Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J. Jorge Mario Cardinal Bergoglio, S.J.
Function:
Archbishop of Buenos Aires, Argentina
Title:
Cardinal Priest of San Roberto Bellarmino
Birthdate:
Dec 17, 1936
Country:
Argentina
Elevated:
Feb 21, 2001
More information:
www.catholic-hierarchy.org, www.arzbaires.org.ar
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Spanish MISA DE APERTURA DE LA 96ª ASAMBLEA PLENARIA
Nov 16, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina,
en la misa de apertura de la 96ª Asamblea Plenaria
(10 de noviembre de 2008)

“Carta de Pablo, servidor de Dios y Apóstol de Dios y Apóstol de Jesucristo para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al conocimiento de la verdadera piedad, con la esperanza de la Vida eterna. Esta vida que ha sido prometida antes de todos los siglos por el Dios que no miente, y a su debido tiempo, él manifestó su Palabra, mediante la proclamación de un mensaje que me fue confiado por mandato de Dios, nuestro Salvador. A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, le deseo la gracia y la paz que proceden de Dios, el Padre, y de Cristo Jesús nuestro Salvador.

Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones. Todos ellos deben ser irreprochables, no haberse casado sino una sola vez y tener hijos creyentes, a los que no se pueda acusar de mala conducta o rebeldía. Porque el que preside la comunidad, en su calidad de administrador de Dios, tiene que ser irreprochable. No debe ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni ávido de ganancias deshonestas, sino hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí. También debe estar firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen.”(Tit. 1: 1-9)

Después dijo a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo”.

Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Lc. 17: 1-6).



1.- La primera lectura es una correspondencia entre pastores. San Pablo, que dejó a Tito en Creta “para organizarlo todo y establecer presbíteros en cada ciudad” (v.5), le recuerda cuál ha de ser el perfil del pastor, de aquel que está puesto para presidir una comunidad, no a la manera de referente o jefe sino “en calidad de administrador de Dios” (v.7). Desde le inicio de su carta quiere dejar bien claro que el pastor administra en nombre de Dios, administra las cosas de Dios. Porque no se trata de una gestión meramente humana: presidir una comunidad es una acción íntimamente ligada a Dios. Es Él quien elige y quien envía, es Él quien determina las pautas del trabajo. Cada uno de los miembros de la comunidad entra en relación con el pastor como con alguien venido de Dios y puesto en las cosas que atañen a Dios. La reverencia y el respeto que el santo pueblo fiel de Dios siente hacia el pastor lo trasciende a él mismo y se dirige al Señor, que es quien congrega a su Iglesia. De ahí que la sana y verdadera relación entre el pastor y su pueblo no pueda prescindir de este ámbito religioso que, sin afectar la normal relación humana, refiere siempre al Señor de todos, que convoca a todos y envía a todos.



2. Al pastor, San Pablo le pide que sea “irreprochable”. En esta palabra se condensa no sólo la ausencia de culpabilidad sino también la presencia de virtudes que hacen al modo original que el Señor quiso en la conducción de su Iglesia. En concreto le dice que ha de ser “hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí” (v.8). En pocas palabras le señala a Tito un modo de comportarse y de encarar la conducción pastoral que se enraiza en esa gran virtud que sólo se comprende desde la contemplación de la persona del Señor (cfr. Mt. 11:29): la mansedumbre sacerdotal. Actitud que congrega, que se hace acogedora, que atrae, pacifica, armoniza, deja crecer, sabe esperar los tiempos de Dios para cada uno. Actitud que se expresa en gestos de misericordia, en convicción de misericordia y se encarna en hombres con entrañas de misericordia. Actitud que sólo puede originarse y crecer en el corazón humilde, ése que es consciente de que fue y es salvado gratis por la sola misericordia del Señor.



3.- La mansedumbre que le pide San Pablo al sacerdote no se confunde con una permisividad indolente que se transforma en laissez-faire soberano; no es la búsqueda de la paz a cualquier precio, pues el corazón irenista que procede así está lleno de ansiedades y miedos, es cobarde; tampoco se trata de timidez natural o temperamental que se acoquina en un aura de “beatitud psicológica” no haciéndose cargo de las tormentas que debe enfrentar para defender y hacer crecer el rebaño. Al contrario, la mansedumbre sacerdotal es fuerte, no negocia la verdad, no mistifica el corazón del pastor, es valiente y entrañablemente conductora. El pastor conduce con y a través de su mansedumbre, y –precisamente desde esta virtud- también fortalece la doctrina y corrige los errores, porque la mansedumbre lo custodia “firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen” (v.9).



4.- La mansedumbre sacerdotal se forja y se manifiesta, fundamentalmente, en las contradicciones que debe soportar y sufrir el pastor y en la constancia con que las sobrelleva. Allí aparece su grandeza y fortaleza de alma pues, con su corazón en tensión por las persecuciones de fuera y las angustias por dentro, descubre que cuando es débil entonces es fuerte (cfr. 2 Cor. 12:10). Pablo explicita ampliamente esta experiencia de tensión interior y manifestación de la mansedumbre sacerdotal “para que no se desprestigie nuestro ministerio” (2 Cor. 6: 3) y dice: “Siempre nos comportamos como corresponde a ministros de Dios, con una gran constancia: en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias, al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre. Nosotros obramos con integridad, con inteligencia, con paciencia, con benignidad, con docilidad al Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios...” (2 Cor. 6: 4-7).



5.- La mansedumbre sacerdotal expresa y acentúa aún más el trabajo de mediador propio del sacerdote. Hay algo, en la figura del mediador, que llama la atención: siempre pierde. En esto se diferencia del intermediario, que siempre gana o procura ganar. El intermediario medra a costilla de las partes: es un “minorista” que gana con la transferencia de bienes, un comisionista. En cambio el mediador se entrega a sí mismo, se desgasta a sí mismo, para unir a las partes, para consolidar el cuerpo de la Iglesia.

