“No puede haber una religión que lleve a la violencia ciega”
Jun 18, 2008
El arzobispo Leonardo Sandri, que mañana será cardenal, elogia al Papa.
(lanacion.com.ar, 23 de noviembre de 2007) ROMA.– “Un día, saliendo del hospital, Juan Pablo II estaba temblando. Yo me saqué mi impermeable que tenía, y se lo puse... Por supuesto, todavía lo conservo”.
El arzobispo Leonardo Sandri, que mañana será creado cardenal por Benedicto XVI, junto con el arzobispo emérito de Paraná, Estanislao Karlic, tiene recuerdos muy vívidos de Juan Pablo II. Nombrado por él sustituto de la Secretaría de Estado –el tercer puesto más importante de la Curia romana–, en septiembre de 2000, vivió muy de cerca aquella triste etapa de ocaso, en la que “era difícil navegar en las aguas del Vaticano”.
Con una larga trayectoria en la Curia romana, que conoce como nadie, el flamante cardenal comparó en una entrevista con La Nacion a los dos pontífices de quien fue estrecho colaborador, y opinó que Benedicto XVI no cometió ningún traspié en Ratisbona, cuando en septiembre de 2006 pronunció en un discurso académico una frase que inflamó el mundo islámico. “No puede haber una religión que lleve a una violencia ciega”, dijo, en sintonía con ese mensaje.
Sostuvo, además, que la familia es uno de los principales desafíos de la Iglesia y que hoy no hay pautas para los jóvenes, precisamente porque la familia se ha disgregado.
La imagen de Sandri, que fue un estrecho colaborador del ex secretario de Estado Angelo Sodano, recorrió el mundo cuando le tocó ser “la voz” de Karol Wojtyla, “que siempre mantuvo una luz en sus ojos”. Desde julio último, pasó a ser prefecto de la prestigiosa Congregación para las Iglesias Orientales.
–Me imagino que tendrá muchísimos recuerdos de Juan Pablo II ¿pero cuál es el más fuerte?
-De Juan Pablo II tengo muchísimos recuerdos. Yo llegué como sustituto en el Jubileo del año 2000. El empezaba a declinar, y asistí un poco a toda esa evolución del bastón a la silla de ruedas, de la silla de ruedas a la pérdida de la palabra, de la voz... Y recuerdo por ejemplo cuando yo leía y él reafirmaba con unos golpes de la mano lo que yo leía, de forma que me hacía sentir que estaba siguiendo lo que yo leía... Y yo estaba leyendo lo que él tenía que haber dicho: una situación para mí muy difícil porque ¿quién era yo para leer? Después, en fin, pobrecito, poco a poco fue declinando, pero siempre mantuvo una luz en sus ojos: siempre me llamó la atención esta mirada incluso cuando hablábamos con él. El estaba más bien callado, escuchaba, y al final daba su última palabra. Pero recuerdo cuando estaba en el hospital Gemelli en el último período, yo rezaba el Angelus y leía el discurso de los domingos y él me miraba por televisión. Tengo la foto en que está el Papa mirándome por televisión a mí, y se hace la señal de la cruz cuando yo doy la bendición... Después un día, saliendo del hospital estaba temblando, yo me saqué mi impermeable que tenía, y se lo puse: lo conservo todavía por supuesto. Ahí ya hacía un poco de frío, y después vino el fin...
-Y usted anunció en la Plaza de San Pedro su muerte...
-Sí, me llamaron enseguida para que fuera a la Plaza a anunciar la muerte. Después subí a verlo al Papa, todavía estaba en acción el electrocardiograma final, pero él ya estaba muerto, con los brazos abiertos, casi como entregado. A propósito de la lectura de los discursos, me acuerdo que algunas veces me tocó leer los discursos del Papa siendo celebrante principal Benedicto XVI cuando era todavía cardenal Ratzinger. Entonces él me miraba y me decía “ah, la voz del Papa”, y yo le decía “bueno, pero usted es el verbo”... En fin, tengo un recuerdo más bien otoñal de la vida de Juan Pablo II, porque ya estaba terminando. Y había todo un ambiente en el cual algunos estaban inquietos por esta situación de la salud del Papa: era un momento difícil para nevagar en las aguas del Vaticano.
-Usted vivío este complejo período de ocaso de Juan Pablo II, y después el inicio del pontificado de Benedicto XVI. Obviamente se trata de dos hombres totalmente distintos: ¿usted qué diferencias pudo notar?
-Yo noto por ejemplo que Benedicto es muy personal: cuando él quiere decir algo habla con uno. Y se hablaba personalmente. Quizás Juan Pablo era más comunitario, le gustaba tener gente en los almuerzos, en las cenas, donde se trataban las cuestiones, se consultaba. Con Benedicto XVI es más el trato individual y personal, y el poder recibir de él sus directivas e indicaciones, y por supuesto con una gran sabiduría. Pero también Juan Pablo II en ese sentido tenía un fuego que lo distinguía.
