todos los pueblos; creo que tiene a muchos pero debe ocupar aún a todos.  Todavía crece, todavía han de creer todos los pueblos que aún no han creído... ¿y los bárbaros han de creer?... Donde aún el imperio romano no se ha extendido, ya Cristo lo posee.  Donde aún está cerrado para los que luchan con hierro, no está clausurado para aquel que lucha con el leño.  El Señor reinó desde el leño” (Enarr. In Ps. 95).

Y en otro lugar dice el Santo Obispo: “Toda esta sociedad redimida, esto es, la congregación y la sociedad de los santos, sea ofrecida como sacrificio universal a Dios por el Gran Sacerdote, que también se ofreció a sí mismo en la pasión por nosotros para que seamos el cuerpo de tan digna Cabeza.  A ésta la ofreció, en ésta se ofreció, porque según ésta es mediador: en ésta es sacerdote, en ésta es sacrificio... todo el sacrificio somos nosotros mismos.  Este es el sacrificio de los cristianos.  Muchos somos un solo Cuerpo de Cristo”. (Expos. Epist. ad Rom. 83).  Su ardor misionero se veía impulsado también porque sostenía, como San Cipriano, que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Este inmenso apostolado lo hizo un obrero infatigable en la viña del Señor.  Hasta último momento trabajó aprovechando “las gotitas de tiempo” para llenarse de la luz de la verdad y transmitirla.  Su eminencia intelectual lo hizo crecer inmensamente.  Es un genio extraordinario sin duda.  Es un don de Dios.  Pero creció también porque trabajó, trabajó en el mundo del espíritu, en donde el trabajo es muy arduo.  Su sabiduría es don de Dios y tarea del hombre.  Trabajó hasta el fin de sus días, día y noche, dejando  obras inconclusas.

3. El Buen Pastor y los buenos pastores

El Pastor del único rebaño que es la Iglesia es Jesús.  La misión de los pastores no se puede ejercer sino como ministros del Señor.  Es El quien permanece como único pastor de la Iglesia no sólo porque es quien elige y envía a los apóstoles y a sus sucesores, los obispos, sino porque está presente en ellos,  consagrados para esta misión.  Cristo es el Buen Pastor, que pastorea a sus ovejas, es el que da la vida por sus ovejas, pero son también buenos pastores Pedro y los demás pastores que han dado  la vida por sus fieles.  Son buenos porque Jesús está en ellos y obra por ellos, y porque ellos imitan a Jesús en su humildad, en su obediencia y en su pasión.

Escuchemos al Santo: “Por lo tanto, para que no pienses que Salomón... edificó la casa de Dios, la Escritura, dándote a conocer otro Salomón, comienza a decir en el salmo: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajarán los que la construyen”.  “Luego, el Señor edifica la casa, nuestro Señor edifica la casa.  Muchos trabajan en la edificación; pero si El no edifica, en vano trabajarán los que la construyen. ¿Quiénes son los que trabajan en la construcción?  Todos los que en la Iglesia predican la palabra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios.  Todos corremos. Todos trabajamos. Todos edificamos ahora... Pero si el Señor no edificare la casa, en vano trabajarán los constructores... El edifica, amonesta, atemoriza...  Esta es la Jerusalén (una sola casa de Dios y una ciudad), la cual tiene guardias, como tiene constructores que trabajan para edificarla, tiene también guardianes... El apóstol era custodio; vigilaba en cuanto podía, sobre aquellos a cuyo frente se encontraba, y los obispos hacen esto”.

A los Obispos les corresponde un lugar más alto (altior locus) para que supervigilen (superintendant) y custodien al pueblo.  Porque lo que se dice en griego episkopos, se interpreta en latín como “superintentor”, superintendente,  el que supervisa,  el que mira desde arriba con atención.
“Y de este lugar alto se ha de dar arriesgada y minuciosa cuenta, si no permanecemos aquí con el corazón, humillados a vuestros pies y orando por vosotros, para que quien conoce vuestros pensamientos (el Señor) los custodie...  Y puesto que custodiamos como hombres y no podemos hacerlo perfectamente ¿permaneceréis sin custodio?  No por cierto... Trabajamos custodiando, pero nuestro trabajo será inútil si no custodia el que ve nuestros pensamientos.  El custodia cuando estáis despiertos.  El custodia cuando dormís... Yo los custodio por el oficio del gobierno  pero quiero ser custodiado con ustedes.  Yo soy pastor para ustedes, pero soy oveja con ustedes bajo aquel pastor.  Desde este lugar soy como doctor para ustedes, pero soy condiscípulo de ustedes en esta escuela bajo aquel único maestro.  Si queremos ser custodiados por Aquel que se humilló por nosotros y que fue exaltado para custodiarnos, seamos humildes...”

Custodios ubicados en un lugar superior, los obispos necesitan ser custodiados a su vez.  Nadie ocupa debidamente su lugar superior como obispo, si no ocupa su otro lugar inferior a los pies de quienes le deben obediencia, si no hace esto con humildad sincera.

Distintos binomios de categorías opuestas son utilizados con ingenio y belleza para profundizar admirablemente la relación de pastor y fiel: Pastor y oveja, custodio y custodiado, estar en lo alto y estar en lo bajo; doctor y discípulo; obispo y cristiano.

Estas ideas me recuerdan lo que dice San Agustín de los dos amores que construyen la Ciudad de Dios:

“Dos amores han fundado dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios ha generado la ciudad terrena, el amor de Dios hasta el desprecio de sí ha generado la ciudad celeste.  La primera se gloría de sí misma, la segunda en Dios... En aquella domina la concupiscencia del dominio, en ésta se sirven recíprocamente en la caridad, los jefes mandando y los súbditos obedeciendo.  Aquella en sus poderosos, ama la propia fuerza; ésta dice a su Dios: Te amaré, Señor, mi fuerza.” (De Civ. Dei 14,28)

4. Virtudes del buen pastor

San Agustín confiesa claramente que la salvación es la comunión con Cristo, la vida de docilidad a su Espíritu, la imitación del Señor, la caridad  hasta la entrega total de sí mismo. Este es el destino común, fuera del cual no hay salvación.

Ese destino común se ejerce según la naturaleza de los oficios que cada uno debe cumplir por voluntad de Dios.  El sabe que es cristiano, y dentro de su condición de tal ha recibido el llamado a ser obispo.  Esta novedad con respecto a lo que él era antes, le es una carga muy grande que lo aterra.  Lo que como cristiano común debe hacer para su salvación, como pastor lo debe hacer para salvación de todos.  Es la novedad que le hace vivir las virtudes en una forma nueva: debe vivirlas para servir a todos sus hermanos, como pastor,  con la responsabilidad por toda la comunidad y por todo el mundo.  El episcopado es una consagración de toda la persona para siempre y para todos.  “El que preside a un pueblo debe tener presente ante todo, que es siervo de muchos” (Serm. 340,A, 1)

B. Officium amoris

1.  Dispensador de la Palabra

1. Maestro y discípulo

San Agustín, apenas ordenado, dice que el sacerdote es “un hombre que administra al pueblo el sacramento y la palabra de Dios” (Epist. 21,3).  Consecuente con su personalidad, desarrolló su pastoral muy especialmente como ministerio de la palabra, inmenso por su predicación y sus escritos.