Y, porque es mediador, se hace intercesor: reedita en sí la figura de aquellos grandes Patriarcas intercesores, juega su fe en la certeza de que el grano de mostaza será un arbusto grande, y soporta sobre sus espaldas ese cansancio (hypomoné) propio de la intercesión. El pastor manso acrisola su existencia en la intercesión. Sabe de tener las manos alzadas en alto mientras dura la batalla de su pueblo y no tiene vergüenza de llorar en la presencia del Señor por la salvación de su gente. Porque sabe de lágrimas y dolores en la soledad de la intercesión, puede agigantarse en esa mansedumbre que comprende, recibe, espera.



6.- En las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización de 1990 este Episcopado subrayaba una actitud pastoral de profunda mansedumbre: la acogida cordial. Allí convergen humildad, despojo, mediación, intercesión, valentía, hospitalidad, piedad, dominio de sí (cfr. v. 9). Se nos pedía a los pastores esta apertura de corazón despojante y servidora... y esto nos refiere a la primera actitud de acogida cordial del Nuevo Testamento: la de María respecto al Verbo de Dios. Lo recibe sin condiciones, sin precios, en medio de una tensión interior que no sabe cómo se va a resolver... pero lo recibe mansamente y, por el Espíritu Santo, es ungida madre. Allí comienza su fecundidad que llega hasta nuestros días. Nosotros hemos sido ungidos pastores, con lo que ello conlleva de paternidad. Apostamos a ser fecundos desde y con nuestra acogida cordial, nuestra mansedumbre pastoral, apacentando el rebaño de Dios que nos ha sido confiado; velando por él, no forzada sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que nos han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño (cfr. 1 Petr. 5; 2-3).



7.- En estas Asambleas del Episcopado nos encontramos para comunicarnos algún don del Espíritu que nos fortalezca y reconfortarnos unos a otros por la fe que tenemos en común (cfr. Rom. 1: 11-12). Hoy la Iglesia, al proponernos la figura de San León Magno, nos hace reflexionar sobre este pasaje de la carta de Pablo a Tito. Ellos se reconfortaban y fortalecían en la comunicación de la común fe. En esta celebración eucarística intercedamos unos por otros para que arraigue en nuestro corazón sacerdotal la humilde mansedumbre que nos unge padres, nos hace fecundos, pacientes y despojados intercesores, con las manos en alto orando por nuestro pueblo y el corazón abierto para la acogida cordial.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
Buenos Aires, 10 de noviembre de 2008.
Spanish Bergoglio llamó a los obispos a actuar con "mansedumbre"
Nov 12, 2008

El arzobispo de Buenos Aires presidíó en Pilar la misa de apertura de la Asamblea Plenaria con un mensaje de escaso contenido político. El cardenal sería reelegido al frente de la Conferencia Episcopal Argentina
A pocas horas de ser reelecto al frente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), el cardenal Jorge Bergoglio exhortó a los obispos a actuar con "mansedumbre sacerdotal" y recordó que esta actitud "atrae, pacifica y armoniza".

Al presidir la misa de apertura de la 96 Asamblea Plenaria de Obispos, el cardenal primado de la Argentina dio un mensaje con escaso contenido político, en línea con sus últimas apariciones públicas.

En ese marco, sostuvo que "la mansedumbre que le pide San Pablo al sacerdote no se confunde con una permisividad indolente que se transforma en laissez-faire soberano y no es la búsqueda de la paz a cualquier precio". Por el contrario, el purpurado precisó que "la mansedumbre sacerdotal es fuerte, no negocia la verdad, no mistifica el corazón del pastor, es valiente y entrañablemente conductora".

"La mansedumbre sacerdotal se forja y se manifiesta en las contradicciones que debe soportar y sufrir el pastor y en la constancia con que las sobrelleva", e indicó que esa virtud se "expresa y se acentúa aún más el trabajo de mediador propio del sacerdote".

Los casi cien obispos reunidos en Asamblea Plenaria en la casa de ejercicios El Cenáculo-La Montonera, de Pilar, renovarán todas las autoridades de la CEA, las que tendrán mandato hasta 2011.

En ese contexto el arzobispo de Luján-Mercedes, Agustín Radrizzani, pasaría de la vicepresidencia segunda a la primera.

En la Comisión Ejecutiva pueden ser reelectos todos sus miembros, pero se presupone que cambiará el secretario general dado que el monseñor Sergio Fenoy asumió cuando era obispo auxiliar de Rosario y hoy tiene mayores responsabilidades pastorales como obispo de San Miguel, según precisó la agencia AICA.

El cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires; monseñor Luis Villalba, el arzobispo de Mercedes-Luján, actuales presidente y vicepresidentes, están habilitados estatutariamente para continuar en el cargo un nuevo trienio.

No obstante, el vicepresidente primero podría no presentarse para ser reelecto porque el año próximo cumple 75 años, límite de edad para ejercer ese cargo, pero aún no sabe si su jubilación será aceptada en el corto plazo. En el resto de las comisiones episcopales no se prevén cambios sustanciales, dado que la mayoría pueden renovar mandato, pero puede haber movimientos entre quienes las integren como miembros. Tras el intercambio pastoral sobre la realidad del país y de la Iglesia, se comenzará con la elección de la Comisión Ejecutiva, las respectivas comisiones, consejos y delegaciones episcopales.
Spanish Cardenal Bergoglio celebra Misa por el día del "canillita" en Buenos Aires
Nov 04, 2008

BUENOS AIRES, 02 Nov. 08 / 11:07 pm (ACI).- El Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires, presidirá la Misa por el Día del Canillita el martes 4 de noviembre próximo. La Eucaristía se llevará a cabo en la Parroquia San Carlos Borromeo a las 7:30 de la tarde y coincidirá con las fiestas patronales de la misma.

El Día del Canillita, comenzó a celebrarse el 7 de noviembre de 1947, en conmemoración a la fecha de la muerte de Florencio Sánchez, dramaturgo y periodista uruguayo quien dio origen a esta denominación en su obra "Canillita" en la que designa así a un chico de piernitas flacas que vendía diarios.

