Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J. Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J.
Function:
Archbishop of Buenos Aires, Argentina
Title:
Cardinal Priest of San Roberto Bellarmino
Birthdate:
Dec 17, 1936
Country:
Argentina
Elevated:
Feb 21, 2001
More information:
www.catholic-hierarchy.org, www.arzbaires.org.ar
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Spanish A los catequistas
Sept 16, 2006
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los Catequistas (agosto de 2006)

Vigila tus pasos cuando vayas a la casa de Dios. Acércate dispuesto a escuchar (Ecl. 4,17)

La festividad de San Pío X  y la celebración del día del Catequista son una ocasión propicia para hacerte llegar mi sentimiento de gratitud por tu entrega silenciosa y comprometida en el ministerio de la Catequesis.

Ministerio que tiene a tantos niños, jóvenes y adultos como destinatarios, y es una de las formas en que la Iglesia hace hoy realidad el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación...” (Mc 16,15)

Ministerio de la Palabra que tendrá mucho de anuncio, de enseñanza, de educación en la fe, de discipulado, de iniciación cristiana.

Ministerio de la Iglesia Servidora que desea hacer presente y cercano al Único Maestro, que tiene “palabras de Vida eterna” (Jn 6, 66).

Ministerio que nos necesita orantes (Lc 22,46), gustosos de estar con  Él (Mc 3,14). Para que, desde la experiencia siempre renovadora y liberadora del encuentro con el Mesías,  puedan ser más testigos que maestros.  Porque el anuncio se simplifica y adquiere fuerza de Buena Noticia cuando en el centro de la catequesis y de toda la vida de la Iglesia hay una persona y un acontecimiento: Cristo, su Pascua, su Amor....

Sólo así, podrá tener autoridad el ministerio, brindando en estos tiempos de tanta disgregación el servicio invalorable de hacer presente y cercano al Maestro Bueno que enseña con autoridad.  Claro que no con una autoridad como muchas veces la concibe el mundo, más cercana a la elocuencia, al poder o a los títulos ilustrados; sino con aquella autoridad que producía el asombro y la admiración de los hombres sencillos, contemporáneos de Jesús. Autoridad y sabiduría que nada tienen  de esa ilustración que engorda y ensimisma, sino del sentido que etimológicamente nos refiere el vocablo autoridad  “el que nutre y hace crecer (Autoritas, de augere).  Estás llamado, como catequista a acompañar, a conducir  a las aguas tranquilas para que el encuentro se haga fuente, fiesta, abrigo.

Para eso se te exigirá  que sepas escuchar y enseñes a escuchar tal como lo hizo Jesús. Y no simplemente como una actitud que facilita el encuentro entre las personas sino, fundamentalmente, como un elemento esencial del mensaje revelado. En efecto, toda la Biblia se ve atravesada por una invitación recurrente: ¡Escucha!

Por ello será parte de tu ministerio catequista no sólo saber escuchar y ayudar a aprender a escuchar, sino principalmente mostrar a Dios que sabe y quiere escuchar.

Fue justamente esta idea, la que todos hicimos oración hace pocos días en ocasión de la festividad de San Cayetano. “La lectura del Éxodo nos dice algo muy simple y a la vez muy hermoso, muy consolador: Que Dios nos escucha. Que Dios, nuestro Padre, escucha el clamor de su pueblo. Este clamor silencioso de la fila interminable que pasa delante de San Cayetano. Nuestro Padre del Cielo escucha el rumor de nuestros pasos, la oración que vamos musitando en nuestro corazón, a medida que nos acercamos.

Nuestro Padre escucha los sentimientos que nos conmueven, al recordar a nuestros seres queridos, al ver la fe de los otros y sus necesidades, al acordarnos de cosas lindas y cosas tristes que nos han pasado este año… Dios nos escucha.

Él no es como los ídolos, que tienen oídos pero no escuchan. No es como los poderosos, que escuchan lo que les conviene. Él escucha todo. También las quejas y los enojos de sus hijos. Y no sólo escucha sino que ama escuchar.  Ama estar atento, oír bien, oír todo lo que nos pasa...”

No ha de extrañar que en este camino que transitamos como Iglesia Diocesana en  estos últimos años, en el contexto de la Asamblea, haya aparecido en más de una ocasión el tema de la escucha.

Porque aprender a escuchar  nos permitirá dar el primer paso para que, en nuestras comunidades, se  haga realidad la tan anhelada acogida cordial. Quien escucha sana y recrea los vínculos  personales, tantas veces lastimados, con el simple bálsamo de reconocer al otro como importante y con algo para decirme. La escucha primerea al diálogo y hace posible el milagro de la empatía que vence distancia y resquemores.

Esta actitud nos librará de algunos peligros que pueden hipotecar nuestro estilo pastoral. El de  atrincherarnos como Iglesia,  edificando muros que nos impiden  ver el horizonte.  El peligro de ser Iglesia autorreferencial que acecha todas las encrucijadas de la historia y es capaz de histeriquear con la enfermedad de la internas hasta las mejores iniciativas pastorales. El peligro de empobrecer la catequesis concibiéndola como una mera enseñanza, o un  simple  adoctrinamiento con conceptos fríos y distantes en el tiempo.

La actitud de la escucha  nos ayudará a no  traicionar la frescura y fuerza del anuncio kerygmático trastocándolo en una fraguada y aguachenta moralina, que más que la novedad del “Camino” se transforma en fango que ciega y empantana.

Necesitamos ejercitarnos en el escuchar... Para que nuestra acción evangelizadora se enraíce en ese ámbito de la interioridad donde se gesta el verdadero catequista que, más allá de sus actividades, sabe hacer de su ministerio, diakonía del acompañamiento.