La humildad del Santo le hacía ver cuán difícil es conocer y transmitir la verdad, especialmente la verdad de Dios, aunque sea “un poquito”.  Pocos años después  de su ordenación episcopal, hablaba de “la difícil carga de expresar la verdad” (Ep. 29,7).  Sin embargo, la certeza de la intimidad  de Jesús con la Iglesia, le enseñaba que él, como todo el que anuncia la palabra revelada, era mero instrumento de Dios: “Somos servidores de la palabra, no de la nuestra, sino de la de Dios y Señor nuestro” (Sermo 114, 1).  En realidad la Palabra que habla en la Iglesia  es siempre Cristo mismo, el Verbo del Padre. El predicador es la voz. Al referirse a San Juan Bautista dice  Agustín:   “No sólo él era la voz (Sermón  288). Todo aquel que anuncia el evangelio es voz del Verbo... El Verbo, aun permaneciendo junto al Padre, ha enviado a muchos predicadores.  Envió a los patriarcas, a los profetas y a muchos otros, para que lo anunciaran.  Permaneció el Verbo junto al Padre, pero envió las voces; y tras haber enviado muchas voces, vino el Verbo en persona, en su elemento propio, hecho voz y hecho carne”.  Por último, eligió la voz de los apóstoles y predicadores.

En otro lugar de sus escritos, suponiendo la profunda unidad de Cristo y la Iglesia,  Cabeza y Cuerpo,  Esposo,  Esposa,  que él enseñaba tan espléndidamente, San Agustín explica:  “Si reconocemos que hay dos en una carne, (en el matrimonio) reconozcamos que hay dos en una sola voz” (En. In Psal. 40).  Y en otro escrito: “Se hace como de dos una cierta persona, de la cabeza y el cuerpo, del esposo y la esposa”... “Si dos en una carne, ¿por qué no dos en una voz? ” (En. In Psal. 30).

Sostenido por estas convicciones,  la predicación de San Agustín fue la de un pastor  sabio y  santo, elocuente y  penetrante.  La belleza de sus escritos lo muestran.  Más espléndida sin embargo, fue su viva voz, según dice Possidio, su biógrafo.  

Su celo de obispo y pastor lo llevaba a ocuparse personalmente de la catequesis de la iniciación cristiana. En “De catechizandis rudibus”, la catequesis de quienes tienen poca preparación, el Santo Obispo muestra su interés y su capacidad para transmitir su profunda sabiduría a los que culturalmente están más desguarnecidos.  El misterio, que es Cristo, es el destino común de todos los hombres.  No hay diferencia de destino.  La unidad de destino constituye la igualdad en la dignidad.   Todos somos capaces de Dios porque todos somos objeto de su amor.  Dios, que con amor maravilloso nos creó, con amor más maravilloso nos redimió ofreciéndonos su vida.  El pastor que ama a sus fieles como Cristo los ama, debe ser instrumento del Señor  y debe buscar los caminos posibles para comunicar el misterio prometido a todos por Jesús y que todos esperan.  Es admirable su confianza en la capacidad de comprensión de los fieles. La Verdad y la Vida de Jesús es para todos.  La única exclusión posible es la autoexclusión del pecado.  Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

El obispo es servidor de su pueblo por el ministerio de la palabra  de Verdad.  El gran maestro que es Agustín enseña con una palabra colmada de verdad.  La belleza de su forma manifiesta  la belleza de la realidad que expresa. La palabra veraz y bella debe proceder del amor e inclinar al amor.   La Palabra dicha al mundo para su salvación, que es  el Verbo encarnado, procede del amor del Padre y suscita su amor en la Iglesia.  De la misma manera, la palabra del pastor debe proceder de su  amor y debe  ordenarse a suscitar el amor del oyente.  

San Agustín vuelca la riqueza de su espíritu en todo lo que hace y dice.  Es, como se expresaban en la Edad Media “un alma sinfónica”.  Reacciona frente a todo lo que experimenta con la armonía que procede de la verdad y del amor, con la sinfonía de la humildad y de la paz.  Su alma era como un instrumento musical, “amiga de ritmos y creadora de armonía”, en la bella expresión de V. Capánaga  (Pensamientos de San Agustín,  BAC, Madrid, 1996, p. 8).  Toda palabra tiene su belleza y su poder. A la persona se la gana desde su interior por la luz de la verdad y la seducción del amor y la belleza.  San Agustín lo sabía.  En el uso admirable de su palabra cautivó y aún hoy cautiva a quienes lo conocen.  

El pensó que el Obispo debe transmitir la palabra que Dios ha pronunciado sobre la historia de los hombres, no otra.  Esa palabra está contenida en las Sagradas Escrituras,  cuyo centro es Cristo.  Y debe ser transmitida como  la conoce y entiende la Iglesia, que tiene para ello la asistencia divina.  En esta delicada tarea  en que juega su fidelidad a la verdad de la palabra de Dios, usa también  los instrumentos  que le había dado la cultura de entonces.  Su estilo literario fue adquirido en las escuelas  de los maestros de su tiempo, entre los cuales tuvo mucho relieve el gran obispo San Ambrosio.  Nuestro Santo  es heredero de la cultura de su tiempo, y como buen evangelizador, la asumió, la sanó y la elevó.  Primero en sí mismo, después en su ministerio, para llegar al corazón de sus hermanos en medio de los acontecimientos de cada día.  Por la encarnación, el Verbo se hizo temporal.  Desde entonces el tiempo es camino del Señor y de la Iglesia, la cultura es camino de la evangelización.

La enseñanza del Obispo Agustín se dirigió a todos los hombres de su sociedad: a hombres simples y letrados, a amigos y enemigos, a cercanos y lejanos.  Su convicción de que la fe era don para todos, hizo extremar sus explicaciones para los menos cultivados, los pequeños del evangelio,  como dijimos, esforzándose, por otra parte en hacer largas y delicadas exposiciones para los más letrados.

Se descubre la profundidad de su inteligencia en los finos análisis de sus grandes libros, De Trinitate o De civitate Dei o las Confesiones, entre otros.  

Su deseo apostólico le incita a ir al encuentro de los más estudiosos escribiendo libros sobre las cuestiones que les interesaban.   Su amor a la verdad que es Cristo le hizo buscar  a los que estaban en el error, con algunos de los cuales él estuvo algún tiempo.  Participó en encuentros importantísimos y escribió numerosas cartas para estar en contacto con ellos.  Sus relaciones humanas fueron muy numerosas y extendidas a las diversas regiones de la Iglesia.

En fin, sus predicaciones y sus escritos están entre las mayores producciones de un Obispo en la historia de la Iglesia.

Es uno de los máximos teólogos de la Iglesia de todos los siglos, con una influencia, como ya dijimos, honda, permanente, actual.  Para él la  teología “es la ciencia que engendra, nutre, protege y fortalece la fe saludable... ciencia en la que muchos fieles no están impuestos aunque rebosen de plenitud de fe.  Una cosa es saber solamente lo que el hombre ha de creer para alcanzar la vida feliz... y otra saberlo de suerte que sea de provecho para los buenos y sea defendido contra los impíos” (De Trin. 14, 1,3).

La amplitud de la acción pastoral no puede dejar de atender a la teología.  Por sí o por otro, todo pastor debe considerar este campo como propio de la acción evangelizadora.  San Agustín la ejerció con esplendor en las  cuestiones  centrales del misterio de la fe como  la Trinidad,  Cristo,  la Iglesia, el hombre, la escatología.  Toda su Teología manifiesta un valor realmente singular por la profundidad y la universalidad de su contenido, por la humanidad de su método y la cercanía de su lenguaje.

2. Defensor de la fe

La pasión del Santo Obispo por la integridad y la pureza de la verdad, se manifiesta en sus respuestas  a los errores de su tiempo.  Estos le dieron oportunidad de desarrollar con amplitud y con mordiente la explicación de los grandes misterios cristianos como respuesta a los mayores problemas del ser humano.

Agustín, que logró salir del error maniqueo, para dar después de un tiempo de dura lucha interior   el paso de la auténtica conversión,  abrazó a Jesucristo con todas las fuerzas de su corazón y para siempre. Sabía que su conversión era obra de la misericordia de Dios, que lo llevó al camino  de la verdad plena.

Comprendió que la verdad debe ser buscada con amor,  acogida con amor, conservada en el amor y transmitida con amor.  Esconder la verdad o callarla era abandonar el amor a sus adversarios y también  a sus hermanos.  

Sin embargo, la experiencia del error vivida en sus primeros años, lo hace profundamente humilde, paciente y  comprensivo con los que están equivocados.  A los maniqueos, antiguos compañeros y correligionarios, les decía con delicadeza: “Sean duros con ustedes los que no saben con cuanta fatiga se encuentra la verdad y cuan difícilmente se evitan los errores... los que no saben cuántos suspiros y cuántos gemidos son necesarios para llegar a comprender, aunque sea un poquito, a Dios... Pero yo,... yo no puedo serlo absolutamente... yo debo tener tanta paciencia con ustedes cuanta tuvieron conmigo, cuando seguía su  doctrina...” (Contra epist. Manichaei  2-3).  

Así como no se callaba ante el error de los demás, aceptaba de corazón que otros pudieran discutirle sus posiciones.  En la controversia pelagiana, sufrió mucho frente a la posición de sus hermanos, los monjes de la Galia.  Sin embargo siempre conservó la humildad y la entereza de mantenerse abierto a las objeciones: “Cuando las observaciones de los que leen mis escritos me permiten no sólo instruirme, sino también, y sobre todo corregirme, sostengo eso como un beneficio de Dios.  Y es este servicio el que espero sobre todo de los doctores de la Iglesia”.  

No obstante, tiene la libertad de hacer con sencillez sus advertencias: “Los que piensan que yo me equivoco, consideren diligente y repetidamente lo que escribo, para que no suceda que sean precisamente ellos los que se equivocan” (De dono perseverantiae 24,68).

Su gran inteligencia y su amor por la verdad, lo hicieron defensor insigne de la capacidad natural del hombre de conocer la verdad.  No es fácil encontrar una mejor defensa.  El describe sencilla y diáfanamente que el hombre no puede vivir, no puede existir sin conocer la verdad.

Dice Agustín: “Han dudado los hombres... Sin embargo, ¿quién dudará que vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, conoce y juzga?, puesto que si duda, vive; si duda, recuerda su duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no conviene asentir temerariamente” (Trin. 10, 10,14).  Y en otro lugar corrobora su fuerte convicción afirmando rotundamente: “¿Y si te engañas? Pues, si me engaño existo.  El que no existe, no puede engañarse, y por eso, si me engaño, existo” (De Civ. Dei 11,26).

Esta defensa estupenda de la dignidad dell hombre en su capacidad de conocer la verdad, es de un valor inmenso para nuestro tiempo caracterizado por un  pensamiento débil  y una voluntad frágil. El testimonio de Agustín no se clausura en el ámbito puramente intelectual sino que se abre a la totalidad de la persona y exige una conducta moral consecuente.

En la búsqueda de la verdad plena, no basta la luz de la razón.  Es necesaria la fe.  La fe y la razón son las dos alas con que el hombre se eleva a la contemplación de la verdad, escribe Juan Pablo II en Fides et Ratio.  Nuestro Santo Obispo había dicho por su parte: “Cree para que entiendas” (Crede ut intelligas), porque la fe me lleva a entender lo que con la sola razón no puedo.  “Entiende para que creas” (Intellige ut credas), porque la razón me muestra a quien se debe creer (Sermo 43,9).  “El creer no es otra cosa que un pensar acompañado de asentimiento.  No todo el que piensa cree.. pero todo el que cree, piensa; y piensa creyendo y cree pensando” (De praed. Sanct. 2,5).

“La fe tiene sus ojos” y “nos hace ver en cierto modo que es verdadero lo que no vemos y que es cierto que todavía no vemos lo que creemos” (Cfr. Trapé, A., Agustín de Hipona, Buenos Aires, 1984).

Su fe y su inteligencia, fieles a la verdad, vivaces y generosas, le llevaron a Agustín a enfrentar a los adversarios.

Frente a los maniqueos tuvo la oportunidad de enseñar la verdad de la creación, la creación de la nada por el poder y el amor de Dios,  para mostrar la bondad de Dios que crea todo gratuitamente,  y la bondad de todas las creaturas fuera de Dios, porque proceden de Dios, Sumo Bien.

El mal procede de la creatura, no tiene ser en sí mismo.  Es privación de ser.  No se explica por “causa eficiente” sino por “causa deficiente”.  No existe el mal absoluto.  El mal es siempre carencia de un ser que en sí mismo es bueno.  El hombre también, que procede de Dios, es de naturaleza buena.  No tiene un alma mala, sólo tiene un alma, que por naturaleza es buena.  Su pecado, el mal, procede del hombre mismo.

De San Agustín hemos recibido este mensaje para enfrentar el gran problema del mal, una de las causas de la negación de Dios en todos los tiempos.

Dios es esencialmente bueno.    Dios ha permitido el mal para que brillen el poder y la misericordia divina.  Esto constituye otra lección estupenda del Santo Doctor heredada por el magisterio de la Iglesia para las generaciones posteriores, que ayuda inmensamente a conocer el misterio de iniquidad que es el pecado.

Los donatistas habían dividido en dos a la comunidad de Hipona y  de África.  San Agustín luchó contra sus errores haciendo que sus fallas gravísimas en la concepción de la Iglesia y de los sacramentos, fueran corregidas.  La Iglesia no es sólo la comunidad de los justos.  Ella, santa por la gracia de su Evangelio y de sus sacramentos, encierra sin embargo en su tejido social a justos y pecadores.  El bautizado pecador no deja de pertenecer a la Iglesia aunque carezca de la vida de la gracia.  La Iglesia es una comunidad “mixta” según la terminología de Agustín.  La santidad de la Iglesia, sin embargo, hace que el bautismo administrado por un pecador no deje de ser válido. No hay que bautizar de nuevo –como  pretendían los donatistas-  a quien ha sido correctamente bautizado por un pecador.  La verdad de que el sacramento es válido aunque el ministro sea pecador, hace conocer que el don del sacramento es realmente sobrenatural porque procede del amor gratuito de Cristo, amor que se difunde a pesar de las miserias de los hombres.  Esto es razón de confianza y de paz para quienes se acercan bien dispuestos a recibir la gracia del Señor: el Espíritu llega a su corazón para comunicarse y santificar a las personas que han creído en la Iglesia y su ministro.  