-La maquinaria del Vaticano, que es una de las más aceitadas, pareciera que con Benedicto XVI, que fue criticado por cometer algunos errores o traspiés, como el de Ratisbona, no ha funcionado tan bien. ¿Usted cómo la juzga?
-Yo creo que lo de Ratisbona es providencial, y lo considero al revés de lo que consideran algunos que fue un traspié. Fue una situación que creó después un cierto resquemor, pero que pone sobre el tapete un problema fundamental, que es que no puede haber una religión que nos lleve a una actitud de violencia ciega. Y eso lo reconocen también nuestros hermanos musulmanes. De manera que el haber puesto en el foco este punto me parece fundamental. El Papa sabemos bien que es un maestro, es un teólogo, es una mente pensante y por lo tanto da indicaciones y señaliza un camino por el que hay seguir de esa manera, con su magisterio.
-Y cuando en Brasil, en mayo último, afirmó que la evangelización de América latina “no suspuso una alienación ni una imposición de una cultura extraña”?
-Lo que pasa es que el haber dicho lo que dijo en Brasil no significa que olvidara que hubo también sombras en esa tarea evangelizadora.
-¿Puede ser que Benedicto XVI consulte menos que Juan Pablo II, como usted decía antes?
-No, no es que consulte menos, sino que él es una persona que cuando trata los asuntos los trata personalmente. Por supuesto que el Papa requiere los votos y los pareceres de todas las personas indicadas, y no es que el otro gobernara colegialmente y éste no, no es eso, sino que uno puede hablar con él directamente. Con Juan Pablo II, al menos en mi experiencia, cuando él ya estaba en esa situación era más difícil...
-¿Qué significa para usted ser creado cardenal?
-Tiene una dimensión personal porque uno tiene una trayectoria en su vida, pero siempre está cuestionado por Jesucristo. ¿Qué sos vos delante de él? ¿Quién soy yo? Y por lo tanto esta inmensa distinción que me hace el Papa, más que un honor lo tomo como un compromiso para configurarme mejor y más a lo que deba ser mi discipulado como sacerdote, como obispo y como cristiano.
-¿Para la Argentina qué significa?
-Para la Argentina creo que el impacto de mi nombramiento es más bien tibio, puede ser quizás como este sol otoñal magnífico que tenemos en Roma, porque yo hace muchos años que no estoy en la Argentina. Por supuesto que mi cardenalato es un poco el cardenalato de todos los que me conocieron desde el seminario, aparte de mi familia, los profesores, los compañeros, los que son sacerdotes, los que dejaron, los obispos que conocí. Yo vine a Roma en el año 1970, volví siempre por vacaciones o por visitar a la familia, pero no volví a vivir más a la Argentina. Por eso ahora también hay muchos sacerdotes que yo no conozco, y por eso digo que puede ser un impacto más bien tibio, no como pudo ser el del venerado cardenal Karlic o el venerado cardenal Mejía, que siguen tan activos en sus ochentas, y por supuesto el que pudo haber sido el del cardenal Bergoglio. Bergoglio, entre paréntesis, fue mi prefecto en el seminario, así que tenemos un largo conocimiento hace mucho tiempo y una gran amistad también.
-¿Para usted cuál es hoy el principal desafío de la Iglesia católica?
-Hay muchos desafíos, no hay uno solo. Pero yo creo que es muy importante la cuestión de la familia. Porque en general hoy en día no hay pautas para los jóvenes porque se ha disgregado la familia. Es una de las causas, no digo que sea la única. Pero para que nuestra vida sea feliz tenemos que tener un sentido. Por supuesto que la vida es lo que es, con tantas situaciones difíciles y problemas. Pero el haberse desmoronado un poco lo que era la familia tradicional, con todos los defectos que podía tener, ha creado una situación de desorientación y por eso creo que éste es uno de los desafíos principales de la Iglesia católica.
-¿Cómo nació su vocación?
-Yo tenía desde chico una cercanía con los sacerdotes en la parroquia; era monaguillo, iba mucho a misa, y se me ocurrió decir desde chico “quiero ser sacerdote” y uno de los sacerdotes fue el que me dijo “bueno, entrá al seminario”. Yo hice toda mi vida desde chico en el seminario, y soy una especie de extraterrestre con las pautas de hoy en día. Mi familia además era cristiana, venían de Trento, en el norte de Italia, con ese catolicismo que podemos llamar más bien riguroso que hay y había en muchas familias argentinas. En este ambiente entré al seminario y mi vocación fue creciendo. No fue una vocación tipo San Pablo que me tiró del caballo en el camino, sino fue una vocación más bien tipo de Samuel, que servía en el Templo.
-Usted participará en el próximo cónclave, y es joven: ¿se imagina papa?
-Nooo, ni se me pasa por la cabeza, esa es una locura... Primero, como siempre digo yo, que Dios nos conserve por muchos años, porque puedo morir mucho antes que el Papa... Estas son cosas tan contingentes que ni siquiera hay que pensarlas.