Fiesta de San Cayetano
Sept 14, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires en la Fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2008).
Primera Lectura
“El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.
El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre las naciones. Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor.
Y se dirá en aquel día: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. (Is. 25, 6-9)
Evangelio
Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio,; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos y la sala nupcial se llenó de convidados. (Mt. 22, 1-10)
1. Con San Cayetano buscamos construir “un lugar” para todos es el lema que nos convoca este año; nos ilumina el corazón porque orienta nuestras búsquedas: “Construir juntos, con San Cayetano, un lugar para todos”.
¿Y cómo se construye un lugar para todos? No es un trabajo fácil. Sin embargo, el Santuario mismo de San Cayetano nos da la clave: un lugar para todos es un lugar como el de este Santuario y el de tantos otros. Es un lugar de peregrinación, porque uno pasa y el que viene atrás nos moviliza, sin apuros pero sin pausa. Y cuando uno entra en este lugar santo se siente en casa; algo de nosotros se queda –en la ofrenda que dejamos- y algo de aquí uno se lo lleva dentro, espiritualmente –el corazón ensanchado, para hacer lugar al prójimo-.
El Santuario es lugar para todos porque es Casa de Dios y aquí todos nos sentimos en casa como hijos y hermanos.
2. En la primera lectura Isaías expresa este sentimiento, de que el lugar de Dios es para todos sus hijos, con una imagen hermosísima: la de la invitación al banquete que Dios hace a todos los pueblos en su monte santo. Isaías utiliza dos palabras muy nuestras para describir este sentirnos todos en Casa: “Ahí tienen”. Los que se acercan al Monte Santo de Dios se dicen entre sí: “Ahí tienen a nuestro Dios, éste es el Señor en quien esperábamos. Nos alegramos y regocijamos por su salvación”.
Cuando uno viene a San Cayetano y empieza a ver a toda la gente; cuando uno se va acercando al santo y llega ante su imagen bendita, uno siente ese “Ahí tenés”. Ahí lo tenés. Es tuyo y de todos. Uno siente que en Jesús, Dios se ha hecho nuestro, cercano. Está a nuestra disposición, deja que lo tengamos si lo queremos invocar. Y uno renueva la fe y la esperanza una vez más. ¿Vos creías que estabas lejos? ¿Vos dudabas de si había lugar para vos? Nada de eso: entrá; ahí lo tenés. Estás en tu casa. Junto con todos sos parte del pueblo fiel de Dios. Tomá gracia de San Cayetano. Volcá en él tus penas, contale tus sueños, encomendale tu familia, tu pan y tu trabajo, rogá por todos, confesale tu amor, pedile perdón, dale gracias… Ahí lo tenés. Aquí estás en Casa.
3. En el Evangelio Jesús cuenta la parábola del Rey que invitó al casamiento de su hijo. Es la parábola de la Fiesta en la que hubo lugar para todos –buenos y malos-se anima a decir Mateo. Algunos tenían lugar reservado, una invitación especial, y no quisieron ir… Pusieron excusas: tenían cosas más importantes que hacer aquel día. Y además insultaron, les pegaron y mataron a los mensajeros que llevaban la invitación. ¿Cuál fue la conclusión? ¿Se arruinó la fiesta de casamiento? ¿Se cerró la Casa? No señor, de ninguna manera! “La fiesta está preparada y se hace igual” –dijo el Rey-. Los invitados que se excluyeron solos, que no aceptaron la invitación de Dios a participar de su alegría y de su fiesta, no eran dignos. Entonces el Rey manda a sus servidores a que salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren. “Y los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales”.
Y no les pagaron para que fueran e hicieran número. Fueron porque querían. Fijémonos que en la fiesta les daban también el vestido nuevo –signo de alegría sincera- y al que no se lo quiso poner el Rey lo echó. Es decir: la fiesta era para los que de verdad querían festejar y participar de la alegría de los novios. El ejemplo de Jesús está bien elegido porque las fiestas de casamiento son especiales. Los novios están contentos igual, con o sin fiesta, porque se quieren entre ellos, y se van antes que termine la fiesta… La fiesta es un regalo para los invitados, y se les manda la participación, como se llama: queremos que participen de nuestra alegría. Así es nuestro Dios: quiere que todos sus hijos participemos todos de su alegría
4. En las fiestas humanas siempre hay algo de compromiso, de obligación, de quedar bien… Pero en las fiestas de Dios no. Se incluye a todo el que quiere si es que quiere estar de corazón. Dios es lo único gratuito. Gratuito de verdad. Por eso es el único que puede convocar a construir un lugar para todos. Aquí, en San Cayetano, se demuestra, como también, en Luján y en nuestros santuarios marianos. Estas son Casa de todos. Lugar sagrado en el que, al mismo tiempo que estamos todos juntos, cada uno está haciendo su alianza a solas con el Señor. Y San Cayetano hace de intercesor, de ayudante de Jesús que es el que recibe todas las peticiones y hace la gran intercesión ante el Padre, intercesión que es la Eucaristía.
5. Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la fe. Con las piedras vivas de la fe sencilla de cada uno de nosotros.
Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la mirada limpia, sin egoísmo, mirada de esperanza sólo puesta en Dios.
Éste es un lugar para todos. Un lugar construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria, los que se levantan cada día y trabajan; los que no roban sino que trabajan; los que no se pasan de vivos y viven de lo que produce el trabajo de otros, sino que trabajan.
Éste es un lugar para todos. Un lugar que se construye compartiendo, en el que se comparte el pan y con el pan se comparte la vida. Aquí, en este terrenito pequeño del Santuario, en este terrenito que extiende sus brazos a la calle, hacia las filas de fieles que vienen, nuestra patria es “lugar para todos”: sin exclusiones ni discusiones.
6. Aquí confesamos que necesitamos a Dios. Necesitamos a Dios porque sólo en torno a él se puede construir un lugar para todos. Si lo excluimos a él, el único gratuito, todo lo demás se convierte en objeto de compraventa. Sin Dios ni aun la patria es lugar para todos. En cambio con él todo se transforma en Casa, en lugar para todos. Queremos que nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra patria sea un lugar de todos, un lugar para todos. Por eso aquí, con San Cayetano, rezamos juntos:
“Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos. Amén.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 7 de agosto de 2008.