La distinción entre la celebración válida y fructuosa de los sacramentos y la celebración solamente válida pero infructuosa, es sumamente importante en la existencia cotidiana de los cristianos.  Con esto, el Obispo Agustín da a la Iglesia una doctrina que convence a muchos donatistas y  deja para los siglos como herencia una sabiduría de humildad y de confianza extraordinaria para la vida espiritual y pastoral.  La Iglesia aparece como signo e instrumento del amor misericordioso y gratuito del Señor.  

Los pelagianos hicieron sufrir mucho a San Agustín.  Exaltaban el deber moral del hombre, y  sostenían que el pecado de Adán fue sólo un mal ejemplo, que no había lesionado a la persona humana en su libertad. El hombre con sus solas fuerzas naturales podía llevar una vida  honesta de acuerdo a la ley natural.  La gracia, decían, es un don divino necesario para vivir la vida nueva de hijos de Dios, pero no para cumplir con la ley moral en el nivel natural.  San Agustín, desde su experiencia de salvación por pura misericordia de Dios, no podía quedar sin reaccionar vivamente.  El hombre no puede, por sí mismo, obrar sino pecado y mentira.  Jesucristo es el único Salvador.

Hubo monjes que matizaron la propuesta sosteniendo que el “inicio de la fe” (initium fidei) era la disposición a la vida de la gracia que se podía obtener por la fuerza natural propia del hombre, aunque la gracia misma fuera auténtico y mayor don de Dios.  El hombre, por lo tanto,  que es moralmente enfermo, es curado gratuitamente por  Dios, quien es  el médico.  Está en la potestad del enfermo, de sus fuerzas propias, el llamar al médico. Esta es una posición común también hoy entre los fieles.

La respuesta de San Agustín es absoluta: sin el auxilio misericordioso de Dios por Jesucristo y su Espíritu, el hombre no puede iniciar el camino a la gracia.

Cristo no es un suplemento añadido a la moral de los hombres para hacerlos simplemente mejores.  No.  El es absolutamente necesario para que la persona humana abandone el pecado y viva como hijo de Dios.  Sin el auxilio del Señor el hombre no puede vivir sin pecar.  Es verdad, sin embargo, que Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos acude con su gracia.

“Dios no manda cosas imposibles sino que mandando advierte hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas” (De nat. et gratia 50).  San Agustín nos enseña a orar pidiendo: “Da lo que mandas, y manda lo que quieres”.  Por eso decimos que la vida justa de los hombres, siendo imposible sin Cristo, es posible con El.  Posible aunque difícil.

La enseñanza antipelagiana muestra que el mundo de la gracia es el reino de la gratuidad, de la misericordia divina, que siempre acompaña a los hombres, como Jesús acompañó a los discípulos de Emaús.  Nada que sea  puramente humano  merece la gracia de Dios.  Aun la disposición a ella es fruto de la misericordia de Dios.  Estamos llamados a vivir en un designio de permanente gratuidad misericordiosa.  La enseñanza de nuestro santo ha sido tan excepcional que con razón se lo llama “Doctor de la gracia”.

Los arrianos también fueron parte de los enemigos de la fe contra los que tuvo que luchar Agustín.  Debió enseñar la verdad fundamental de que Jesucristo es Hijo de Dios igual al Padre.  Eterno como el Padre, siempre existió.   “No hubo tiempo en que el Hijo no fuese”.  Consustancial al Padre.  Dios verdadero de Dios verdadero, no es un ser menor.  La Trinidad es el misterio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, tres Personas Divinas iguales entre sí.  En Jesucristo, uno de la Trinidad se hizo uno de la humanidad.

En fin, en las controversias que hemos recordado y en otras, San Agustín coronó en una sabiduría estupenda, su búsqueda de la verdad de Dios, del hombre y de toda la creación.

El  amor por la verdad se encendió en su conversión con un ardor nuevo que lo hizo exclamar: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé” (Conf. 10,27).  Este amor lo sostuvo en la pureza de su fe y lo llevó a la más alta contemplación. Desde Dios, por su gracia, marchó siempre buscando a Dios, buscando  su comunión y  su gloria.  En toda verdad encontraba a Dios, a ese Señor que estaba en su alma y era “más interior que su propia intimidad” (interior intimo meo).

2. Dispensador de los sacramentos

1. Ministro de los sacramentos.  El sacrificio de la Eucaristía.

Su pastoral fue también un profundo y amplio ministerio litúrgico, centrado en la misa cotidiana y semanal y en las grandes celebraciones anuales de Cuaresma y Pascua con su comunidad.  La reconstrucción de una celebración dominical en Hipona, que hace uno de sus grandes estudiosos (Van der Meer), nos introduce en la profundidad, en la solemnidad y en la belleza de su liturgia.  Su doctrina sobre la presencia viva del Señor resucitado en la Iglesia que dispensa la palabra y el sacramento, le permitía descubrir la cercanía del Señor glorioso y llenar de santidad la fiesta de su pueblo.  Su homilía, que podía durar alrededor de una hora, además de la segunda predicación, que podía tener lugar antes de la comunión, inundaba con la verdad de la palabra toda la liturgia.  Esta se constituía en una iluminación de la fe de la asamblea y en una muy intensa celebración del amor de Dios y de la Iglesia.

La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Cristo. Con El, en la unidad de la Iglesia, su Cuerpo,  nos ofrecemos en sacrificio a Dios.  La Eucaristía acaba de hacernos miembros de Cristo y así, acaba de hacernos Iglesia.  Por El, con El y en El, somos participantes del sacrificio de Cristo que nos lleva al Padre para participar en Cristo de su gloria.

“Toda la ciudad redimida... la congregación y sociedad de los santos, ofrece a Dios su sacrificio universal por ministerio del Gran Sacerdote.  Este se ofreció a sí mismo en su pasión por nosotros, a fin de que nosotros fuéramos el cuerpo de esa Cabeza... Este es el sacrificio de los cristianos: muchos un solo cuerpo en Cristo.  Este misterio la Iglesia también lo celebra asiduamente en el sacramento del altar, conocido de los fieles, donde se le muestra que en la oblación que se hace, se ofrece a sí misma”. (De Civ. Dei 10,16).

Con profundo realismo, nos enseña el Santo Doctor:  “Es el misterio de ustedes el que está colocado sobre el altar.  Es el misterio de ustedes lo que reciben.  A lo que son es a lo que dicen Amén”.  Nos quiere decir Agustín: sobre el altar está el Cuerpo de Cristo entregado.  Somos en él, cuerpo, vida entregada a Dios Padre.  Sobre el altar está la Sangre de Cristo derramada.  Somos en él, sangre derramada, vida entregada.  Como Cristo, con el propósito de Cristo.  Somos Cristo.  Nunca lo sabemos más que en la Eucaristía.  Esta es la forma, la condición de siervo propia de Cristo y de los cristianos.  Nos muestra la profunda significación del lavado de los pies en la última cena: nos muestra el amor, la humildad y la entrega de Cristo que  habría de culminar en la cruz y con quien comulgamos en la Eucaristía.  Es Jesús quien se nos da en el sacramento.

El sentido de la santidad divina hace que San Agustín advierta que al Señor eucarístico no se debe acercar nadie para comulgar si no está bien dispuesto.  El que esté en pecado de idolatría, homicidio, adulterio, y de otros pecados que él enumera, necesita hacer penitencia.  

En verdad, su sacerdocio le permite presidir y servir a su pueblo llevándolo a la máxima comunión con el sacrificio salvador del Señor y desde esa comunión, vivir la vida cotidiana según el Evangelio y anunciarlo a los no creyentes.

