XII Jornada de Pastoral Social
Oct 07, 2009
Ponencia del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, en las XII Jornadas de Pastoral Social de Buenos Aires en el Santuario de San Cayetano.
(19 de septiembre de 2009)
Una vez escuché al cardenal Quarracino decir que, en una reunión que había tenido con pensadores, uno de ellos (no recuerdo qué pensador argentino era) había dicho que “la Argentina era el país de las oportunidades perdidas”. Y me quedó eso. Los sociólogos, los politicólogos nos dirán si es así o no, pero la frase me vino para introducir otra con forma de interrogante. Pues me preocupa no saber responderme: la Argentina ¿es un país de desencuentros? Si hubiera un Premio Nobel al desencuentro, ¿lo ganamos? Esa pregunta no la sé responder y me lleva a la convicción de que urge construir e instalar la cultura del encuentro; urge recuperar la alteridad y liberarnos de los autismos que clausuran la memoria histórica, que clausuran el compromiso comunitario del presente y que clausuran la capacidad de utopías hacia el futuro. Esos autismos aprisionan y nos llevan a los desencuentros. ¿Somos el país de los desencuentros? Me gusta distinguir entre País, Nación y Patria: simplificando, el país es la configuración geográfica; la nación es toda la institución legal ya sea constitucional, jurídica; es decir, todo lo que da fuerza constitucional y legal, y la patria es el vivir la herencia de los padres. Patria viene de padres. Yo diría que no se nos pide ser tanto “paisistas” ni “nacionalistas” sino “patriotas”. El país, como tantos países de otros continentes, si sufre una amputación o pierde una guerra, es capaz de rehacerse. Una nación que pasa por crisis institucionales es capaz de reconstruirse, pero si se pierde la patria es muy difícil recuperarse. El compromiso de patriotas que nos exige recuperar la alteridad en esta cultura del encuentro apunta a no perder la herencia recibida de la patria.
Me voy a permitir leer una poesía de una autor norteño, nuestro. Se llama “Se nos murió la Patria”. Creo que la escribió hace unos 30 años.
Se nos murió la Patria, hace ya tiempo,
en la pequeña aldea,
Era una patria casi adolescente.
Era una niña apenas.
La velamos muy pocos: un grupito
De chicos de la escuela.
Para la mayoría de la gente
Era un día cualquiera.
Pusimos sobre el blanco guardapolvo
Las renegridas trenzas,
La Virgen de Luján y una redonda
Y azul escarapela
Unos hombres muy sabios opinaban:
“Fue mejor que muriera”
“Era solo una patria” nos decía
la gente de la aldea.
Pero estábamos tristes. Esa patria
Era la patria nuestra,
Es muy triste ser huérfano de patria.
Luego nos dimos cuenta.
Es muy triste ser huérfano de Patria. Y el proceso de esta orfandad no es coyuntural, no es de ahora. Es un proceso que lleva décadas y va minando esa capacidad de encontrarnos; nos va encapsulando en esta orfandad. De a poco vamos perdiendo la referencia de los padres que nos es dada para hacerla crecer y llevarla adelante en utopías nuevas.
Recuperar el encuentro. Y el instrumento quizás mas apto para esto es el diálogo. Despertar la capacidad de diálogo. Cuando uno recupera la alteridad en el encuentro, empieza a dialogar, y dialogar supone no solo oír sino escuchar. Recuperar esa capacidad de escucha. El otro, aunque ideológicamente, políticamente o socialmente esté en la vereda de enfrente, siempre tiene algo bueno que dar y yo algo bueno que darle. En ese encuentro que saco cosas buenas se construye una síntesis creativa y fecunda. El diálogo es fundamentalmente fecundidad. Los monólogos se pierden. Uno de los grandes pensadores que tiene la Argentina, a mi juicio de los mejores y lo voy a nombrar: Santiago Kovadloff, hablaba hace muy poco del peligro, del riesgo, de homogeneizar la palabra, pero detrás de eso está el peor riesgo, la peor enfermedad que es homogeneizar el pensamiento.
El autismo del intelecto. El autismo del sentimiento que me lleva a concebir las cosas dentro de una burbuja, por eso es fundamental recuperar la alteridad y el diálogo. En ese momento sin diálogo, vamos a terminar diciendo:”Es muy triste ser huérfano de Patria. Luego nos dimos cuenta” O quizá, tarde nos dimos cuenta. El diálogo es, en este momento, el instrumento privilegiado para romper todo aquello que nos abroquela; para romper las ideologías clausuradas y para abrir horizontes a través de la pequeña trascendencia que supone escuchar al otro y que el otro nos escuche. Dialogar es trascender la coyuntura hacia la historia, dialogar es poner cimientos de historia para el futuro; dialogar es tener capacidad de dejar herencia; dialogar, en última instancia, es imitar a Dios a que abrió su diálogo con nosotros enseñándonos el camino de la convivencia.
En el diálogo recuperamos la memoria de nuestros padres, el legado recibido, no para guardarlo en conserva; recibimos un legado para que crezca con nosotros, pero recuperamos esa memoria. Por el diálogo nos comprometemos con los desafíos del presente, juntos, haciendo que esa memoria se encarne en las realidades del presente y dé una respuesta a todo desafío del presente. Por el diálogo nos animamos porque ya no soy yo, somos muchos; cuando dialogamos, se da el coraje de lanzar esa herencia comprometida con el presente hacía las utopías del futuro y cumplir con nuestro deber de hacer crecer la herencia recibida a través de compromisos fecundos en utopías futuras.
¿País de desencuentros? No sé. ¿Cultura del encuentro? Urge, a través del instrumento del diálogo porque es muy triste ser huérfanos de Patria. No la perdamos. No la malversemos. No la tiremos a la marchanta. No desperdiciemos la herencia recibida ni la enterremos. Hagámosla crecer. Eso es la Patria. Si eso se pierde, vamos a estar muy tristes y tarde nos daremos cuenta. Sigan trabajando en esto! Y gracias por todo lo que han hecho y lo que van a hacer!
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires