Angel Cardinal Suquía Goicoechea † Angel Cardinal Suquía Goicoechea †
Function:
Archbishop Emeritus of Madrid, Spain
Title:
Cardinal Priest of Gran Madre di Dio
Birthdate:
Oct 02, 1916
Country:
Spain
Elevated:
May 25, 1985
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Spanish «Donde estoy yo, allí estará mi servidor»
Jul 24, 2006
Homilía del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en las exequias del Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Ángel Suquía Goicoechea, Arzobispo Emérito de Madrid. Catedral de La Almudena; 15.VII.2006; 12’00 horas.

(Ap 20,11-21,1; Jn 12,23-28)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Con profundo dolor y llenos de esperanza nos congregamos junto al altar de Jesucristo para celebrar su Misterio Pascual en favor de quien durante once años rigió esta Iglesia de Madrid con la solicitud del buen pastor, nuestro muy querido Don Ángel, el cardenal Suquía. El Señor, Pastor de pastores, le ha llamado junto a sí para que esté con Él y contemple su gloria (Cf. Jn 17,24). A quien llamó durante su vida en la tierra para que estuviera con Él, predicara el evangelio y sanara a los hombres (Cf. Mc 3, 14-15), le ha dirigido la última llamada para que eternamente viva con Él y participe de su gloria. Aquí reposarán sus restos, en esta catedral que él concluyó con tantos desvelos, y aquí permanecerá viva su memoria en la espera de la resurrección final. Nos duele ciertamente la separación: en primer lugar, a sus familiares que tan generosamente le han acompañado y servido, especialmente en estos últimos años de su vida; a mí, que durante siete años fui su obispo auxiliar en la sede compostelana, a mis obispos auxiliares, al clero y a los seminaristas, a los religiosos y laicos de esta archidiócesis que fuisteis testigos de su entrega y celo apostólicos, de su trato lleno de exquisita cortesía, y, sobre todo, de su intensa espiritualidad, nacida del trato directo con Cristo, a quien amó y sirvió como único Señor de su vida. Vivimos, sin embargo, este dolor con profunda y serena esperanza, porque sabemos que la muerte, aunque lo arrebata físicamente de nuestro lado, es, como dijo Pablo VI, un progreso en la comunión de los santos. A ellos le encomendamos, y lo confiamos de modo especial a la Reina de los santos y de los ángeles, Nuestra Señora de La Almudena, para que lo presente a su Hijo y reciba de Él el premio a sus buenas obras.

I.         «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…»

Muchas son éstas, y no es la liturgia exequial momento de enumerarlas. Su servicio a la Iglesia, en las diversas diócesis que ha regido, en la presidencia de la Conferencia Episcopal Española y a la Santa Sede, ha estado presidido por la vivencia de la plena comunión eclesial y por su incondicional adhesión al Vicario de Cristo. «Pro vobis et pro multis» fue su lema episcopal. Son las palabras de Cristo, pronunciadas en la institución de la Eucaristía, palabras que marcaron el ministerio de Don Ángel, llevándole siempre a la fuente que alimentó su espiritualidad y su entrega, es decir, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Este sacramento, que Cristo nos dejó como Sacrificio de la nueva y eterna alianza, es el que hoy le ofrecemos, unidos en la comunión de la Iglesia diocesana, para que el Señor cumpla en él lo que dijo de sí mismo en el momento de su muerte: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

Estas palabras nos abren la inteligencia para comprender el sentido profundo de la muerte de Cristo, llena de fecundidad para el mundo. Cristo es el grano de trigo que ha sabido caer en la tierra de la humillación y del olvido de sí guardándose para la vida eterna. Su caminar por la peregrinación terrena ha sido lo más opuesto a lo que el mundo entiende por alcanzar gloria, poder y fama, tentaciones que aparecen constantemente en la vida pública del Señor. El camino escogido por Cristo para «realizarse» es el que asume como paradigma de la encarnación: se anonadó, tomó la forma de siervo y se humilló obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por esa de «la expropiación» inefable de sí mismo, Jesús ha conquistado la gloria, para sí y para los suyos. Su muerte es, como dice el evangelista Juan, la hora de su glorificación. Porque en ella aparece con la luz de la revelación divina que sólo muriendo a sí mismo, a sus intereses personales, a la búsqueda de lo propio –¡de la orgullosa autorrealización!–, se alcanza la gloria. Es la gloria del Verbo encarnado, la gloria de Jesucristo que cae en tierra y muere para dar fruto.

