Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J. Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J.
Function:
Archbishop of Buenos Aires, Argentina
Title:
Cardinal Priest of San Roberto Bellarmino
Birthdate:
Dec 17, 1936
Country:
Argentina
Elevated:
Feb 21, 2001
More information:
www.catholic-hierarchy.org, www.arzbaires.org.ar
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Spanish MISA DE APERTURA DE LA 96ª ASAMBLEA PLENARIA
Nov 16, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina,
en la misa de apertura de la 96ª Asamblea Plenaria
(10 de noviembre de 2008)

“Carta de Pablo, servidor de Dios y Apóstol de Dios y Apóstol de Jesucristo para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al conocimiento de la verdadera piedad, con la esperanza de la Vida eterna. Esta vida que ha sido prometida antes de todos los siglos por el Dios que no miente, y a su debido tiempo, él manifestó su Palabra, mediante la proclamación de un mensaje que me fue confiado por mandato de Dios, nuestro Salvador. A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, le deseo la gracia y la paz que proceden de Dios, el Padre, y de Cristo Jesús nuestro Salvador.

Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones. Todos ellos deben ser irreprochables, no haberse casado sino una sola vez y tener hijos creyentes, a los que no se pueda acusar de mala conducta o rebeldía. Porque el que preside la comunidad, en su calidad de administrador de Dios, tiene que ser irreprochable. No debe ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni ávido de ganancias deshonestas, sino hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí. También debe estar firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen.”(Tit. 1: 1-9)

Después dijo a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo”.

Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Lc. 17: 1-6).



1.- La primera lectura es una correspondencia entre pastores. San Pablo, que dejó a Tito en Creta “para organizarlo todo y establecer presbíteros en cada ciudad” (v.5), le recuerda cuál ha de ser el perfil del pastor, de aquel que está puesto para presidir una comunidad, no a la manera de referente o jefe sino “en calidad de administrador de Dios” (v.7). Desde le inicio de su carta quiere dejar bien claro que el pastor administra en nombre de Dios, administra las cosas de Dios. Porque no se trata de una gestión meramente humana: presidir una comunidad es una acción íntimamente ligada a Dios. Es Él quien elige y quien envía, es Él quien determina las pautas del trabajo. Cada uno de los miembros de la comunidad entra en relación con el pastor como con alguien venido de Dios y puesto en las cosas que atañen a Dios. La reverencia y el respeto que el santo pueblo fiel de Dios siente hacia el pastor lo trasciende a él mismo y se dirige al Señor, que es quien congrega a su Iglesia. De ahí que la sana y verdadera relación entre el pastor y su pueblo no pueda prescindir de este ámbito religioso que, sin afectar la normal relación humana, refiere siempre al Señor de todos, que convoca a todos y envía a todos.



2. Al pastor, San Pablo le pide que sea “irreprochable”. En esta palabra se condensa no sólo la ausencia de culpabilidad sino también la presencia de virtudes que hacen al modo original que el Señor quiso en la conducción de su Iglesia. En concreto le dice que ha de ser “hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí” (v.8). En pocas palabras le señala a Tito un modo de comportarse y de encarar la conducción pastoral que se enraiza en esa gran virtud que sólo se comprende desde la contemplación de la persona del Señor (cfr. Mt. 11:29): la mansedumbre sacerdotal. Actitud que congrega, que se hace acogedora, que atrae, pacifica, armoniza, deja crecer, sabe esperar los tiempos de Dios para cada uno. Actitud que se expresa en gestos de misericordia, en convicción de misericordia y se encarna en hombres con entrañas de misericordia. Actitud que sólo puede originarse y crecer en el corazón humilde, ése que es consciente de que fue y es salvado gratis por la sola misericordia del Señor.



3.- La mansedumbre que le pide San Pablo al sacerdote no se confunde con una permisividad indolente que se transforma en laissez-faire soberano; no es la búsqueda de la paz a cualquier precio, pues el corazón irenista que procede así está lleno de ansiedades y miedos, es cobarde; tampoco se trata de timidez natural o temperamental que se acoquina en un aura de “beatitud psicológica” no haciéndose cargo de las tormentas que debe enfrentar para defender y hacer crecer el rebaño. Al contrario, la mansedumbre sacerdotal es fuerte, no negocia la verdad, no mistifica el corazón del pastor, es valiente y entrañablemente conductora. El pastor conduce con y a través de su mansedumbre, y –precisamente desde esta virtud- también fortalece la doctrina y corrige los errores, porque la mansedumbre lo custodia “firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen” (v.9).