La Misa por el "Día del Canillita" se instauró por la señora Sara Emma Vallejos, nacida en 1926 y más conocida como "Sarita", quien se convirtió en "canillita" del barrio de Nuñez (Buenos Aires) a sus 82 años de edad y que "es el orgullo y ejemplo de todos los canillitas de la ciudad", según informó el Arzobispado de Buenos Aires.
Spanish Foro de Padres y Encuentro de las familias con el cardenal Bergoglio
Nov 01, 2008

El Colegio Calasanz (avenida Directorio 29, Buenos Aires) será sede de la VI Jornada del Foro de Padres y del Encuentro Anual del cardenal Jorge Bergoglio arzobispo de Buenos Aires con las Familias, que se llevará a cabo el sábado 8 de noviembre a las 16.

El purpurado entregará un mensaje a los representantes de cada comunidad educativa y a continuación expondrán especialistas en la formación de padres.

“Hoy, nuestros hijos, ante las más cambiantes realidades a las que se enfrentan, están necesitando más que nunca que nos preparemos para poder guiarlos y ayudarlos a crecer y formarse en forma íntegra. Para poder dar respuesta a estos requerimientos es importante que no dejemos de aprovechar estos espacios que se crean para ayudarnos a afrontar esta difícil, pero ‘tan hermosa tarea de ser padres’”, expresa la convocatoria.

Educación de la sexualidad, comunicación, violencia, Internet, autoridad, salud, adicciones, inseguridad, el sentido de la vida y la culpa y los límites son los temas sobre los que se reflexionará en el encuentro que organizan en conjunto la Comisión Arquidiocesana de Padres y la Vicaría Episcopal de Educación.
Spanish Peregrinación Juvenil a pie a Luján
Oct 13, 2008
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la XXXIV Peregrinación Juvenil a Pie a Luján
(5 de octubre de 2008)

Este pasaje del Evangelio que siempre leemos, que siempre escuchamos, nos resulta, a la vez, cada vez nuevo. Una escena tan sencilla y tan llena de amor. Jesús le dice algo a la Virgen y ella lo miraba; ella podría haber estado encerrada en sí misma, en su dolor y sin embargo escuchaba y escuchó que le dijo: “Ahí tenés a tu Hijo”…Hoy, de nuevo ella, escucha que Jesús, señalándole esta plaza le dice: “Ahí tenés a tus hijos” y ella, al escuchar, nos mira como madre. Ella aprendió a escuchar a Jesús. Lo había llevado en su vientre, lo había seguido durante toda su vida. Fue la primera discípula de Jesús, la que lo siguió mas de cerca, la que lo imitó mejor y eso porque lo supo escuchar. Nunca cerró su corazón a la palabra de Jesús. María, la mujer que supo escuchar… y escuchando, cada día, fue aprendiendo a escuchar más y escuchando a Jesus aprendió también cómo escuchar a sus hijos.

Y entre nosotros podemos decir: “Que difícil que es aprender a escuchar”, no es cierto? Es difícil. Cuántos de nosotros a veces vivimos momentos que necesitamos que alguien  nos escuche y no lo encontramos. A todos nos ha pasado, no es cierto? Andar carenciados de “oreja”, que alguien nos ponga “la oreja”, o cuántos otros se acercan a nosotros pidiendo que le pongamos “la oreja” y por ahí estamos ocupados, en mil cosas y no nos damos cuenta. Escuchar y ser escuchados… como la Virgen. Por eso el lema de este año, de esta peregrinación es: “Madre, enseñanos a escuchar”.

Que ella nos enseñe como se escucha. Como se escucha a Dios, como se escucha al prójimo. Que ella nos meta en esta ciencia tan difícil de saber escuchar; por eso nos hace bien venir aquí y creer realmente que ella nos escucha. Sentirlo y después… cuántas veces después de mirarla pasamos y, en un confesionario, le pedimos prestado al cura el oído de Jesús para que Jesús nos escuche y descargar nuestra conciencia, y qué bien nos sentimos cuando somos escuchados por alguien que nos recibe con cariño.

Cuántos problemas se nos ahorrarían en la vida si aprendemos a escuchar, si aprendemos a escucharnos. Porque escuchar a otro es detenerme un poquito en su vida, en su corazón y no pasar de lado como si no me interesase. Y la vida nos va acostumbrando a pasar de largo, a no interesarnos en la vida del otro, en lo que el otro me quiere decir o a contestarle antes de que termine de hablar. Si en los ambientes en que vivimos aprendiéramos a escuchar… como cambiarían las cosas, como cambiarían las cosas en la familia si marido, mujer, padres, hijos, hermanos aprendieran a escucharse… pero enseguida tendemos a contestar antes de saber qué me quiere decir el otro. ¿Tenemos miedo a escuchar? Cuántas cosas cambiarían en el trabajo si nos escucháramos. Cuántas cosas cambiarían en el barrio. Cuántas cosas cambiarían en nuestra Patria si aprendiéramos como pueblo a escucharnos.

Que es lo que nos impide escuchar? Es querer imponer lo que yo siento, lo que yo creo, lo que yo quiero. Es querer como… dominar a otro o prescindir del otro o, simplemente, estar tan centrado en uno mismo que no me interesa el otro, y entonces vamos como borrando al otro de mi panorama y el mundo termina en nuestra piel. No dejamos entrar a otro.

Madre, enseñanos a escuchar. Somos un pueblo que necesita aprender a escuchar y somos un pueblo que necesita ser escuchado. Madre, enseñanos a escuchar. Y ella nos enseña a escuchar. Si hoy se lo pedimos nos va a enseñar. Ella, calladita al pie de la cruz,  escuchó lo mas importante de su vida: “Ahí tenés a tu hijo”…. “Acá tenés a tus hijos”! Y de ahí en más empezó a cuidar del Pueblo de Dios. A escuchar al Pueblo de Dios. Ella guardaba todas las cosas en su corazón, las cosas que escuchaba y así nos fue juntando como pueblo, como cristianos, como hermanos. Era una maestra la Virgen, una maestra en este arte de aprender a escuchar! Que nos enseña a escuchar!. Que nos enseña a escuchar desde el corazón. Por eso Madre, hoy aquí todos juntos, te pedimos que nos ayudes a querer escuchar, primero, y después a escuchar.