3. Pastor de su pueblo.  Preside con su amor

Caridad pastoral

En el caso ejemplar de Pedro, Agustín muestra  que el de pastor es oficio de amor: “En efecto, a Pedro, ... (el Señor) le dice: Pedro ¿me amas?  El respondió: Señor, te amo.  Apacienta mis ovejas.  Y habiéndole dicho por tres veces: Pedro, ¿me amas?, entristecióse Pedro a la tercera interrogación, como si quien había visto la intimidad del negador, no viese también ahora la fe del confesor...Si, pues, le preguntó el Salvador después de la resurrección, no era porque ignorase la gran sinceridad del afecto que Pedro tenía por él, sino para que una triple confesión de amor, borrase la triple negación del temor” (Serm. 137,3).

“Admira, dice Agustín Trapé, la frecuencia y la variedad con las cuales el obispo de Hipona orquesta en sinfonías siempre nuevas el tema eterno del amor.  “Hermanos, cita al Santo (In ep. Jo.  9,11) yo no me canso de hablar del amor”.  A eso conduce la actividad humana, la revelación, la historia.  Lo habíamos visto por la historia humana, que resume en dos ciudades, y éstas en dos amores” (O.C. p. 230).

El amor de Dios y de uno mismo, que según su propia naturaleza no se contradicen, son presentados por San Agustín en su relación mutua, con la sabiduría propia de su genio: “No sé de qué modo inexplicable sucede que el que se ama a sí mismo y no a Dios, no se ama a sí mismo, mientras que quien ama a Dios y no a sí mismo, éste se ama a sí mismo” (In Jo. Ev. Tr. 123,5).

Y lo explica: “Dos amores, de los cuales... uno social y el otro privado han fundado y distinguido en el género humano dos ciudades... la de los justos y la de los inicuos” (De Gen. Ad litt. 11,15,20). El amor social abre al bien común, el de todos y para todos, sin exclusión de nadie, para comunión, unidad y felicidad de todos.  El amor privado clausura a la persona en sí y priva de la comunión de Dios y de los demás.  

San Agustín es conciente de su autoridad para  gobernar a la comunidad.  Sabe que debe dar cuenta ante Dios de su amor pastoral, como amor intenso y lúcido que busca  los caminos de santificación de su pueblo.  Sabe que “servir al único Dios es la razón de toda la Iglesia” (Ench. 15,56).  Y que “en esto consiste la religión cristiana: en servir a Dios y darle culto” (Jo. Ev. Tr. 23,5).  Por eso su predicación, sus audiencias, sus decisiones, sus visitas, sus viajes, se ordenan a este único fin.  Es notable su humildad en la corrección de los errores y pecados.  Con ocasión de su enseñanza sobre la  infidelidad matrimonial decía: “Cuando es realidad y se admite el hecho (de la infidelidad), cuando lo sé, corrijo, reprocho, doy el anatema y excolmulgo.  Pero, no obstante no consigo yo la corrección, puesto que ni quien planta es algo ni quien riega, sino Dios, que da el crecimiento... Cuando os hablo, os lleno de temor y os exhorto, es preciso que me escuche Dios y actúe de alguna manera en silencio en vuestros corazones” (Serm. 224).  Su apostolado es siempre presencia del amor de Jesús.  El  sabe que su pastoral es “amoris officium”  -oficio de amor-  en el que debe aún dar su vida si es necesario (cf. Jo. Ev. Tr. 123,5) como recordábamos antes.

Es pastor pero es siervo, es pastor para ser siervo de los siervos de Cristo.  Su pastoral es el amor de todos para acompañarlos, para exhortarlos a  la santificación, al abandono del pecado y a obedecer a la ley de Dios, una ley que en definitiva es el amor.  En el amor auténtico a Dios y al prójimo está asegurada la verdad y el bien de toda acción.  Por eso puede decir: “Ama y haz lo que quieras”.  

Nos dice Agustín: “Oyeron cuando se leía el Evangelio: “Quien entra por la puerta, ése es el pastor; mas el que sube por otra parte es ladrón y salteador”... ¿Quién entra por la puerta? Quien entra por Cristo.  Y ¿quién es éste?  Quien imita la pasión de Cristo” (Serm. 137, 4).  “Concédame el Señor fuerzas para amaros hasta morir por vosotros” (Serm. 296,5).

La  acción pastoral es la edificación de la Iglesia.  Es identificar a los fieles con Cristo.  Es lo que sucede en su perfección en la eucaristía.  Explica el Santo: “Reciban, pues, y coman el Cuerpo de Cristo, transformados ya ustedes mismos en miembros de Cristo, en el Cuerpo de Cristo; reciban y beban la sangre de Cristo.  No se desvinculen, coman el vínculo que los une; no se estimen en poco, beban su precio.  A la manera como se transforma en ustedes cualquier cosa que comen o beben, transfórmense también ustedes en el cuerpo de Cristo viviendo en actitud obediente y piadosa... Estas cosas las leían en el Evangelio o las escuchaban, pero ignoraban que esta Eucaristía es el Hijo  (hanc eucharistiam esse Filium)... Si reciben santamente esto... tienen vida en ustedes, pues reciben aquella carne de la que dice la Vida misma: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”... Teniendo, pues, vida en El, serán una carne con él” (Serm. 228, B 3-4).

La caridad pastoral nos identifica con el amor de Cristo salvador del mundo, que no quiso bajarse de la cruz sino resucitar del sepulcro (cf. Serm. 340, A. 5).

Esa generosidad total debe estar siempre presente en el pastor porque sólo así se ama de verdad.

Hay que amar a todos  y privilegiar a los más pequeños.  Hay que amar a los pobres: “El (Dios) me reclama lo que me ha dado; y lo que me dio, no me lo dio para que lo guardara, sino para que lo repartiera” (Serm. 125,8).

Lo que decía Agustín con la palabra, lo sostenía con su vida.  Vivía pobremente y se sabía hermano de los pobres, compañeros en la pobreza.  Vestía lo que le regalaban.  No quería ropas valiosas, aquel a quien cuando era joven le gustaba ser considerado elegante.  Pero si la caridad le indicaba usarlas, no tenía reparo en hacerlo, porque la caridad es la verdadera virtud, y sólo por ella el acto humano acaba de tener valor en la vida de los hijos de Dios.

Aunque la acción episcopal en asuntos de menor relación con lo espiritual no era lo que más le agradaba, sin embargo no la despreciaba.  La delegaba cuando podía, como hizo con la administración de los bienes diocesanos.  Cuando su intervención tenía especial significación para los afectados, la realizaba con diligencia, conciente de la amplitud de su condición de pastor.

C. San Agustín en el hoy de la Iglesia y del mundo.

Quien se acerca a San Agustín, a su persona y a su doctrina, no puede menos que sentir su influjo y el surgimiento de un deseo de participación en su sabiduría y   santidad.  Se lo siente muy cercano a la persona de cada uno y a los hombres de hoy.

No tengo duda  -lo he experimentado preparando esta exposición-  San Agustín tiene mucho que decirnos a los hombres de nuestro tiempo y en particular, a los obispos y pastores de la Iglesia.

Nos invita a ser esclavos de la verdad, de toda verdad, y en primer lugar, de la Verdad que es Cristo, en un mundo que como Pilato, pregunta qué es la verdad.

