Homilía del Cardenal Cipriani en Misa Crismal de Miércoles Santo
Apr 27, 2006
Monseñor Rino Passigato, Nuncio Apostólico; queridos hermanos en el Episcopado; venerables miembros del Cabildo Metropolitano; queridos hermanos sacerdotes; religiosas; seminaristas; queridos hermanos todos en Cristo Jesús:
(rpp.com.pe, 12 de abril , 2006) La Misa Crismal que hoy celebramos surge del Misterio Pascual que integra todo lo cristiano, especialmente el ministerio sacerdotal que tiene su origen y fundamento perenne en la cruz y la resurrección de Jesucristo. Hoy se reúne el Presbiterio de la Arquidiócesis de Lima en torno al Pastor de esta Iglesia local para predicar a Cristo Crucificado, a cuyo servicio estamos.
Es un momento sagrado y pleno de contenido donde cada uno debe meditar en profundidad nuestro sacerdocio porque en él se encuentra la esencia de nuestra vida y ministerio sacerdotal, es decir, nuestra razón de ser en la Iglesia. Por un lado, produce un gozo y una alegría muy grande y, por otro, un enorme temblor. Qué grandes maravillas ha depositado Jesús en nuestras pobres manos.
En el Evangelio de San Juan Cristo dijo: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. (Jn 6, 48).
Esta realidad de la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo no es algo pasivo, sino una fuerza viva, una persona que nos atrapa y nos absorbe queriéndonos introducir en ella: “El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él. Mi carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida”.
San Agustín, ese hombre santo que tanta misericordia recibió del Señor supo volcarla y lo hace hoy de una manera especial muy actual. Escribió en las Confesiones que tuvo una visión en la que el Señor le decía: “Cómeme, pero no serás tú el que me transformes a mí, sino que seré yo quien te transformaré a ti en mí”. Esto es motivo de gozo. Corremos el peligro que por el mundo en que vivimos no profundicemos este misterio de fe, esta grandeza de lo que nos habla San Agustín. En nuestra relación con Cristo el centro es Él.
De aquí podemos sacar dos conclusiones: la primera es que nuestra identidad sacerdotal es ser Cristo, el Sacerdote Eterno. Repitamos interiormente: “Soy Cristo, no soy yo”, especialmente al administrar los sacramentos. La segunda es cuidar la reverencia, el respeto, la urbanidad, la devoción que no es ritualismo.
Queridísimos hermanos sacerdotes, el mundo clama por fe, el Papa actual quiere rescatar una inclinación de cabeza, una reverencia ante el altar, una genuflexión bien hecha ante el Santísimo y, de esa manera, también de modo práctico, renovar las especies sagradas guardadas en el Sagrario cada quince días; la llave del Sagrario la dejamos ahí el día entero con todos los riesgos que supone; llevarlo con suma dignidad como viático a los enfermos; rodearlo de manteles limpios; de Sagrarios bien presentados; son detalles que hace que el pueblo vea que está el cuerpo de Cristo que Jesús Eucaristía está con nosotros.
Qué alegría y esperanza contemplar como Pastor de esta Iglesia en Lima el florecimiento de la adoración al Santísimo en muchas capillas que se han abierto, que se han mejorado para que la gente pueda acercarse en silencio y acompañar a Jesús Eucaristía todas las horas del día. Muchas gracias hermanos sacerdotes.
Ha sido un Año de la Eucaristía donde el queridísimo siervo de Dios Juan Pablo II, nos dejó ya encaminados y en ese Año ha surgido de manera muy generosa en muchísimos templos, capellanías, parroquias, muchas horas al día el cuerpo de Cristo expuesto de manera digna, siempre acompañado.
Santo Toribio fue recordado por el Papa Benedicto XVI en una reunión de los Cardenales que coincidió con la fiesta universal de la muerte del Santo del 23 de marzo y le dedicó unos minutos de reflexión y destacó de modo especial su labor misionera. Cristo expuesto en la Eucaristía es el primer misionero, no pensemos sólo en la misión de irnos ad gentes, hay que ser generosos y de hecho, hay muchos peruanos predicando el Evangelio, pero también hagamos un compromiso de llevar como el Santo Arzobispo la enseñanza o el compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Pongamos fe en ese ministerio de la palabra.
En este año, que celebramos el Jubileo demos esa muestra de amor a ese santo, siendo misioneros, casa por casa, colegio por colegio, barrio por barrio con toda la creatividad pero llevando el Compendio de la Iglesia Católica.
