Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J. Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J.
Function:
Archbishop of Buenos Aires, Argentina
Title:
Cardinal Priest of San Roberto Bellarmino
Birthdate:
Dec 17, 1936
Country:
Argentina
Elevated:
Feb 21, 2001
More information:
www.catholic-hierarchy.org, www.arzbaires.org.ar
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English Homilía en la Misa de Apertura de la 94ª Asamblea Plenaria
Dec 06, 2007
Rom. 11: 29-36; Lc. 14: 1,12-14.

1. La primera lectura comienza con una afirmación contundente, un
verdadero dogma de fe, “los dones y el llamado de Dios son irrevocables” (v.29), afirmación que nos adentra en lo íntimo del ser de Dios: su firmeza que es fidelidad aun en medio de nuestros vaivenes, debilidades y pecados: “si somos infieles él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo” (2 Tim. 2: 13). Dios fiel en el amor, Dios fiel en la promesa. Esta fidelidad, en el texto que acabamos de escuchar, se expresa en términos de misericordia. En  sólo 3 versículos repite cuatro veces la palabra y la coloca en medio del conflictivo comportarse humano ante la promesa de Dios. Para demostrar su profundo ser fiel Dios actúa con misericordia, en misericordia.

2. La misericordia de Dios no puede concebirse como un atributo más de su comportamiento para con nosotros sino que constituye el ámbito mismo de su encuentro con cada uno, con todos nosotros, con su pueblo. Es el modo más genuino en que se expresa su fidelidad y la mayor manifestación de su poder, como nos lo recuerda la Iglesia: “Dios, que manifiestas tu poder sobre todo en la misericordia y el perdón”[1], un poder aun más
grande que el de la creación porque esa misericordia lo llevará a
hacerse creatura a sí mismo, al abajamiento y anonadamiento máximo, (cfr. Filip. 2: 6-11), para dar lugar al encuentro de amor con su pueblo,  con cada uno de sus hijos.

3. No resulta fácil comprender en teoría en qué consista tal fidelidad amorosa que se expresa en misericordia, este “designio misericordioso” (Ef. 1:9); más aún: es imposible “¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! ¿Quién penetró en el pensamiento del Señor?” (Rom.11:33). No podremos entenderla con la fortaleza de nuestro entendimiento. Sólo se la puede contemplar en la flaqueza de la carne,
porque esta fidelidad amorosa precisamente es venida en carne para poder aflorar en misericordia. “No presuman de ustedes mismos” Se nos dice unos versículos más arriba (v. 25). A la misericordia más que entenderla se la encuentra desde nuestra propia nada, nuestras miserias, nuestros pecados. Pablo es elocuente al respecto: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia...” (Tim. 1: 12-13). Desde su hedionda bajeza siente que es tratado con misericordia, se siente acariciado por la fidelidad de Dios
que lo busca, lo espera y hace fiesta en su encuentro.

4. Sí, en el evangelio Dios se manifiesta haciendo fiesta precisamente en el encuentro con lo que estaba perdido, apartado, con aquel que se había autoexcluído: la oveja, la dracma, el hijo (cfr. Lc. 15). Allí es él mismo, desde su corazón fiel, quien organiza el festejo en la figura del hombre que abre un vinito para festejar con sus amigos el encuentro de la oveja, en la figura de la señora que llama a las vecinas, no para sacarle el cuero a la ausente, sino para contarles que –después de revolver la casa- encontró la moneda, en la figura del padre que a su hijo “lo vio venir de lejos” precisamente porque a cada rato se subía a la terraza a esperarlo, ese padre que con un abrazo le hace callar el libreto con que el hijo venía preparado: nada de palabras, sólo la ternura y la fiesta de Dios. Cuando Pablo nos dice “fui tratado con misericordia” se refiere a todo este desborde de amor y fidelidad festivos que se dan en el encuentro del Señor con nuestro pecado. El corazón de María entiende esto y proclama la grandeza de la fidelidad de Dios que “miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1: 48). La que no supo de pecado se hace muy pequeña y con candor de niño escudriña el misterio y nos anuncia que “Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc. 1:50).

5. En la oración mencionada más arriba la Iglesia proclama que Dios manifiesta su poder más en el perdón y la misericordia que en la creación. La Biblia nos dice que en la creación Dios nos amasó con sus manos desde el barro de la tierra; en el perdón –en cambio- nos amasa desde el barro de nuestros pecados y lo hace con su corazón fiel al amor que no puede desdecirse porque precisamente tiene hipotecado su corazón en la fidelidad. Se manifiesta más poderoso en redimir que en crear. En su perdón podemos atisbar otro aspecto de su misericordia que no siempre tenemos en cuenta: su paciencia. Como al hijo de la parábola Dios nos espera con paciencia renovadamente cotidiana . Y es también San Pablo quien nos revela este misterio: “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia...” (1 Tim. 15: 15-16). La paciencia de Dios esperando el encuentro, atrayéndonos “con lazos de amor” (Os. 11:4), amasando nuestro ser desde el barro de nuestros pecados, dándonos forma y nombre desde allí con la fuerza de su misericordia: creándonos de nuevo y, si es permitido forzar el idioma, misericordiándonos (miserando).

6. Así, misericordiando, miró el Señor a Mateo, a Zaqueo, al leproso, al ciego, al paralítico de la piscina (38 años lo esperó con paciencia),  a la Samaritana, a Pedro después de la triple negación. Así es la misericordia de Dios que se hace paciencia, se hace carne en Cristo y en él se manifiesta finalmente en mansedumbre, pues el idioma eminentemente pastoral de la misericordia y la paciencia de Dios es la mansedumbre.

7. Durante estos días tendremos ratos de diálogo y ratos de oración; buscaremos la Voluntad de Dios para nuestro actuar como pastores. Pienso que nos hará bien a nosotros, obispos pecadores, adentrarnos en este misterio de la fidelidad divina; nos hará bien confesar al Padre nuestra propia debilidad, pecado, miserias y –desde allí- atisbar el derroche creador de su misericordia (cfr. Ef. 1: 7-8), los siglos de paciencia condensados sobre cada uno de nosotros. Nos hará bien dejarnos amasar, re-formar, por su misericordia; dejarnos “misericordiar” por su ternura fiel. Nos hará bien cargar nuestros ojos de contemplación ante la mansedumbre silenciosa de su Hijo en medio de la burla, la
desinformación, el ultraje y la calumnia (cfr. Mt. 26:63; Mc. 15:16; Lc. 23:9; Ju. 19:8). La imagen del “Señor de la Paciencia” conlleva en sí toda la misericordia divina y se hace mansedumbre pastoral para con nosotros y –en nosotros- para con nuestros fieles. Que en la contemplación de este “Señor de la Paciencia” comprendamos qué significa “Misericordia quiero y no sacrificio” (Os. 6: 6) y nos animemos a que todo nuestro pastoreo episcopal encarne un “cantar eternamente las misericordias del Señor” (Sal. 89:1).

Pilar, 5 de noviembre de 2007.

Jorge Mario Bergoglio s.j.

[1] Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo máxime et miserando
manifestas (colecta del domingo 26 per annum).
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