Nos invita a que asimilemos y  propongamos esa Verdad haciendo de voz del único Verbo del Padre, a un mundo de pensamiento débil, cuando no escéptico.

Nos impulsa  a ser íntimos de Dios en la oración, a ser su imagen en la gracia, a ser sus seguidores en el servicio pastoral, amando a los hombres y a la Iglesia hasta el fin, hasta la muerte, como Jesucristo.

Nos desafía a escribir la parte de la historia pascual de nuestro tiempo, presidiendo la acción de gracias, la alabanza y la entrega del sacrificio cotidiano de nuestros hermanos, en la fe, la esperanza y la caridad, las tres hermanas del alma. (V. Capanaga, O.C., p. 251)

Nos desafía a ofrecer en la Eucaristía el sacrificio pascual de Cristo, que es del Cristo total, para que el Señor de la gloria lleve a plenitud su amor a nuestro tiempo, y, en la alianza con su Pueblo, lo transforme en historia de salvación.

Nos invita al amor social, a amar el Bien Común que es Dios y los hijos y las cosas de Dios, en la Ciudad de Dios, que debiera atraer a los pueblos por la verdad de su palabra y la pureza de su amor.

Nos invita a redescubrir nuestro destino y a caminar hacia El, haciendo nuestras sus palabras: “Nos hiciste para Ti, e inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en Ti”.


Esquema

A. Obispo y Pastor

1. Pastor amado por su pueblo. Pastor que ama a su pueblo
2. Pastor de la Iglesia católica
3. El Buen Pastor y los buenos pastores
4. Virtudes del buen pastor

B. Officium amoris

1. Dispensador de la palabra
1. Maestro y discípulo
2. Defensor de la fe

2. Dispensador de los sacramentos
Ministro de la gracia. El sacrificio de Cristo y de la Iglesia

3. Pastor de su pueblo.  Preside con su amor
Caridad pastoral

C. San Agustín en el hoy de la Iglesia y del mundo.
Spanish Discípulos y misioneros de Jesucristo
Nov 22, 2007
Meditación de monseñor Estanislao E. Karlic, arzobispo emérito de Paraná en la Jornada Espiritual
(Aparecida, 14 de mayo de 2007).

El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo termina así: "Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el Cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28, 16-20)



A. Jesús nos llama a la santidad

Estas palabras del Señor Resucitado valen hoy para nosotros. El Santuario de la Virgen Aparecida se convierte en la montaña que Jesús ha indicado para que los discípulos suyos que peregrinan en América Latina y el Caribe se reúnan para recibir otra vez su mandato misionero.

Este es un "tiempo oportuno", un "kairós" que el Señor ha determinado para una obra de su gracia para bien de todos nuestros pueblos. Debemos tener conciencia de la cercanía privilegiada de Dios con nosotros en estos días, y de la magnitud de la obra para la que El nos convoca: la Evangelización de nuestros pueblos.

Todo el universo empieza en Dios. "Al principio Dios creó el cielo y la tierra" (Gn 1,1). Y todo empieza en su amor. Dios nos ama primero. "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó... nosotros amemos porque él nos amó primero" - nos dice San Juan ( 1Jn 4,10.19). Porque nos amó, por eso nos eligió y nos congregó. Dios y su amor por nosotros es la primera verdad de nuestra tierra y la primera verdad de esta Asamblea. Existimos porque Dios nos amó y nos eligió en Jesucristo.

Con agradecimiento y humildad hemos de disponernos a escuchar al Señor que nos llama en todo y siempre. Nos llama en la creación y en la historia; en la humanidad de Cristo, en la humanidad de la Iglesia y en la humanidad de todos los hombres; en el esplendor de la Liturgia y en la sencillez de los hechos cotidianos; en su Palabra revelada y en las palabras humanas; en el dolor y en la alegría; en la pobreza y en la riqueza. Nos llama en todo cuanto existe y en todo cuanto acontece, porque toda criatura es lo que es por razón de una palabra creadora de Dios y porque todo acontecimiento de la historia le pertenece en el único designio de su benevolencia. Es Él mismo quien nos llama hoy, en el aquí y ahora de nuestros pueblos. Lo hace por Jesucristo en su plenitud, su Palabra perfecta e insuperable. Dice la Epístola a los Hebreos: "Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo" ( Hb 1, 1-2).

Dios nos revela por su Hijo el misterio de piedad, su designio de salvación. Dios no tiene otro proyecto que el de nuestra santidad en Cristo, la santidad de todos, de individuos y de pueblos. Dios, que es santo, nos llama a ser santos: "Él nos ha elegido... antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor... para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" ( Ef 1, 4-5). La santidad es nuestro destino de gracia y de gloria. Para ello Jesucristo dio su vida.

La cuestión del hombre y de los pueblos es una cuestión con Dios. Los dos amores que dividen a los hombres en la historia son el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. Esta elección de amor, que se debe hacer en la opción fundamental de la existencia, ha de ser sostenida y confirmada en el ejercicio de la libertad en la vida cotidiana. Cada día el hombre es interpelado para que elija a Dios que lo llama al servicio y no al dominio.

Conscientes de nuestra vocación a la libertad, queremos elegir el amor de Dios y de los hermanos, también de los enemigos y perseguidores, abandonando el odio y construyendo la paz. La conversión es realmente un cambio intelectual y moral hondo, arduo y prolongado, pero posible y debido. Siempre estamos en un combate espiritual porque: "Todo hombre es Adán. Todo hombre es Cristo" (San Agustín). Siempre tenemos que luchar desde nuestra naturaleza humana herida por el pecado. En un clima de esfuerzo y de trabajo, debemos santificamos en estos días, con la verdad de la humildad y la certeza de la esperanza.

En el designio de Dios, Él nos ha amado de tal manera que nos envió a su Hijo para redimirnos con su entrega en la Cruz (cf. Jn 3,16), y hacernos capaces de su mismo amor. Recibiendo su ayuda divina y queriendo empezar la Asamblea con un corazón puro, como en una gran eucaristía, pidamos perdón de nuestros pecados y de los de nuestros pueblos, porque San Pablo nos enseña que los hombres solemos aprisionar la verdad en la injusticia (cf. Ro 1,18). Confesemos la impiedad que abre el camino a las idolatrías del placer, del tener, y del poder, y también al secularismo; pidamos perdón por la avaricia y la injusticia, que provoca la crueldad de la miseria y de la iniquidad; por la lujuria que enceguece multitudes y desordena otras pasiones; por el individualismo egoísta e insolidario que deshace la familia y disuelve la sociedad; por los crímenes del aborto, la violencia y la guerra; por la tiranía del relativismo del conocimiento y de la moral; por los pecados de omisión, silencios y temores injustificados; por la falta de esperanza; en fin, por todos los pecados, que siempre contra el amor.

En una cultura donde tantos hombres se han enamorado de sí mismos porque han creído la mentira del "serán como dioses" (Gn 3,5), debemos confesar con sabiduría diáfana y serena que nada vale en la vida si no nos lleva a Dios. "Nos hiciste para Ti, e inquieto está nuestro corazón, mientras no descanse en Ti".