4.- La mansedumbre sacerdotal se forja y se manifiesta, fundamentalmente, en las contradicciones que debe soportar y sufrir el pastor y en la constancia con que las sobrelleva. Allí aparece su grandeza y fortaleza de alma pues, con su corazón en tensión por las persecuciones de fuera y las angustias por dentro, descubre que cuando es débil entonces es fuerte (cfr. 2 Cor. 12:10). Pablo explicita ampliamente esta experiencia de tensión interior y manifestación de la mansedumbre sacerdotal “para que no se desprestigie nuestro ministerio” (2 Cor. 6: 3) y dice: “Siempre nos comportamos como corresponde a ministros de Dios, con una gran constancia: en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias, al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre. Nosotros obramos con integridad, con inteligencia, con paciencia, con benignidad, con docilidad al Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios...” (2 Cor. 6: 4-7).



5.- La mansedumbre sacerdotal expresa y acentúa aún más el trabajo de mediador propio del sacerdote. Hay algo, en la figura del mediador, que llama la atención: siempre pierde. En esto se diferencia del intermediario, que siempre gana o procura ganar. El intermediario medra a costilla de las partes: es un “minorista” que gana con la transferencia de bienes, un comisionista. En cambio el mediador se entrega a sí mismo, se desgasta a sí mismo, para unir a las partes, para consolidar el cuerpo de la Iglesia.

Y, porque es mediador, se hace intercesor: reedita en sí la figura de aquellos grandes Patriarcas intercesores, juega su fe en la certeza de que el grano de mostaza será un arbusto grande, y soporta sobre sus espaldas ese cansancio (hypomoné) propio de la intercesión. El pastor manso acrisola su existencia en la intercesión. Sabe de tener las manos alzadas en alto mientras dura la batalla de su pueblo y no tiene vergüenza de llorar en la presencia del Señor por la salvación de su gente. Porque sabe de lágrimas y dolores en la soledad de la intercesión, puede agigantarse en esa mansedumbre que comprende, recibe, espera.



6.- En las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización de 1990 este Episcopado subrayaba una actitud pastoral de profunda mansedumbre: la acogida cordial. Allí convergen humildad, despojo, mediación, intercesión, valentía, hospitalidad, piedad, dominio de sí (cfr. v. 9). Se nos pedía a los pastores esta apertura de corazón despojante y servidora... y esto nos refiere a la primera actitud de acogida cordial del Nuevo Testamento: la de María respecto al Verbo de Dios. Lo recibe sin condiciones, sin precios, en medio de una tensión interior que no sabe cómo se va a resolver... pero lo recibe mansamente y, por el Espíritu Santo, es ungida madre. Allí comienza su fecundidad que llega hasta nuestros días. Nosotros hemos sido ungidos pastores, con lo que ello conlleva de paternidad. Apostamos a ser fecundos desde y con nuestra acogida cordial, nuestra mansedumbre pastoral, apacentando el rebaño de Dios que nos ha sido confiado; velando por él, no forzada sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que nos han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño (cfr. 1 Petr. 5; 2-3).



7.- En estas Asambleas del Episcopado nos encontramos para comunicarnos algún don del Espíritu que nos fortalezca y reconfortarnos unos a otros por la fe que tenemos en común (cfr. Rom. 1: 11-12). Hoy la Iglesia, al proponernos la figura de San León Magno, nos hace reflexionar sobre este pasaje de la carta de Pablo a Tito. Ellos se reconfortaban y fortalecían en la comunicación de la común fe. En esta celebración eucarística intercedamos unos por otros para que arraigue en nuestro corazón sacerdotal la humilde mansedumbre que nos unge padres, nos hace fecundos, pacientes y despojados intercesores, con las manos en alto orando por nuestro pueblo y el corazón abierto para la acogida cordial.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Buenos Aires, 10 de noviembre de 2008.
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