Madre, te pedimos que podamos vencer dentro de nosotros lo que no ayuda a que sintamos lo que sienten los demás. Madre, te pedimos que nos enseñes a callarnos para poder recibir a los que necesitan contarnos sus vidas, muchas veces llenas de dolor. Madre, te pedimos que como tu Hijo seamos pacientes, seamos compasivos, al escuchar las vidas que pasan entre nosotros. Madre, éste tu pueblo, al que vos quisiste, al que vos viniste a cuidar, en medio del cual te quisiste quedar, hoy te pide que le enseñes a escuchar. Madre, enseñá al pueblo argentino a escuchar. Que nos escuchemos unos a otros. Y se lo vamos a decir tres veces, todos juntos, “Madre, enseñanos a escuchar”:


…“Madre, enseñanos a escuchar”  

…“Madre, enseñanos a escuchar”  

…“Madre, enseñanos a escuchar”  



Que así sea.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Spanish Clausura de la XX exposición del libro católico
Oct 05, 2008
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en la clausura de la XX Exposición del Libro Católico (14 de septiembre de 2008).

Qué linda esta última frase del Evangelio que acabamos de escuchar en este pasaje: “Dios envió a su Hijo, no para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve”... para salvarlo.

Jesús nos vino a salvar, nos salvó, él pagó por nosotros y si hoy podemos levantar los ojos al padre y podemos sentir esa libertad interior grande que solamente da la presencia del Espíritu Santo es porque él murió por nosotros, él nos salvó.

Más adelante, el pasaje decía refiriéndose a la escena de Moisés, que escuchamos en la primera lectura: Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado en alto para que todo el que los creen en Él tengan la vida eterna, Jesús levantado en al cruz para salvarnos, nos salvó en la Cruz

La cruz solo tiene sentido para aquellos que creemos en la vida eterna.

El que no cree en la vida eterna y cree que sólo es que termina acá y crea de acá, pero vive como si fuera así, la cruz no tiene sentido, no la entiende, nomás es un adorno sólo para colgarse porque está de moda pero no es otra cosa, no es el triunfo de la salvación de Dios entre nosotros.

No se nos escapa que estamos viviendo una época pagana, para no hablar de las cosas que no conocemos, esta ciudad cada día está más pagana, los hombres nos hemos fabricado ídolos, con esos ídolos: el consumismo, el hedonismo, el bienestar, la ambición de poder, el odio, el robo, los ídolos que tenemos nosotros para parecer importante, esos ídolos nos satisfacen, creemos que con eso nos basta, ese es nuestro paraíso no aquél, en aquél no se nos ocurre esperar, la cruz para este paraíso no tiene sentido, la cruz es la puerta, es el gozne del alma, puerta hacia la eternidad.

Jesús en la cruz nos abre la eternidad, pero nos vino a buscar y por eso la cruz es el signo de amor más grande. Hoy en la ciudad de Salta se canta el himno al Señor de los Milagros y hay una frase que dice con tu amor buscando el amor de un pueblo.

La cruz es la búsqueda del amor de Dios que sale de sí para llamarnos a nosotros a que lo amemos: amor con amor.

Y al mirar la cruz y tener esa proyección hacia vida eterna, y mirar la cruz y decir no estos ídolos no son definitivos, estos ídolos van a terminar conmigo, estos ídolos no tienen sentido trascendente a la otra vida, preguntémonos si me dejo buscar por el amor de Dios.

Con tu amor buscando el amor de un pueblo. Y al preguntarme si me dejo buscar quebrantemos el corazón nuestro, que se abra, que salga ese amor para encontrarse con ese amor que nos busca. Esa es la lección de hoy, que nos dejemos buscar por el amor de Dios, que nos dejemos encontrar por ese amor, en todo caso el signo de esa búsqueda y ese encuentro es la Cruz.

Quiero pedirle a ella que estuvo al pie de la cruz que no la dejó por madre, que nos haga comprender que la cruz es un lugar de encuentro, de amor con amor, es lugar de salvación es lugar de referencia a la vida eterna, nos salva de todos los ídolos, que nos conceda ella esta gracia.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Spanish El mensaje de Aparecida a los Presbíteros
Sept 14, 2008
Mensaje del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, en el V Encuentro Nacional de Sacerdotes (Villa Cura Brochero, 11 de septiembre de 2008)

Nota preliminar

El siguiente escrito no es un artículo sino una guía de exposición de diversos aspectos sobre el tema “La concepción del presbítero que presenta Aparecida”. Además de las cosas explícitas que el Documento dice sobre el presbítero se recurre, para explicarlo mejor, a categorías válidas para todos los discípulos misioneros.  



1. Dentro de una comunidad de discípulos y misioneros (203, 316, 324) Aparecida busca lo específico (200-285) de la espiritualidad sacerdotal en orden a la vida en J.C. para nuestros pueblos (vida desafiada en su identidad, en su cultura, en sus estructuras, en sus procesos de formación y vínculos cfr. 192-195; 197). No deja de llamar la atención esta referencia a los desafíos, que desarrolla ampliamente; significa que lo específico del presbítero “está en tensión”. En otras palabras, Aparecida renuncia a una descripción estática de la especificidad presbiteral. Esta existencia tensionada excluye desde el vamos cualquier concepción del presbiterado como “carrera eclesiástica” con sus pautas de progreso, escalafón, retribuciones etc.



