Antonio Cardinal Cañizares Llovera Antonio Cardinal Cañizares Llovera
Function:
Archbishop of Toledo
Title:
Birthdate:
Oct 15, 1945
Country:
Spain
Elevated:
Mar 24, 2006
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Spanish Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo en el día del Corpus
Jun 21, 2006
Les ofrecemos la homilía que ha pronunciado el Sr. Cardenal Arzobispo en la S. I. Catedral Primada de Toledo. Corpus Christi 2006.

Queridos hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos, estimadas y dignas autoridades, muy ilustres miembros de las Hermandades, Cofradías y Capítulos aquí presentes, muy queridos religiosos, religiosas y personas consagradas, seminaristas, movimientos apostólicos, asociaciones de fieles sacramentales y adoración al Santísimo Sacramento, queridísimos enfermos imagen viva del Señor, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor: En la fiesta de Corpus Christi la Iglesia vive el misterio de la Cena del Señor a la luz de la Resurrección.

"Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo". Había deseado ardientemente -deseo de Dios- que llegase este momento de entregarse enteramente, para siempre, y convertirse para siempre en nuestro. Y, por ello, toma el pan: "Esto es mi cuerpo entregado por vosotros". Y después el caliz con el vino: "Es la nueva Alianza en mi sangre derramada por vosotros". El Cuerpo de Cristo "por vosotros", "por nosotros": Ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza, la esperanza para el mundo entero. "Por vosotros", ese es el amor de Jesús que nos redime y nos salva. "Haced esto en conmemoración mía"; "Amaos unos a los otros como yo os he amado".

¡Qué maravilla y qué grandeza lo que hoy, lo que aquí en el misterio eucarístico, el Corpus Christi, se nos ofrece y se nos da!: La carne de Cristo, el Hijo de Dios, para la vida del mundo; quien come esta carne vivirá para siempre, tiene en él la vida eterna, participa del triunfo glorioso de nuestro Señor crucificado y resucitado sobre el pecado y sobre la muerte. Que Dios nos conceda creer de verdad lo que aquí acontece en el misterio de la Eucaristía.

En el misterio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo está la síntesis de la revelación, el culmen de la condescencia con que la Santa e indivisible Trinidad se ha comunicado a los hombres. En el misterio eucarístico, memorial del misterio pascual, se cumplen todas las esperanzas de la humanidad: Cristo es esta esperanza única para todos los pueblos y para todas las gentes, en todos los tiempos y lugares. Aquí está Cristo en persona, el mismo ayer, hoy y siempre; aquí se nos entrega a Cristo mismo en persona. Y, gracias a Cristo, podemos tener acceso a Dios y recibir la promesa de la herencia y de la vida eterna. Gracias a Cristo podemos obtener el perdón y la misericordia por nuestros pecados. Gracias a Cristo podemos gozar de una alianza eterna, que nada ni nadie podrá romper, y que nos garantiza la salvación definitiva. Gracias a Cristo podemos conocer la verdad de Dios y la verdad del hombre y alcanzar la grandeza de nuestra vocación y nuestra dignidad más elevada. Gracias a Cristo podemos amarnos con el mismo amor con que El nos ha amado. Esto es posible por la Eucaristía, fuente verdadera de donde mana este amor y la posibilidad de este amor.

Aquí se hace presente verdaderamente el amor sin medida con el que Dios ha amado y ama a los hombres en su Hijo y aquí nos llama a que nosotros hagamos lo mismo que El: amarnos hasta el extremo. Así, si la Iglesia nace de la entrega de Cristo, que ama hasta dar la vida, sólo dando la vida se realiza la Iglesia y cada bautizado. La Eucaristía es, por eso, la forma de vivir que un cristiano y toda la Iglesia deben aceptar para sí. Vivir como cristianos es vivir eucarísticamente, haciendo de nuestra vida una ofrenda, un sacrificio agradable al Padre, como agradable fue el sacrificio de Cristo, en la entrega total, en la caridad sin reserva en favor de los hombres. Por eso la caridad es lo que constituye el principio vital de la Iglesia, Cuerpo del Señor. Por eso también nos recuerda san Pablo: "Si no tengo caridad, nada soy... Si no tengo caridad, nada me aprovecha" (l Cor 13,23).

Como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros, con su propio amor, amor de Dios humanado, la caridad cristiana nos llama a entregarnos a todos, singularmente y con amor de predilección a los pobres, los desgraciados, los miserables, los pecadores; nos lleva a compartir cuanto somos y tenemos con quienes lo reclaman desde cualquier necesidad; nos conduce a establecer unas relaciones humanas nuevas apoyadas en el amor de Dios y que es Dios; unas relaciones apoyadas en el respeto a la dignidad de cada ser humano y a la defensa del débil, del inocente y del indefenso. La caridad nos compromete a los cristianos a instaurar un mundo nuevo y reclama de nosotros que nos empeñemos auxiliados por la gracia divina, en las circunstancias actuales, en lograr algo cada vez más urgente y necesario: la unidad de todos.