II.        La muerte gloriosa de Cristo

Se explica así que la llamada dirigida a sus servidores, y en primer lugar a los Doce, esté orientada desde el primer momento al servicio de la cruz, es decir, a configurarse con Cristo crucificado de modo que reflejen en su vida y ministerio el misterio de la pasión del Señor. Dicho de otra manera: el ministerio apostólico está revestido con la gloria de la cruz. Y la muerte del apóstol, que ha seguido a Cristo por el camino de la cruz, es también una muerte gloriosa porque deja al descubierto que, desde las motivaciones más íntimas y primeras, esas que determinan el comportamiento de las personas y dan sentido a sus actos, hasta las más pequeñas realizaciones de la vida, el apóstol no se ha buscado a sí mismo, sino que ha querido servir a quien le llamó para ser su ministro. ¡Qué consolador resulta entonces escuchar las palabras de Cristo que hablan de premio! «El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará». Don Ángel siempre quiso servir a Cristo, tal como enseña el Evangelio y los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, a los que dedicó tantas horas de su vida. Quiso entrar en la escuela del seguimiento de Cristo para caminar tras Él hasta llegar a la gloria. Y la gloria, como dice el Señor, pasa necesariamente por la muerte. Por eso, la muerte de Cristo, y la del cristiano en Él, es una muerte gloriosa. Esta gloria no le arrebata a la muerte su dramatismo singular. Jesús, como hemos escuchado, ante la perspectiva de su muerte, siente su alma agitada y pide al Padre verse libre de esa hora. La muerte nos rodea como enemigo último del hombre (cf. 1Cor 15,26) para quitarnos la paz y la certeza del amor de Dios. Pero todo es ya apariencia, porque la muerte ha perdido su poder desde el momento en que Cristo pasó por ella para llegar a la vida gloriosa. También nuestro hermano Don Ángel, como humilde servidor de Cristo, ha pasado por la muerte para estar con Cristo y recibir del Padre el premio eterno.

Eso es lo que pedimos para él: que donde está Cristo, esté también él, de modo que contemple su gloria para siempre. En el marco de la oración sacerdotal, Jesús se dirige al Padre con estas palabras: «Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria» (Jn 17,24). Los que hemos recibido la unción sagrada pertenecemos a Cristo de un modo muy singular; somos los que el Padre le ha dado a Cristo para que pueda hacerse presente entre los hombres. Le servimos con nuestras manos y con todo nuestro ser. Somos los suyos. Por eso, se explica el deseo amoroso de Cristo de que los suyos estén siempre con él y contemplen su gloria. El camino de la identificación con Cristo por medio de la cruz desemboca en la contemplación de su gloria, de la que hace partícipes a sus ministros.

III.      «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva»

La liturgia nos permite contemplar en la fe algo de esa gloria que esperamos. El libro del Apocalipsis, del que hemos escogido la primera lectura, nos permite «ver» con Juan el vidente, el trono blanco y grande donde está sentado el Señor de vivos y muertos ante el que todos hemos de comparecer. Ante esta presencia soberana de Dios, el cielo y la tierra desparecen pues pertenecen al orden antiguo. Dios juzga a los hombres por sus obras que constan en el libro de la vida. Es decir, ante Dios no sirven las palabras sino los hechos de justicia y caridad, el cumplimiento de sus mandatos y de su voluntad. Quienes viven así tienen sus nombres escritos en el libro de la vida, de la elección de Dios, y contemplarán el cielo y la nueva tierra donde la muerte ya no existe. La Muerte y el Abismo serán arrojados de ese mundo nuevo para no existir más. Juan ve el cielo y tierra nuevos donde sólo Dios constituye el punto de mira de todos los que pasan por la muerte, ¡sólo Dios llena la escena de la vida eterna! Y con Dios, los justos, los llamados por Él, aquellos que no rindieron culto al pecado y a Satanás, los que no se postraron ante los poderes de este mundo, los bienaventurados que pasaron por el mundo imitando al Hijo de Dios e hijo de María y de José, los que le siguieron por el camino de la cruz hasta llegar a identificarse plenamente con Él crucificado, los que al morir cayeron en la tierra del olvido de sí y fueron, como Jesús, el Señor, el grano de trigo fecundo.

La Eucaristía participa ya de la belleza de esta liturgia celeste, en la que esperamos –éste es el objeto de nuestra súplica– que Don Ángel haya sido admitido por la misericordia de Cristo. Porque aquí, en el altar, el Señor de la Gloria, se nos presenta humillado, como grano de trigo, convertido en pan, dando vida al mundo. Es aquí donde el Sumo Sacerdote de la nueva alianza se reviste todos los días de su gloria alcanzada en la cruz y donde los suyos le reconocen como Resucitado. Es aquí donde toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, confiesa que el Siervo es el Señor, el crucificado es el resucitado, el humillado es el exaltado. Aquí, en este altar, Don Ángel le sirvió como pastor fiel y solícito de su pueblo, y sin duda enjugó muchos de sus sufrimientos por la Iglesia, y repitió día a día las palabras de Cristo «pro vobis et pro multis» aprendiendo a morir a sí mismo para que, cuando le llegara la muerte, pudiera decir con san Pablo, «deseo estar con Cristo» (Flp 1,23), y pasara de la mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos. Por eso, junto al pan y el vino de Cristo, blanco trigo inmolado por nosotros, colocamos el grano de trigo que es la vida, el ministerio y la muerte de Don Ángel para que alcance la fecundidad querida por Dios y reciba del Padre el premio prometido al servidor bueno y fiel.

En Señor se anonadó, tomando carne en el seno de su Madre y nuestra Madre, la Virgen María, la humilde Doncella de Nazareth. Ella le crió, le cuidó siempre y le acompañó con un maravillosamente discreto amor maternal: ¡hasta al pie de la Cruz! A ella, Virgen de La Almudena, encomendamos fervientemente a quien fue un devoto suyo, excepcional.

Amén.
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