2. Sobre este trasfondo define la IDENTIDAD del PRESBÍTERO respecto a la comunidad con dos rasgos. En primer lugar como don (193,326) en contraposición a delegado o representante (193). En segundo lugar destaca la fidelidad en la invitación del Maestro contraponiéndola a la gestión (372). La iniciativa viene siempre de Dios: la unción del Espíritu Santo, la especial unión con Cristo cabeza, invitación a la imitación del Maestro. El hecho de subrayar la iniciativa divina coloca al presbítero en la dimensión de elegido-enviado, es decir dentro de un horizonte, permítaseme la palabra, “pasivo”, en el cual el protagonista principal es el Señor. En este sentido también se condiciona tanto la autonomía personal como su actividad pues, al ser un elegido-enviado, su identidad en la actividad será la de un “pastor conducido” o, dicho de un modo más plástico, la de un “conductor conducido”.



3. Conviene no olvidar que IDENTIDAD dice a PERTENENCIA; se es en la medida en que se pertenece. El presbítero pertenece al pueblo de Dios, del que fue sacado y al que es enviado y del que forma parte. Aparecida subraya esta pertenencia eclesial para todos los discípulos misioneros en el n. 156, que es clave en este sentido: se habla de CON-VOCACIÓN a la comunión en la Iglesia, y se afirma que “la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica”. Y señala la situación existencial de quien no entra en esta pertenencia comunional: el aislamiento del yo. La conciencia aislada de la marcha del pueblo de Dios es uno de los mayores daños a la persona del presbítero porque afecta a su identidad en cuanto está disminuida parcial o selectivamente su pertenencia a ese pueblo. Se podrían buscar, en el texto de Aparecida, ejemplos de situaciones de conciencia aislada que, en los hechos, niegan la afirmación comunional del n. 156, pero aquí la clave es: “una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de loa apóstoles y con el Papa”. Nótese que dice “comunidad concreta”, es decir Iglesia particular o comunidades más acotadas dentro de la Iglesia particular (p.ej. la parroquia) y no una comunidad “espiritualizada” sin raigambre concreto. Lo que en definitiva le confiere identidad al presbítero es su pertenencia al pueblo de Dios concreto, y lo que le quita o confunde su identidad es precisamente el aislamiento de su conciencia respecto de ese pueblo y su pertenencia a cualquier convocatoria de tipo gnóstico o abstracto, es decir la tentación de ser cristiano sin Iglesia. “El ministerio sacerdotal que brota del Orden Sagrado tiene una “radical forma comunitaria” (195)



4. Al hablar del celibato también el Documento de Aparecida se refiere a esta dimensión comunitaria en la base misma: “el celibato pide asumir con madurez la propia afectividad y sexualidad, viviéndolas con serenidad y alegría en un camino comunitario” (196, y cfr. también 195).



5. El realizador de esta comunión y, por tanto, de esta pertenencia comunional del presbítero al pueblo de Dios es el Espíritu Santo. Dado que él “impregna y motiva todas las áreas de la existencia, entonces también penetra y configura la vocación específica de cada uno. Así se forma y desarrolla la espiritualidad propia de presbíteros, de religiosos y religiosas, de padres de familia, de empresarios, de catequistas, etc. Cada una de las vocaciones tiene un modo concreto y distintivo de vivir la espiritualidad, que da profundidad y entusiasmo al ejercicio concreto de sus tareas (285). Es decir, el Espíritu Santo es el autor de las diferencias en la Iglesia, y la vida presbiteral es una de las realidades de esta variedad... pero no se trata de una variedad estática porque es el mismo Espíritu quien impulsa y armoniza todo: él  no nos cierra “en una intimidad cómoda sino que nos convierte en personas generosas y creativas, felices en el anuncio y el servicio misionero” (285) Y va más allá todavía la acción del Espíritu: “nos vuelve comprometidos con los reclamos de la realidad y capaces de encontrarle un profundo significado a todo lo que nos toca hacer por la Iglesia y por el mundo” (285). Resumiendo: la comunión eclesial de la que participa el presbítero está realizada por el Espíritu Santo quien, por su parte, crea las diferencias y, por otra las “vocaciona”, i.e. las pone en movimiento al servicio del anuncio misionero, las sensibiliza y compromete a los reclamos de la realidad. El Espíritu diferencia y armoniza, en esta armonía se da la vocación presbiteral, la identidad presbiteral (armonía de diferencias, pero armonía comunional). Nada que ver con la conciencia aislada de la autopertenencia solitaria o de grupos selectivos (la “intimidad cómoda” la llama el Documento) (285). El Espíritu Santo, además nos introduce en el Misterio (cfr. Ju. 16:13) y será también quien impulse a la misión (cfr. Hech. 2: 1-36). En este sentido protege la integridad de la Iglesia y la salva de dos caricaturas. Sin el Espíritu Santo corremos el riesgo de desorientarnos  en la comprensión de la fe y termina en una propuesta gnóstica; y también corremos el riesgo de no ser “enviados” sino de “salir por las nuestras” y terminar desorientados en mil y una formas de autorreferencialidad. Al introducirnos en el Misterio, Él nos salva de una Iglesia gnóstica; al enviarnos en misión nos salva de una Iglesia autorreferencial.  


La imagen del Buen Pastor

6. En la identidad del presbítero el Documento de Aparecida subraya la imagen del Buen Pastor. Refiriéndose al párroco y a los sacerdotes que están al servicio de las parroquias les pide “actitudes nuevas” (201). “ La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque solo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (201). Aquí aparece nuevamente la antinomia don-gestión: al concebir el ministerio como un don se supera el planteo del funcionalismo, exitista o no, y se concibe el trabajo apostólico, en este caso la parroquia, desde la óptica discípulo- misionero.



7. De esta proposición tomo solamente dos aspectos: la imagen del Buen Pastor ad intra implica discípulos enamorados y ad extra apunta a ardorosos misioneros (201), servidores de la vida (199).

- Discípulos enamorados: se destaca la fidelidad (dentro de una vida espiritual centrada en la escucha de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía: mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada” (S. Alberto Hurtado) (191).