Los cristianos debemos centrarnos en la Eucaristía, hacer de ella la fuente y el culmen de la vida cristiana. Aspirar a la caridad, hacer de ella la norma de nuestra vida, vivir la caridad, llevar a cabo la instauración de un mundo nuevo que exige la caridad como la forma propia del vivir cristiano, está exigiendo que los cristianos vivamos profundamente el misterio de la Eucaristía. Sólo quien se alimenta de Cristo, caridad de Dios, amor de Dios hecho carne, puede entregar ese amor a los demás; sólo quien vive a Cristo y de Cristo, quien se une a El, puede entregarlo a los demás, y con El y como El ser el buen samaritano que se acerca al malherido y maltrecho para curarlo. Sólo quien participa en la Eucaristía, quien vive todo lo que significa y es el misterio eucarístico se capacita para hacer de su vida una entrega de sí mismo y de sus cosas a los demás, es decir, un darse real y enteramente a todos.

La Eucaristía es la gran escuela del amor fraterno. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico deben comprometerse en construir todos juntos la civilización el amor. La Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos; nos reconcilia y nos une; no cesa de enseñar a los hombres la importancia decisiva de una moral fundada sobre el amor, la generosidad, el perdón, la confianza en el prójino, la gratitud, el respeto a la vida, la edificación de la paz. Si el pueblo cristiano se centra más y más en la Eucaristía, tened por seguro que se abrirá una aurora de paz y de respeto a la vida en todas las fases de su existencia y en cualquier circunstancia y lugar.

Hacia el misterio eucarístico del Cuerpo y de la sangre de Cristo ha de dirigirse nuestra mirada y nuestro corazón, la de cada uno, la de todas las comunidades, la de la diócesis entera. Sacramento por excelencia del misterio pascual, ha de estar en el centro de la vida eclesial, de nuestra diócesis y de todas las parroquias y comunidades eclesiales. En la Eucaristía es donde se vive en toda verdad y densidad la experiencia de Dios. Cristo vivo, Hijo de Dios y Dios con noostros, en presona, realmente presente en la Eucaristía, nos adentra en la más genuina y real experiencia de Dios. Cuantos formamos la Iglesia no viviremos cuanto entraña la experiencia cristiana de Dios si no participamos, celebramos y vivimos, como se requiere en la Eucaristía. Necesitamos celebrarla y vivirla, participar de ella y vivir de ella, para vivir y fortalecer la experiencia de Dios, para estar con Cristo, ser de Cristo y vivir de Él. Hay que celebrar el misterio del Amor eucarístico para insertarlo más profundamente en la vida y en la historia de nuestro pueblo, sediento de Dios, de los valores del espíritu, así como de la solidaridad y la justicia. Necesitamos la Eucaristía porque ésta es fuente y hontanar, horizonte y meta de toda evangelización.

Es necesario, urgente e imprescindible siempre, pero de modo particularmente apremiante en los momentos que vivimos, el sucitar cada vez más en las conciencias de los creyentes la fe y el asombro, la adoración más viva ante este gran sacramento. Hay que recordar así mismo que "el cristiano no debe considerar la participación en la misa dominical como una imposición o un peso, sino como una necesidad y una alegría. Reunirse juntamente con los hermanos y hermanas, escuchar la palabra de Dios y alimentarse de Cristo, inmolado por nosotros, es una hermosa experiencia que da sentido a la vida e infunde paz en el corazón. Sin el domingo los cristianos no podemos vivir. Por eso los padres deben ayudar a sus hijos a descubrir el valor y la importancia de la respuesta a la invitación de Cristo, que convoca a toda la familia cristiana a la misa dominical" (Benedicto XVI). Ahí tenemos fuente segura de fortalecimiento de la familia cristiana y garantía de transmisión de la fe a las nuevas generaciones, tan apremiante en nuestros días, como nos recordará el Papa Benedicto en el próximo Encuentro Mundial de las familias, en Valencia, al que, una vez más, os convoco e invito a toda la comunidad diocesana.

Que Dios nos conceda fortalecer nuestra fe en el Misterio Eucarístico, que aumente en todos el sentido de la adoración eucarística y avive la necesidad en todos de venir a estar con Él junto al Sagrario, que de vigor y fuerza a nuestra caridad brotada del hontanar del Cuerpo y Sangre de Cristo. Pongamos ante su mirada todas las expectativas y necesidades del mundo.
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