Juan Luis Cardinal Cipriani Thorne Juan Luis Cardinal Cipriani Thorne
Function:
Archbishop of Lima, Peru
Title:
Cardinal Priest of San Camillo de Lellis
Birthdate:
Dec 28, 1943
Country:
Peru
Elevated:
Feb 21, 2001
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Spanish La búsqueda de la belleza y la creación artística: Un clamor de soledad y unión deseada
Aug 21, 2005
Ponencia preparada por su Eminencia Juan Luis Cipriani Thorne para el Congreso del Pontificio Consejo para la Cultura llevado a cabo en Brasil en Junio del 2005.

La belleza no es fruto principalmente de una especulación metafísica sino una cualidad de lo real, que brota espontáneamente en el seno de una determinada experiencia. No se reduce, por ello, a una impresión subjetiva. A través de los sentidos, mediante una penetración intuitiva, el sujeto que contempla ve las estructuras formales del objeto contemplado. Se trata de una intuición, que ve en lo sensible el trasfondo que va más allá y que en él mismo toma cuerpo, es fuente de un sentimiento de trascendencia, plenitud y agrado o  fruición. La belleza no se reduce a la sensación producida por las percepciones sensibles –colores, sonidos, perfumes, líneas- sino de un gozo de plenitud.

Encontramos belleza en el esplendor de las formas, del orden y de la claridad, aunque venga envuelta en la sobrecogedora presentación del misterio. Las cosas bellas son las realidades que vistas agradan y cuya misma aprehensión deleita (Suma Theologica, 1, q 5 a 4 ad 1; 1-2 q 27 al ad 3). La belleza de lo creado compromete la naturaleza de todo ser; compromete a la verdad, a la bondad y al bien;  y compromete al hombre en su sensibilidad, su imaginación, su inteligencia, su voluntad, su afectividad, su intuición, su expresividad y el entorno de su propia vida.

En una plegaria cargada de reconocimiento de la hermosura de Dios, san Agustín expresa en las Confesiones magistralmente: “¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado!”

En su esencia, afirma Pavel Endokimov,  el hombre es creado con la sed de lo bello (P. Endokimov,La Teología della belleza; Paoline, Roma 1971, p.23). Rechazar la belleza, es también, por tanto, rechazar la verdad y el amor, empobreciendo las posibilidades de una alta calidad de vida para el hombre, llamado a sentirse y ser hijo de Dios, una exigencia apremiante de la nueva evangelización de nuestro tiempo.

Los hombres necesitamos de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres. En la difusión de la verdad revelada, que ha hecho tanto bien a la humanidad y que lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos, la belleza del Evangelio ha hecho más transparente su  Buena Nueva de la Redención al conocimiento humano (Gaudium et spes, n. 62).

Con los pies en la tierra, hay que tener presente que el don de la belleza corresponde en grado y sentido especiales,  a la virtud de la templanza, como conservadora y defensora del orden interno en el hombre. Como dice   Josef  Pieper, la templanza es bella de por sí y embellece a quien la practica. La belleza, como resplandor del bien y la verdad, irradiado espontáneamente por todo ser que cultiva el orden, presenta al mundo la templanza en un aspecto espiritual, que pone en su justo lugar la austeridad y la virilidad, aportando con su conducta serenidad y equilibro a la sociedad humana.

No es la belleza de la templanza un aspecto accidental de la conducta humana, porque este planteamiento básico de la antropología cristiana se refiere no sólo a la conformación del cuerpo bajo el influjo del alma, sino también a la dependencia del cuerpo respecto del alma. Bajo esta luz de la belleza de la templanza se comprende más fácilmente la necesidad de toda disciplina externa, la legitimidad de todo orden social, en lo que se refiere por ejemplo al buen uso libre y responsable de los sentidos, en la conducta individual y colectiva de la persona.

Por tanto, la reducción de la dimensión humana a lo meramente útil, o a lo que produce solamente éxito material o mero placer sensorial, tan frecuente en nuestro tiempo, reclama el rescate de la vía de la belleza para rehacer y promover, sin duda con esfuerzo y templanza, lo que verdaderamente hace feliz al hombre y a la mujer durante su vida en este mundo. Entonces podemos decir con Clemente de Alejandría, que “la vida entera del cristianismo es un largo día de fiesta”.

Apelando a un concepto común en la filosofía clásica, hay que recordar que la belleza es uno de las trascendentales del ser, capaz de facilitar el conocimiento de la verdad, la búsqueda del bien y la consecución de la unidad, que pasa por la garantía de la paz, tan deseada en los tiempos actuales. Si el conocimiento exige estudio, el bien es laborioso y la unidad requiere acción, la belleza reclama sobre todo contemplación.