San Pablo nos recuerda con palabras fuertes en la primera epístola a los Corintios que “quien come indignamente mi cuerpo y mi sangre, come su propia condenación”; resuenan con fuerza en mi conciencia y responsabilidad de Pastor. El Santo Padre calificaba, momentos antes del Cónclave, una especie de dictadura del relativismo, por ello, debemos poner especial énfasis en educar bien la conciencia recta de los fieles.
Para tal efecto, la presencia frecuente del sacerdote en el confesionario es importante para su propia vida personal y, fundamentalmente, para la de los fieles. Nunca serán suficientes las horas dedicadas a esta maravillosa tarea de reconciliar, es decir, de volver a unir con Dios la fractura del corazón humano y devolver la paz y la alegría interior a las almas.
Les pido un esfuerzo especial de una verdadera catequesis de la reconciliación para iluminar las conciencias con enseñanzas que provienen del magisterio, especialmente en lo relacionado con la moral conyugal. La insensibilidad de la conciencia –crisis de nuestro tiempo- es la puerta de entrada de la violencia y de la mentira que arruina el mundo.
La Eucaristía, es el sacramento de los reconciliados, de ella brota el fortalecimiento del poder moral que toda persona debe cultivar. La moralidad, no el moralismo, asentada en la doctrina, en el catecismo, en el magisterio, en el testimonio vivido, en la vida sacramental, es la única fuerza que puede poner freno a la violencia y al egoísmo. Donde pierde su influencia la dimensión moral, es el hombre quien siempre pierde, en primer lugar el débil. Por lo tanto, la sociedad se fractura, se violenta, se vuelve injusta e indiferente. La raíz es esa dimensión moral, es el cambio del corazón.
Por ello, debemos enseñar que la Eucaristía es una escuela eficaz de amor al prójimo. El Culto Eucarístico, nos enseñaba el siervo de Dios Juan Pablo II, es el punto de encuentro entre lo personal y lo sacramental, entre lo sacramental y lo social, punto en el que también están ancladas tanto en la vida apostólica y espiritual de la Iglesia como la de nuestro servicio sacerdotal.
El sacerdote santo existe en este mundo y, si la fuerza pedagógica de su expresión visible desaparece, conduce a la superficialidad y al embrutecimiento de la humanidad y del mundo ¡Qué honda responsabilidad y qué consecuencias para nuestra vida temporal y eterna! Luchemos por ser santos; para esto, con un corazón sin divisiones entregado plenamente al Señor; con un celibato que es una afirmación gozosa llena de madurez; todo ello envuelto en la humildad de ser conscientes de haber recibido este don de Dios en vasos de barro.
Hermanos queridos, mostremos al mundo de hoy la limpieza de cuerpo y alma y la alegría de la entrega de un corazón indiviso a Dios y a las almas por Dios. El mundo lo necesita. Nuestra Madre la Iglesia llena de dolor nos lo implora y yo, como Pastor de esta Iglesia local, lo recuerdo en esta ocasión solemne.
Nuestro corazón quiere elevar una plegaria especial por nuestros hermanos sacerdotes y enfermos impedidos de participar de esta celebración, unidos filialmente al Santo Padre, renovando esa unidad y obediencia a su magisterio, en plegaria constante por su persona e intenciones; en pocos momentos renovaremos las promesas de nuestra ordenación sacerdotal.
Que María Madre del Sacerdote Eterno nos acompañe y proteja de las insidias del demonio, que acechan constantemente nuestras vidas y nuestro ministerio. Con esa promesa de la Sagrada Escritura: “¡No prevalecerá!”, Madre Mía, sé nuestra fortaleza, nuestro consuelo, nuestra ternura, bendícenos, llévanos al encuentro con tu Hijo Jesús para que realmente seamos “Cristo” que pasa, “Cristo” que mira, “Cristo” que perdona. Cuánto más débiles como San Pablo, cuánto más débil nos sentimos, más fuertes nos sentimos. Dios nos conforta.
Hermanos, son momentos especialmente trascendentes del año litúrgico, renovemos esa fidelidad a nuestro ministerio sacerdotal y una oración por este Pastor y por mis Obispos Auxiliares, por todos los obispos. La carga no es ligera pero la oración y la unidad de ustedes es estímulo para entregar nuestra vida día a día.
Que unidos hoy en esta fiesta del sacerdocio le demos muchas gracias a Dios por nuestra vocación.