¿A dónde van Europa y España?
Jan 31, 2007
Por Antonio Cañizares, Cardenal Arzobispo de Toledo.
Para el futuro de ambas, Dios no puede quedar relegado a la esfera de lo privado. No proseguirán el camino del humanismo al margen de Dios.
Europa no es un continente geográficamente aprehensible con claridad, sino un concepto, una unidad cultural e histórica. Más aún, es un «acontecimiento espiritual». Lo mismo cabría decir de España. Como sociedad y ámbito social, Europa preexiste con anterioridad a la existencia de las naciones europeas; y España, con anterioridad a la Nación que es históricamente. Con palabras de Benedicto XVI el pasado septiembre en Ratisbona, los elementos que las conforman a ambas logran su unidad con el encuentro entre el «logos» griego y el «Logos» de la revelación cristiana: es decir, con el cristianismo. Europa comienza a nacer con «el encuentro de fe y razón, entre auténtica ilustración y religión», que entraña el cristianismo. Si bien es verdad que Europa y cristianismo no coinciden, ni han coincidido nunca del todo, también lo es, con toda evidencia, que la matriz cristiana ha sido lo que ha dado su impronta peculiar a la «humanitas» europea. Tanto España como Europa, ciertamente, han nacido cristianas y durante más de un milenio han existido como tal. Contemplar sus orígenes nos ayuda a comprenderlas en su decurso histórico y a mirar hacia el futuro. Con esta mirada surge espontánea la pregunta: ¿será cristiana la Europa del mañana, lo será la España del mañana? Lo serán en cuanto se mantengan en sus raíces. Pero aún podríamos preguntarnos con mayor radicalidad: ¿será Europa, será España, si dejan de ser cristianas, si renuncian a sus raíces y fundamentos cristianos? Serán otra cosa, pero no Europa, ni tampoco España. De ahí el grito de Juan Pablo II en el acto europeísta de Santiago de Compostela, en 1982: «Europa, vuelve a encontrarte, sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». El futuro de Europa no puede estar en modo alguno en una «cultura de la nada», del vacío, de la libertad sin límites y sin contenido, del relativismo o del escepticismo vendidos como conquista intelectual, como parece ser la actitud fundamental en los pueblos europeos. Sólo, a mi entender, el redescubrimiento del acontecimiento cristiano, con toda la carga que esto comporta, como decidida y decisiva resurrección de la antigua alma europea, podrá ofrecer la «esperanza firme y duradera a la que aspira». Para el futuro de Europa, y de España, Dios no puede quedar relegado a la esfera de lo privado; el olvido y preterición de Dios se vuelve contra el hombre y contra ellas mismas. No proseguirán el camino del humanismo al margen de Dios. Bien podemos decir que «quien lucha por Europa lucha también por la democracia», pero no olvidemos que lo hace bajo el indisoluble vínculo de la eunomía, de la fundamentación del derecho sobre normas morales incondicionales. Por esto, todo el dilema de Europa y de España, de cara al futuro, está contenido aquí: o tienen ambas el valor de afrontar de nuevo las preguntas sobre el significado de la vida y los fundamentos de la moralidad, y asentarse en consecuencia sobre la eunomía, o puede que vean resurgir viejos fantasmas, viejos conflictos, teniendo que abordar la «cosas nuevas de hoy» con viejas ideas, cuya esterilidad ya ha sido manifiesta. Merece la pena recordar aquí unas palabras del Papa Juan Pablo II al Parlamento Europeo que pueden arrojar no poca luz a este asunto, glosando la frase evangélica «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César»: «Después de Cristo ya no es posible idolatrar la sociedad como un ser colectivo que devora la persona humana y su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen a un orden que es cambiante y siempre susceptible de perfección en este mundo. Las estructuras que las sociedades establecen para sí mismas no tienen nunca un valor definitivo. En concreto, no pueden asumir el puesto de la conciencia del hombre ni su búsqueda de la verdad y el absoluto. Afirmar que la conducción de lo que «es de Dios» pertenece a la comunidad religiosa y no al Estado, significa un saludable límite al poder de los hombres. Y este límite es el terreno de la conciencia, de las «últimas cosas», del definitivo significado de la existencia, de la apertura al absoluto, de la tensión que lleva a la perfección nunca alcanzada, que estimula el esfuerzo e inspira las elecciones justas. Todas las corrientes de pensamiento de nuestro viejo continente deberían considerar a qué negras perspectivas podría conducir la exclusión de Dios de la vida pública, de Dios como último juez de la ética y supremo garante contra los abusos del poder ejercidos por el hombre sobre el hombre». (Juan Pablo II).
Esto es equivalente a lo que Benedicto XVI afirmó en la Universidad de Ratisbona: «No actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios»; como también podríamos añadir es contrario a la razón actuar contra la naturaleza de Dios. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona. El futuro de Europa y de España no puede prescindir de la dignidad y responsabilidad de la persona, no puede prescindir de Dios. En Él tienen su futuro, hacia ahí se encaminarán sus pasos y seguirán apostando por el hombre, encontrarán el sí, más rotundo y afirmativo al hombre, a su dignidad y grandeza, a su verdad y libertad, al amor y a la esperanza que necesita para seguir viviendo.