Hay una contemplación natural de la creación que nos conduce a Dios; una contemplación orante del creyente en la presencia de Dios; una contemplación de las realidades sobrenaturales en medio del mundo, a través de los acontecimientos ordinarios de cada día, porque el alma cristiana sabe encontrar en los detalles aparentemente intrascendentes de cada jornada, la belleza que refleja el paso de Dios, Señor de la historia, por su vida. Una contemplación que hace de cada uno, de alguna manera, un artista, porque es propio del artista contemplar la belleza de la naturaleza y de la obra humana, a imitación de Dios, el Artista Hacedor de todo cuanto existe.

Visto desde este ángulo, la contemplación se adelanta en la persona al conocimiento, al trabajo y a la acción, y prepara a cada uno a realizar con acierto esa tarea de conquistar una parcela del saber, de realizar una tarea, de impulsar una acción solidaria de aproximación social a favor de la paz. Endokimov interpreta el sentido religioso del Oriente cristiano, cuando afirma que el conocimiento teológico de la contemplación precede y nutre la vía especulativa: “No es el conocimiento el que ilumina el misterio, es el misterio el que ilumina el conocimiento. Nosotros podemos conocer sólo gracias a las cosas que no conoceremos nunca”. Una paradoja que es muchas veces el lenguaje utilizado para expresar la belleza, sea en la poesía, pintura, y en el arte en general.

Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el libro del Apocalipsis que está envuelto en la belleza del misterio. El misterio es una luz y no una oscuridad para la belleza que brilla en el mensaje salvífico de la Escritura, el gran tesoro de la revelación divina que nunca nos cansaremos de estudiar, admirándonos de las joyas que se esconden en cada versículo. Mediante la presencia del misterio de Dios, que conocemos con la mirada de la fe, que deslumbra nuestros sentidos e ilumina nuestra inteligencia y nuestra afectividad, ganándonos con la hermosura de su majestuosidad, tratamos de calmar el clamor de una comprensible soledad del alma humana, que busca incansablemente la unión deseada con Dios.

La búsqueda de la belleza es, por tanto, en ese sentido, la búsqueda de Dios. San Juan de la Cruz afirma que “cuando más conoce el alma a Dios, tanto más le crece el deseo de verlo y la pena de no verlo” (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 6, 2). El encuentro con el amor de Dios tiene todo el sabor de una fiesta que promete proyectarse a la eternidad, en una escena que supera toda imaginación humana, por su proximidad con la plenitud de la belleza. De los deseos profundos del ser humano por conocer la verdad que sacie su inteligencia y el amor que colme su corazón surgen los componentes de las civilizaciones, como la nuestra, conformada por el mestizaje de lo indígena y lo venido de fuera del nuevo continente, a partir de la cual ha sido posible realizar con frutos la primera evangelización y será posible, en el alma criolla madurada por medio milenio de práctica cristiana, realizar la nueva evangelización americana.

La expansión primera del cristianismo es una historia cargada de gestas heroicas por fidelidad a la verdad revelada, al bien del don de la fe y a la unidad con Pedro en la Iglesia. Cuando miramos la historia de esos años iniciales del cristianismo, ¿no nos admiramos constantemente de la belleza de esas vidas de los primeros cristianos, no nos quedamos deslumbrados por la valentía de sus testimonios ante el pueblo pagano, teñidos por la sangre del martirio, y el rigor de su liturgia primitiva, ya desde las catacumbas romanas?, ¿y no nos quedamos sobrecogidos de la música gregoriana, las pinturas religiosas de los distintos siglos y escuelas, la construcción de catedrales por todo el mundo cristiano, los escritos de los padres de la Iglesia y, sobre todo, del ejemplo de los santos y santas de todos los pueblos cristianos?

Y, con la apertura del Nuevo Mundo a Cristo, hemos visto la belleza de una conversión al cristianismo de prácticamente toda la población americana autóctona. Destacan sobre las sombras de la historia las luces de la aparición de nuestra Madre Santa María en Guadalupe, como después iría a ocurrir en Europa con las apariciones de Lourdes y Fátima.  María,  con toda su hermosura y toda su pureza, vino a consolarnos con su solicitud maternal. Colmó de gozo y de paz nuestros espíritus. Nos movió expresamente a construir templos dedicados a su Hijo Jesús y a Ella misma, nuestra Madre. Nada hay más amable que la belleza del rostro de nuestra Madre, que nos llena el alma de auténtica felicidad. Las vidas de los santos han sido también motivos que han despertado el lenguaje del arte de nuestro Continente. Basta mencionar a Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres o Santo Toribio de Mogrovejo, entre otros.