Para configurarse con el Maestro (199) es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor (138). “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas  del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo:  su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (139). (Recuerdo que la fidelidad sacerdotal está subrayada también en el Mensaje final y en el Discurso del Papa al final del rezo del Rosario, punto 3).

-Ardorosos misioneros (201) servidores de la vida (199). Ya se mencionó el n. 195 y la plenitud de vida afectiva en la caridad pastoral que expresa. Este aspecto de ardoroso misionero comprende nutrir a las ovejas por medio de la Eucaristía (176-177), la Palabra y la formación. Al respecto nótese que la formación es concebida como acompañamiento de los discípulos (cfr. 6.2.2.4). Sobre esta categoría de acompañamiento habría que volver más adelante. Además de nutrir las ovejas se habla de curarlas: la reconciliación (177), misericordia y caridad pastoral especialmente con la vida vulnerable y vulnerada; violencia e inseguridad (197).

Ardorosos misioneros  

8. Continuando con este aspecto (el ardor misionero) los adjetivos que califican la misión son fuertes: “ardorosos misioneros” (199), “entrega apasionada a su misión pastoral” (195) “sacerdote enamorado del Señor” (2001). Evidentemente que se quiere subrayar algo más que un buen trabajo de anuncio. Hay un compromiso afectivo- existencial en esta misión, que lleva a “cuidar” del rebaño a ellos confiado” (199). La acción de cuidar implica dedicación esforzada y ternura; también entraña una valoración personal y situacional del rebaño: se cuida lo que es frágil, lo que es valioso, lo que puede estar en peligro... Y el origen de este cuidar ardoroso y apasionado nace y echa raíces en la misma “conciencia de pertenencia a Cristo” (145). Cuando ésta crece “en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad y de la Iglesia a todos los continentes del mundo” (145)



9. Ligado al tema del sacerdote ardoroso misionero Aparecida invita a “la conversión pastoral” la cual “exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (370) Por razones de tiempo no voy a extenderme más en el tema de la conversión pastoral aunque en el Documento de Aparecida tenga una importancia capital. Baste aquí señalar que la conversión pastoral está íntimamente unida al ardor misionero, al celo apostólico.



10. Este ardor misionero es obra del Espíritu Santo; “se basa en la docilidad al impulso del Espíritu, a su potencia de vida que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia. No es una experiencia que se limita a los espacios privados de la devoción, sino que busca penetrarlo todo con su fuego y su vida. El discípulo y misionero, movido por el impulso y el ardor que proviene del Espíritu, aprende a expresarlo en el trabajo, en el diálogo, en el servicio, en la misión cotidiana” (284) Ya, en el umbral de la exhortación final, el Documento vuelve a señalar el protagonismo misionero del Espíritu Santo: “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (551).



11. Para concluir este punto del ardor misionero quiero referirme a la exhortación final (552). Llama la atención que, en su redacción, Aparecida allí pegue un salto treinta años atrás hacia uno de los más bellos y vigorosos Documentos del Magisterio: la Evangelii Nuntiandi, y su última frase sea “Recobremos el valor y la audacia apostólicos”. En la cita de Evangelii Nuntiandi se destacan dos cosas: 1) la descripción del fervor espiritual como dulce y confortadora alegría de evangelizar, como ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir y 2) la idiosincrasia del apóstol en sentido negativo y positivo: “no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”. La connotación negativa en la personalidad del apóstol se refiere a lo que, en el inicio del mismo número 80 de la Evangelii Nuntiandi, Pablo VI señalaba como “obstáculos” a la Evangelización que perduran en nuestro tiempo: “la falta de fervor tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y esperanza”.

Servidores y llenos de misericordia

12. La actitud de servicio es una de las características que Aparecida pide a los sacerdotes. Nace de la doble dimensión: discípulos enamorados y ardorosos misioneros, y -de manera especial– se subraya para con los más débiles y necesitados. Cuando, en el n. 199, dice que el Pueblo de Dios siente necesidad presbíteros-discípulos configurados con el corazón del Buen Pastor y de presbíteros-misioneros, señala el principal trabajo de estos presbíteros: “cuidar del rebaño a ellos confiados y buscar a los más alejados”; pide que sean “presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la esfera de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para celebrar el sacramento de la reconciliación”.



13. Que la opción por los pobres es “preferencial” significa que “debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales” (396). Iglesia “compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio” (396). Se invita a hacerse amigos de los pobres” (257), a una “cercanía que nos hace amigos” (398), ya que hoy “defendemos demasiado nuestros espacios de privacidad y disfrute, y nos dejamos contagiar fácilmente por el consumo individualista. Por eso, nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo sin verdadera incidencia en nuestros compartimientos y en nuestras decisiones” (397). Con sano realismo Aparecida reclama “dedicar tiempo a los pobres” (397). Así se dibuja el perfil de un sacerdote que “sale” hacia las periferias abandonadas reconociendo en cada persona “una dignidad infinita” (388). Esta opción por volverse cercano no  tiene el sentido de “procurar éxitos pastorales, sino de la fidelidad en la imitación del Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos, deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra” (372)



14. Junto a este acercarse a y comprometerse con los pobres en todas las periferias de la existencia, Aparecida señala la experiencia espiritual de la misericordia como necesaria en el presbítero. La misericordia del Dios de la Alianza rico en misericordia (23). “Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios...” (100 h) y necesitados de abrirnos a “la misericordia del Padre” (249). Esta conciencia de pecador es fundamental en el discípulo y más si es presbítero. Nos salva de ese peligroso deslizarse hacia una habitual (y hasta diría normal) situación de pecado, aceptada, acomodada al ambiente, que no es otra cosa sino corrupción. Presbítero pecador sí, corrupto no.