Estamos aquí porque queremos santificarnos y servir a la santificación de nuestro subcontinente. ¿Tenemos derecho a tan inmenso propósito? ¿Tenemos fuerza para tan grande combate? Por nuestras solas fuerzas, no. Pero por gracia de Dios, sí. Dios es amor y con su amor nos hace capaces de amarlo como Él nos ama (cf. DCE 1). Dijo Jesús a su discípulos: "Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado" (Jn 15,12). Ésta es la novedad de su don. Tenemos el deber y la fuerza para consagrarnos a tan grande servicio. No nos es lícito elegir ser de menor estatura. Así como el agua debe ser agua y la luz debe ser luz, el hombre debe vivir la dignidad de su destino, de su altísimo destino.

Para nuestra historia santa, como para toda vida de responsabilidad, es necesaria la gracia de Dios y nuestra colaboración. La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos absolutamente para caminar hacia nuestra santidad. Nadie existe sin recibir de Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio a su criatura y Él es bueno y fiel, con la sobreabundancia de la redención. Esto se verifica en la existencia de todos los hombres, lo sepan o no lo sepan.

En el acto bueno Dios dignifica tanto nuestra colaboración que hace que su gracia sea nuestro mérito. Aquellos que hayan ejercido su libertad en la caridad, según la voluntad de Dios, escucharán decir al Señor: "Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el Reino que les ha sido preparado desde toda la eternidad. Porque tuve hambre y me dieron de comer... Lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron" ( Mt 25,35.40). El encuentro de Dios que obra la salvación en el hombre es un misterio, que nunca se debe explicar oscureciendo alguno de los protagonistas, sino subrayando que la mayor presencia de Dios y de su gracia, da mayor entidad al hombre y a su libertad, porque cuando la historia se hace más de Dios, se hace más de los hombres. Así debemos entender la libertad de los hijos de Dios. El combate contra el tentador fue librado primero por el Señor, que salió victorioso. Ahora el combate es nuestro y tiene en esta asamblea un momento privilegiado para una gran victoria. ¿Quién nos conducirá? "¿A quién iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?" ( Jn 6,68). Venimos a Ti, Jesús. Queremos escuchar tus palabras. Nosotros y nuestros pueblos queremos ser tus discípulos y tus misioneros. Queremos recibir tu Espíritu.



B. Discípulos de Cristo

Es el Señor quien elige y llama a los discípulos, no por sus cualidades personales, ni siquiera las morales. Es la gratuidad de su elección la razón de nuestra presencia aquí. Ser discípulo es un don de Dios, que consiste no sólo en aceptar una doctrina, sino en adherir a la Persona de Jesús, e incorporarse por Él a la obediencia filial al Padre y a la docilidad al Espíritu Santo (cf. Heb 5,8-10), porque en la revelación, "Dios invisible, movido por el amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía" (Dei Verbum, 2).

La Palabra revelada por Dios, no es acogida con la fuerza de la evidencia de la luz natural de la inteligencia sino con la firmeza propia de la fe, de la confianza sobrenatural en Dios bueno y veraz que nos habla como amigo, abriéndonos la intimidad de su designio. La Fe es la verdad del misterio divino compartida en el amor: el amor de quien revela, el Señor, y el amor de quien le cree, el discípulo. La obediencia de la fe, raíz de la salvación, es un acontecimiento de la nueva creación. No es resultado de ninguna cultura humana. El Señor quiere continuar su obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos todos los miembros de la Iglesia como sus signos e instrumentos. Unos para otros, y todos nosotros para todos los hombres que comparten nuestra historia. Que seamos uno en la fe y en el amor, para que el mundo crea. Empecemos a dar testimonio en estos días.

El discípulo cree porque fue seducido por la Pascua de Jesucristo, por su entrega de amor en la Cruz. El acto de fe es este encuentro de libertades y de amores, una libertad seductora por su amor, la de Cristo; otra seducida por ser amada, la del discípulo. Así se origina el injerto del bautizado en la cepa que es Cristo y su incorporación a la Iglesia.

La libertad de la fe, como toda auténtica libertad, debe ser vivida con la dignidad de un hombre que tiene sed de Dios y lo busca con todo el corazón. Por eso, debe ser sostenida y defendida frente a todas las tiranías, cualquiera sea su origen y su forma.

"Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús", nos exhorta la Epístola a Los Hebreos (12,2). Jesucristo, luz del mundo (Jn 9,5), revela el designio de salvación por todo lo que hace y lo que dice (cfr. Dei Verbum 2). Hemos de contemplar y escuchar al Señor que, con oportunidad de esta Asamblea, se nos presenta y nos habla con particular solemnidad. Él es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, luz de la vida para América y el mundo. Queremos aprender de su humanidad escondida en la anunciación a María en Nazaret, manifestada en Belén, actuando en Galilea, en Samaría y en Judea, lavando los pies de los apóstoles en el Cenáculo, instituyendo la Eucaristía, muriendo en el Gólgota y resucitando en el sepulcro. Queremos escuchar las Bienaventuranzas, el Padrenuestro, las últimas palabras en la Cruz. Queremos saber siempre más de su tesoro insondable. Porque Él es nuestra identidad. En la sabiduría de la Iglesia sabemos que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado" ( GS 22).

Hemos de vivir apasionados por la verdad, por toda verdad, porque en toda verdad está llegando el misterio de Dios, Padre de las luces, y el Verbo, Jesucristo, que es la Verdad. El pecado entró en el mundo por la mentira. El diablo es el padre de la mentira, y así, el padre de los pecados de los hombres. Tener pasión por la verdad es propio de los hijos de la luz, y manifestación de la sed de la vida. En cambio, la indiferencia por ella y el relativismo del conocimiento entrañan la renuncia a la sabiduría, que debe dirigir los pasos del el hombre, ser inteligente y libre. El hombre está llamado a caminar en la luz de la verdad, a buscarla siempre como su enamorado y mendigo, aunque en el tiempo nunca la encuentre en plenitud.

Jesucristo es la Verdad (Jn 14,6). En Él, Dios Padre nos abre al misterio de Dios Uno y Trino, y de su designio, y nos explica quiénes somos los hombres y adónde vamos. Por Cristo aprendemos que somos imagen de Dios, llamados a ser hijos en el Hijo y amados por Dios por nosotros mismos (cf. GS 24). Entendemos que la familia es el santuario del amor y de la vida. Sabemos que la comunidad humana está destinada a la fraternidad, se debe construir cada día y debe durar para siempre. La razón de pertenencia de cada persona a la familia humana universal radica en su dignidad de hijo de Dios y hermano de los hombres.

Conocemos así que el encuentro de los hombres no se debe regular por las normas del egoísmo, para que cada uno procure su propio provecho reclamando exclusivamente sus derechos, sino por la ley del amor para que descubramos en el otro un don de Dios y un destinatario de nuestro servicio, cuyos derechos debemos defender como si fuesen propios. En la fe debemos descubrir a Cristo en el rostro de todos, particularmente de su hermanos más pequeños (cf. Mt 25,31-46).

Además por la fe sabemos que el universo creado es una casa común, obra de Dios Padre, regalada a todos los hombres de todos los tiempos, a quienes les entregó como título de propiedad inajenable y como título de responsabilidad irrenunciable su propia naturaleza de hombre, imagen de Dios, hijo suyo, hermano de todos los hombres y junto con ellos, administrador del cosmos. En fin, por la fe sabemos que el tiempo, por la gracia de Jesucristo, es camino de la eternidad, a la que vamos acercándonos en cada instante y vamos llegando en cada muerte.