En ese contexto, los artistas han expresado no solamente su  fe sino también su sentido catequético, a través de la belleza de las cosas divinas, que se refleja asimismo en las múltiples expresiones arquitectónicas, literarias, culturales, musicales, instrumentos valiosísimos de la primera y la nueva evangelización de la Iglesia, también de los pueblos americanos.

Los artistas cristianos han tenido presente a través de los siglos que “no es el culto para el arte, sino el arte para el culto” (San Josemaria Escrivá de Balaguer, Forja, n.836). Esta consideración nos lleva a no descuidar nunca el esplendor del culto, el ritual de la liturgia, la armonía de la música sagrada, la cortesía de la piedad, porque son expresiones de belleza que nos conducen de la mano hacia un trato cada vez más íntimo con Cristo y son instrumentos de la nueva evangelización. Porque la liturgia bien vivida expresa admirablemente toda la hermosura de la fe.

Concretamente, la devoción a la Humanidad de Cristo manifestada muchas veces, desde la ingenuidad de su vida de infancia, hasta su muerte en la Cruz, ha abierto un panorama inmenso de contemplación y expresión artística religiosa además de la práctica piadosa en sus formas de piedad popular. Cristo es en persona la verdad y la belleza, el advenimiento de la eternidad en el tiempo, de lo infinito en lo finito. La vida de San José, especialmente en América, desarrolla también toda una belleza teológica, expresada principalmente en la pintura, de la vida del esposo castísimo de María.

Así como la pérdida de la contemplación espiritual de las cosas de Dios obstruye la capacidad del diálogo interpersonal en la sociedad en que vivimos, la belleza del conocimiento teológico indica el camino de retorno a esa centralidad de la vida del creyente en Cristo Señor Nuestro. Se trata de que todos busquemos el conocimiento de las realidades divinas, en la medida que eso sea posible para cada uno.

Dice el obispo de Hipona: “He aquí que Tú estabas dentro de mí, y yo estaba fuera; y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me entregaba a estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo” (Confessiones, X,27,38). San Agustín admite que la belleza de las criaturas lo ha alejado de Dios y confiesa que Dios lo ha alcanzado con su belleza por la vía de los sentidos, a través de la cual percibimos lo bello en toda manifestación divina.

Para concluir en una aproximación que nos permita buscar puntos de anclaje que expresen los desafíos que hoy afronta al proceso de evangelización de la cultura en torno a la belleza me permito proponer algunas ideas:

1. Es necesario cultivar en el espíritu actual el arte de la contemplación, sin el cual la belleza pierde la fuerza que viene de la riqueza interior del ser humano.

2. En el campo del pensamiento es urgente profundizar en el estudio de la metafísica que nos permita trascender lo meramente físico en la expresión del arte.

3. Debemos analizar y, si es necesario, corregir determinadas formas falsamente artísticas que no son más que un rechazo al orden natural del ser humano y, más aún, una negación implícita al aporte del dato de la fe que hace del arte y la belleza un medio evangelizador. Estas expresiones negativas empobrecen y obstruyen el proceso evangelizador.

4. Por ser la liturgia el lenguaje de la fe, debemos poner un especial esfuerzo en rescatar el esplendor de la belleza, cuidando expresiones como el canto, las formas externas, la pintura y la elegancia. No dejemos que un complejo, a veces muy extendido, confunda estos valores de la belleza: la pobreza no está reñida con la belleza ni con la limpieza ni con la elegancia. Todavía quedan estos rezagos de la Teología de la liberación.

5. Finalmente, citando al cardenal Ratzinger es bueno recordar que la belleza falaz, falsa, que ciega y no hace salir al hombre de sí mismo para abrirlo al éxtasis de elevarse a las alturas, sino que lo aprisiona totalmente y lo encierra en sí mismo, es una belleza que no despierta la creatividad del artista. En cambio, provoca el ansia, la voluntad de poder, la posesión, el mero placer, la mentira (Ratzinger, Joseph; Mensaje a los participantes del “Meeting” de Rímini; 9 de febrero de 2003).

6. La vía de la belleza es hoy día un camino apasionante que puede abrir las puertas de la nueva evangelización en nuestro Continente al encuentro con la verdad, el bien y las expresiones  más dignas del ser humano.
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