15. Al considerarse vivencialmente como pecador el presbítero se hace, “a imagen del Buen Pastor,... hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos” (198): crece en “el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia” (384). Aparecida le pide al presbítero “una espiritualidad de la gratitud, de la misericordia, de la solidaridad fraterna” (517) y que tenga, como Jesús, una particular misericordia con los pecadores (451) y entrañas de misericordia en la administración del sacramento de la reconciliación (177). La postura del sacerdote en este sacramento y en general ante la persona pecadora ha de ser precisamente ésta: la de entrañas de misericordia. Suele suceder que muchas veces nuestros fieles, en la confesión, se encuentran con sacerdotes laxistas o sacerdotes rigoristas. Ninguno de los dos logra ser testigo del amor de misericordia que nos enseñó y nos pide el Señor porque ninguno de los dos se hace cargo de la persona; ambos –elegantemente- se los sacan de encima. El rigorista lo remite a la frialdad de la ley, el laxista no lo toma en serio y procura adormecer la conciencia de pecado. Sólo el misericordioso se hace cargo de la persona, se le hace prójimo, cercano, y lo acompaña en el camino de la reconciliación. Los otros no saben de projimidad y prefieren sacarle el cuerpo a la situación, como lo hicieron el sacerdote y el levita con el apaleado por los ladrones en el camino de Jerusalén a Jericó.

Sacerdotes enamorados del Señor

16. En el párrafo 7 decía que la imagen del Buen Pastor suponía, para Aparecida, dos dimensiones: una ad intra, la de los discípulos enamorados del Señor y otra ad extra, la de ardorosos misioneros. Si bien ambas van juntas, desde el punto de vista lógico la dimensión misionera nace de la experiencia interior del amor a Jesucristo. Retomo, pues, esta dimensión de discípulos enamorados que solamente había esbozado en el n. 7. En la base de la experiencia de discípulo misionero aparece, como indispensable, el encuentro con Jesucristo: “Hoy, también el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera” (154). La categoría de encuentro (n.21,28) es probablemente la categoría antropológica más utilizada y referenciada en Aparecida (cfr. indice temático, p.261). Ser cristiano no es el fruto de una idea sino del encuentro con una persona viva. Ya en el discurso inaugural del Papa aparece fuertemente y señala una real prioridad sobre la misión: “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él...”, y se cuestiona: “Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida ‘en él’, formulada en el título de esta V Conferencia, podría también surgir otra cuestión: Esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales, políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?” (n.3). Luego de una enjundiosa explicación, concluye: “Discipulado y misión” son como dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cfr. Hch. 4:12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor,  no hay futuro” (ibid).



17. El presbítero, como discípulo, se “encuentra” con Jesucristo, da testimonio de que “no sigue a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas” (Benedicto XVI, Discurso inaugural, 4). El presbítero, en sí mismo, es un receptor del kerigma y –por ello- tiene “una profunda experiencia de Dios” (199) y en su vida “el kerigma es el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo (278 a), un proceso que lleva al presbítero a “cultivar una vida espiritual que estimula a los demás presbíteros” (191), a “ser un hombre de oración, maduro en su elección de vida por Dios, que hace uso de los medios de perseverancia, como el Sacramento de la confesión, la devoción a la Santísima Virgen, la mortificación y la entrega apasionada a su misión pastoral” (195).



Desafíos al presbítero y reclamos del pueblo de Dios

18.  Como dije en el n. 1, Aparecida se refiere a situaciones que afectan y desafían la vida y el ministerio de nuestros presbíteros (192). Entre otras, menciona la identidad teológica del ministerio presbiteral, su inserción en la cultura actual y situaciones que inciden en su existencia. Las desarrolla en los párrafos anteriores. Las podemos leer allí. Aquí quiero detenerme en los reclamos del pueblo de Dios a sus presbíteros tal como los enumera el n. 199. Son 5 rasgos: a) que tengan profunda experiencia de Dios configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración b) que sean misioneros movidos por la caridad pastoral que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados... c) en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, d) servidores de la vida, que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad, e) llenos de misericordia, disponibles para administrar el Sacramento de la reconciliación. Para conservar y hacer crecer esta identidad presbiteral se pide “una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes” (200).



19. Detrás de estos reclamos explícitos está el ansia implícita que tiene nuestro pueblo fiel: nos quiere pastores de pueblo  y no clérigos de Estado, funcionarios. Hombres que no se olviden que los sacaron de “detrás del rebaño”, que no se olviden “de su madre y de su abuela” (2Tim. 1:5), que se defiendan de la herrumbre de la “mundanidad espiritual” que constituye “el mayor peligro, la tentación más pérfida, la que siempre renace –insidiosamente- cuando todas las demás han sido vencidas y cobra nuevo vigor con estas mismas victorias...” “Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral. Peor aun que aquella lepra infame que, en ciertos momentos de la historia, desfiguró tan cruelmente a la Esposa bienamada, cuando la religión parecía instalar el escándalo en el mismo santuario y, representada por un Papa libertino, ocultaba la faz de Jesucristo bajo piedras preciosas, afeites y espías... La mundanidad  espiritual “es aquello que prácticamente se presenta como un desprendimiento de la otra mundanidad, pero cuyo ideal moral, y aun espiritual, sería en lugar de la gloria del Señor, el hombre y su perfeccionamiento. La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud antropocéntrica... Un humanismo sutil enemigo del Dios Viviente –y, en secreto, no menos enemigo del hombre- puede instalarse en nosotros por mil subterfugios” (De Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia, Desclée, Pamplona 2ª. ed., pp.367-368).



20. El pueblo fiel de Dios, al que pertenecemos, del que nos sacaron y al que nos enviaron tiene un especial olfato originado en el sensus fidei para detectar cuando un pastor de pueblo se va convirtiendo en clérigo de Estado, en funcionario. No es lo mismo que el caso del presbítero pecador: todos lo somos y seguimos en el rebaño. En cambio el presbítero mundano entra en un proceso distinto, un proceso –permítaseme la palabra- de corrupción espiritual que atenta contra su misma naturaleza de pastor, lo desnaturaliza, y le da un status diferenciado del santo pueblo de Dios. Tanto el Profeta Ezequiel como San Agustín en su “De Pastoribus” lo describe en la figura del que se aprovecha del rebaño: usufructúa su leche y su lana. Aparecida en todo su mensaje a los presbíteros, apunta a esa identidad genuina de “pastor de pueblo” y no a la adulterada de “clérigo de Estado”.