Escuchar es más que oír... Esto último está en la línea de la información.  Lo primero, en la línea de la comunicación, en la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no es posible un verdadero encuentro. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la siempre más tranquila condición de espectador.

¿Querés como catequista animar verdaderos encuentros de catequesis? ¡Pedí al Señor la gracia de la escucha! Dios te ha llamado a ser catequista, no simple técnico de comunicación. Dios te ha elegido para que hagas presente el calor de la Iglesia Madre, matriz indispensable para que Jesús sea amado y conocido hoy.

Escuchar es también capacidad de compartir preguntas y búsquedas, de hacer camino juntos, de alejarnos de todo complejo de omnipotencia, para unirnos en el trabajo común que se hace peregrinación, pertenencia, pueblo.

No siempre es fácil escuchar. A veces es más cómodo hacerse el sordo, ponerse los walkman para no escuchar a nadie. Con facilidad suplantamos la escucha por el mail, el mensajito y el chateo, y así  privamos a la escucha de la realidad de rostros, miradas y abrazos. Podemos también preseleccionar la escucha y escuchar a algunos, lógicamente a los que nos conviene. Nunca faltan en nuestros ambientes eclesiales aduladores que pondrán en nuestro oído justamente lo que nosotros queremos escuchar.

Escuchar es atender, querer entender, valorar, respetar, salvar la proposición ajena… Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir.  Hay –en el escuchar–   algo martirial, algo de morir a uno mismo que recrea el gesto sagrado del Éxodo: Quítate la sandalias, anda con cuidado, no atropelles. Calla, es tierra sagrada,   ¡hay alguien que tiene algo para decir!. ¡Saber escuchar es una gracia muy grande! Es don que hay que pedir y ejercitarse en él.

Siempre me ha llamado la atención que cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal, Él responde con la plegaria judía más famosa: la “Shemá. La palabra (shemá), que en hebreo quiere decir “escucha”, le ha dado nombre propio a uno de los textos más importantes de la Sagrada Escritura.

“Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.
Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa
y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte.
Átalas a tu mano como un signo,
y que estén como una marca sobre tu frente.”

Deuteronomio 6,4-8

Para el pueblo de Israel esta oración es tan importante que los judíos piadosos la guardan en pequeños rollos que atan sobre su frente o en el brazo cercano al corazón, y constituye la enseñanza inicial y principal que se transmite de padres a hijos, de generación en generación. Detrás de todo ello está la certeza comunicada de generación en generación: la conciencia de que el único modo de aprender y transmitir la Alianza de Dios es éste, escuchando.

Jesús suma a este primer mandamiento otro que lo sigue en importancia:

“...El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No hay otro mandamiento más grande que estos».”

(Mc. 12, 31)

Escuchar para amar, escuchar para entrar en diálogo y responder; “escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios”, dirá en otras oportunidades para hablar sobre el llamado y la respuesta al amor de Dios. Escuchar y conmoverse será su actitud permanente ante el que sufre. No hay posibilidad de amor a Dios y al prójimo sin esta primera actitud: escucharlos.

En esta misma línea, San Benito inicia su regla monástica, que tanta influencia ha tenido en la vida de la Iglesia: “Escucha, hijo, los preceptos del Maestro,   e inclina el oído de tu corazón.” (Regla Benedictina, Prólogo) (1)

San Benito nos sintetiza, en este primer consejo, toda la sabiduría monástica. El verbo original que él utiliza en idioma latín es: “obsculta”  que además de “escucha”, significa: “ausculta”, “examina”, “explora”, “observa”, “reconoce”. Esto es escuchar inclinando el oído de nuestro corazón, con una atención que todo lo examina, todo lo observa, y sabe abrirse a todo lo que el Maestro quiere decirle para poder entrar en comunión con Él.

Teniendo en cuenta estas cosas, en este tiempo que nos reconocemos como Iglesia en Asamblea, te invito a que asumas, como parte del ministerio que la Iglesia te ha confiado, la pedagogía del diálogo.  Así harás presente, con tus gestos y palabras oportunas, el rostro de la Madre Iglesia, caracterizada por una auténtica actitud dialogal.

Dialogar es estar  atento a la Palabra de Dios, y dejarme  preguntar por Él; dialogar es anunciar su Buena Noticia y también saber “auscultar” los interrogantes, las dudas, los sufrimientos y las esperanzas de nuestros hermanos, a quienes nos toca acompañar y también a quienes reconocemos como nuestros acompañantes y guías en el camino

Será éste un servicio eclesial muy valioso y un modo concreto de salir al encuentro de los hombres y mujeres de Buenos Aires, que más allá de su condición religiosa, como todo ser humano anhelan y buscan espacios de diálogo verdaderos.

¡Escuchar para hacer posible el diálogo verdadero hoy! A todos los niveles... en todos los ámbitos. Diálogo, encuentro, respeto... constantes de Dios, Trinitario y cercano, que te ha hecho participe de su pedagogía de salvación. No te olvides: como catequista, más que hablar deberás escuchar; estás llamado a dialogar.

María es experta en todo esto. Como nadie hizo de su vida escucha de Dios y mirada pronta a las necesidades de los demás. Que ella nos enseñe a tener los oídos del corazón atentos para poder ser hoy, en esta Buenos Aires convulsionada y pagana,  discípulos de Jesús y hermanos de todos.

“El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo,
para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento.
Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.”
(Isaías 50,4-5)

No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la  Virgen Santa te cuide.

Nota:

[1] Aquí San Benito, amante de la Palabra de Dios, hace alusión al Salmo 45,11.

Buenos Aires, Agosto de 2006
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
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