¡Cuánta sabiduría nos regala Dios en su Hijo, Camino, Verdad y Vida! Esta sabiduría es plena cuando se vive la fe, que reclama para su perfección la esperanza y la caridad. Aceptemos agradecidos el don de ser discípulos y vivamos "haciendo la verdad en el amor" ( Ef 4,14).

El misterio de Jesús no estrecha el horizonte sino que ilumina el destino de todos los hombres en el Plan de Dios. Esto es sostener con claridad la última razón de la dignidad y la igualdad de todos los hombres. La verdadera estatura de todo hombre no es simplemente la del viejo Adán, sino la del nuevo Adán, la de Jesucristo, el Hombre Nuevo.

A Él debemos seguir. Él es el Camino, en su estilo, el de la Cruz: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 34-35).

El discipulado lleva a estar siempre dispuesto a entregar la vida por el Señor, como los mártires. Siempre la Iglesia ha tenido mártires y hoy también los tiene. La Iglesia sufre persecuciones que requieren despojos y humillaciones que constituyen un verdadero martirio: la burla y la banalización, la indiferencia y el silencio, la calumnia y el abuso de poder.

Sólo en la verdad de este espíritu martirial, vivido con sencillez y acción de gracias, sostenidos por la oración y los sacramentos, podemos sentirnos discípulos plenos de Cristo y experimentar que nos incorporamos en su obra salvadora. El cristiano es esencialmente pascual. Así viven los santos. Esto nos pide el Señor cuando nos llama para ser sus discípulos. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando" ( Jn 15,13-14).

Para vivir la vida nueva de la gracia y empezar el Reino de la Vida que prepara los cielos nuevos y la tierra nueva, el Señor nos ha dado como alimento del camino la Eucaristía, sacramento de su amor, de su sacrificio, de su muerte y su resurrección. Es el Señor hecho pan y hecho vino el que nos da la fuerza para vivir como Él, para que participemos de su "amor hasta el fin", para incorporarnos al dinamismo de su amor oblativo, nos enseñaba Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis 11). Un gran pastor de nuestra América, poco antes de morir, me decía: "No nacemos para morir. Nacemos para entregarnos a Dios". El que así vive -así vivió él- tiene en la muerte el último acto de su vida, el último acto de su amor.

La oración, que acompañó a Jesús sobre todo en sus momentos culminantes, debería distinguir a los miembros de la Conferencia para que la cercanía del Señor sea profundamente experimentada y éstos sean días de tierna intimidad con Él. Los cristianos eran reconocidos en el mundo pagano como comunidad orante. La Conferencia de Aparecida debería ser señalada por lo mismo. En la oración encontrará sabiduría y discernimiento, espíritu de diálogo serio y fraterno, capacidad de comunicación entre todos, porque Dios se aproxima a todos para reunimos y no está tejos de nadie sino sólo de aquel que lo rechaza.



C. Misioneros de Cristo

A quienes les había revelado la voluntad del Padre, les transmite la potestad y les impone el deber de anunciar el Evangelio. "Yo he recibido todo poder... hagan discípulos... bautizándolos... y enseñándoles..." El amor de Cristo al Padre y a todos los hombres debe pasar al corazón de los discípulos para comunicar ese amor, que es la misión del Señor.

Quien ha conocido al Señor, y su designio de misericordia, experimenta el deber maravilloso de compartir los dones de la creación y de la gracia, y la esperanza de la gloria. El discípulo de Cristo ha comprendido que existir es coexistir, o mejor, es proexistir, es decir, existir para el servicio, para dar, darse, comunicarse. La vida de la persona humana es esencialmente relacional, sólo es auténtica cuando se comunica y vive en comunión. La Comunión de Dios trinitario se refleja en nosotros cuando, por la comunicación con Él y de unos con otros, nos hacemos Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios, Templo del Espíritu.

La misión del discípulo procede del misterio de comunión divino. El discípulo de Cristo es, como Cristo mismo, servidor de la comunión. Vivir la vida nueva es, para el discípulo, vivir la comunión con Cristo por la fuerza del Espíritu que lo conduce a anunciar la redención. Es ofrecerse el discípulo como víctima junto a Jesús para la conversión y la salvación de los hombres, para su participación en el Misterio trinitario.

Queremos hacer el don de Dios a todos los hombres de nuestra tierra. Porque, como dijo nuestro Sumo Pontífice, "quien no da a Dios, da demasiado poco". Y si queremos dar a Dios, infinito en su ser y su verdad, en su bondad y su belleza, ¿cómo no hemos de querer darnos a nosotros mismos? Y dándonos a nosotros mismos, ¿cómo no hemos de querer compartir los otros bienes?

Si no compartimos los bienes creados, materiales y espirituales, trabajándolos juntos y participando de ellos en solidaridad, no estamos amando a Dios. "El que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano", dice San Juan ( 1 Jn 3,10). Pero también es cierto que si no damos a Dios, aunque demos otros bienes, no estamos pagando la deuda de amor entre nosotros: nuestra deuda es Dios. No nos debemos sólo la fraternidad, sólo la justicia social. Nuestra primera deuda es Dios.

Todo es deuda real y todo es deuda con Dios. Somos obreros contratados para esta obra maravillosa. Dios es quien nos ha llamado. No tengamos miedo. Tengamos confianza en el Señor que ya ha vencido. Si nos dejamos ganar por Él, si nos dejamos inundar por su Espíritu, podremos decir ante nuestros deberes, aun los más difíciles, lo que dijo Jesús en la Ultima Cena: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi pasión" ( Lc 22,15). Y al cumplirlos, podremos recordar siempre a San Pablo que nos alienta: "Como dice la Escritura: 'Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte y se nos considera como a ovejas destinadas al matadero'. Pero en todo esto obtenemos una espléndida victoria, gracias a Aquel que nos amó" ( Rom 8, 36-37).

Creamos: la redención actúa hoy. La Pascua de Cristo está en la eternidad dominando los siglos, brindándose con la plenitud de su gracia a todos los hombres y pueblos de América Latina y El Caribe. Hoy podemos convertirnos, santificarnos y servir a la santidad de los demás. Hoy podemos amar porque hoy somos amados por el amor redentor. Hoy podemos servir a la conversión de los hermanos. Cada instante es capaz de Cristo pascual. El instante de cada persona y de cada pueblo existe para que Cristo acceda al corazón y a la libertad de cada uno. Hoy, "el Hijo de Dios, por su Encarnación, se ha unido en cierto modo con todos los hombres (GS 22).

No nos debemos extrañar si no obtenemos frutos pastorales cuando no tenemos interiormente semejanza real con el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Siempre, siempre, la verdad y la gracia son vida que nos llega de Jesús, a cuyo servicio está siempre la Iglesia. Ella reclama de sus miembros y de sus ministros, la identificación creciente con el Redentor. Toda la acción de la Iglesia no es sino ser signo e instrumento del misterio del Señor, ser su transparencia eficaz para irradiar la verdad y la vida de su belleza.

La V Conferencia tiene como horizonte inmediato la evangelización y santificación de nuestro continente. Estamos jugando aquí la historia santa, la nuestra y la de los demás hermanos de nuestra América. Estamos escribiendo la historia en este momento que no vuelve. La historia es escrita por la libertad de Dios y la de los hombres. Los condicionamientos del contexto físico o histórico no son causa eficiente del acto libre. So