Brochero, 11 de septiembre de 2008.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Spanish Fiesta de San Ramón Nonato
Sept 14, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Fiesta de San Ramón Nonato (31 de agosto de 2008).

Jesús estaba con los apóstoles y acababa de ungir a Pedro como el jefe. Después Jesús les dice: “Anden con cuidado, para que sepan la que me espera: yo voy a ir a Jerusalén,  me van a insultar, me van a poner preso, me van a torturar, me van a crucificar, y me voy a morir, y al tercer día voy a resucitar.” Y Pedro, que se le habían subido los humos a la cabeza porque había sido elegido jefe, lo llamó aparte, dice el evangelio, y le dijo: “No señor, por aquí no va el camino” y Jesús lo saca corriendo. Le dice: “Apartate de mi Satanás, porque lo que estás diciendo no es de Dios”. Y después Jesús dice, “Mi camino, es el de la predicación de la Buena Noticia, predicación de la verdad, y hay gente a la que no le gusta eso, igual voy a ser insultado por eso. El que quiera ir detrás de mí, sepa que le puede pasar lo mismo, y si alguien quiere cuidarse tanto, como vos Pedro ahora, que no querés arriesgar el pellejo, tu vida no sirve para nada. El que cuida de su vida la pierde, en cambio el que entrega su vida anunciando la verdad del Evangelio, la gana”.

Cuando escuchaba el Evangelio, pensaba en estos quince años del Santuario. Fiesta de quince hoy ¡eh! Quince años de  Santuario luchando por la vida. En un mundo donde no se quiere oír hablar de vida, o al menos hasta ahí nomás. Hay países donde no nacen chicos, donde tienen el 1% de natalidad, de vida nueva, entonces van envejeciendo, envejeciendo.

Los chicos molestan ¿o no? ¿Cuántas veces tenés que levantarte vos de noche para darle de comer?, ¡mejor dormir!. Y sin embargo… ¡qué lindos que son los chicos! Los chicos cuando crecen un poco arman lío, y a uno lo sacan de las casillas, pero ¡qué lindo es el lío de los chicos! Los apóstoles cuando los chicos hacían lío alrededor de Jesús,  los sacaban y Jesús dijo: “No, déjenlos que vengan”. Jesús quería la vida de los chicos. La gente que tiene la mentalidad cómoda no quiere chicos, los chicos molestan: “Yo quiero vivir bien, quiero dormir bien, pasar mis vacaciones bien, pasarla bien, no tener preocupaciones”.

Hay en todo el mundo mucha gente que excluye a los chicos, no entran en su proyecto de vida, y este Santuario hace 15 años que está luchando por los chicos. Nosotros estamos en este Santuario, luchando por estas mamás, por estos papás, que quieren tener un chico y no pueden, no viene, no viene y no viene. Y cuando están viniendo, los acompaña,  para que el chico venga bien. Están luchando para cuidar.

Hoy cuando venía en el colectivo, había un matrimonio y la abuela, sería del bebé, me mostraba los escarpines: Era una insignia de victoria, Un escarpín es una manera de victoria, porque es decir: “quiero chicos”.

Bueno, hay un grupo de gente en todo el mundo  que no quiere chicos, pero hay otro grupo peor aún: los usa, los esclaviza. Hay chicos esclavos en el mundo, chicos esclavos por la droga, los usan de “mulitas” para llevar droga, chicos esclavos en los talleres clandestinos que trabajan por un sandwich de mortadela. No hace mucho encontraron uno cerca de aquí, y hace unos seis meses… ¿Se acuerdan esos seis chicos esclavos que murieron en un taller clandestino en Caballito? Porque mientras los papás trabajaban los bebés estaban como en una jaula, y ahí murieron en el incendio. Chicos esclavos que los hacen tirar de un carro con cartones, que son explotados por la mafia de los cartoneros. En Buenos Aires está prohibida la tracción a sangre: Si van en un carrito con cartones tirado por un caballo o mula, lo decomisan, pero eso no ocurre cuando el carrito lo tira un chico, un chico de diez, once años…. Lo he visto muchas veces en el centro. Chicos usados por las pandillas de arrebatadores que los preparan para arrebatar y salir corriendo. ¿Quién va a agarrar a un chico de 8 años corriendo? Chicos esclavos, chicos que caen en la trampa de la prostitución, que son objetos de abuso, de uso. Y dicen también: “chicos vendidos para transplantes”.

Y como si esto fuera poco,  hay gente que en vez de ocuparse en todo el mundo de solucionar esta trata de chicos, esta trata de la vida, todavía piensan cómo hacer nuevas disposiciones, nuevas leyes para que los chicos no vengan sino que los matemos mientras están en el seno de la madre. Esto está pasando hoy en día. Y si uno grita le dicen “anticuado”. Y hace quince años que estamos gritando, hace quince años que este Santuario tiene la tentación, quizás la que tuvo Pedro: “Bueno, no hagamos mucho lío, no sea que nos traiga problemas”, o la que tuvo Jeremías, cuando le dice al Señor en la primera lectura: “Me sedujiste Señor. ¡qué bien estar con vos!, pero tengo un fuego adentro que me obliga a gritar”. Hace quince años que queremos contagiarnos, ustedes a nosotros, nosotros, los que estamos en el altar a ustedes, contagiarnos mutuamente por el amor a la vida, el amor a los chicos.

El año pasado hablé de las dos puntas de la vida ¿se acuerdan? de los chicos y los ancianos. Hoy quiero hablar de los chicos, los chicos que están usados. Se experimenta con los chicos. ¡Se experimenta hasta en planes de educación! a ver como sale o como no sale… si salió mal serás un inútil toda tu vida. Chicos que no tienen las proteínas suficientes los dos primeros años de su vida y quedan subdesarrollados, y para lo único que sirven cuando sean grandes será para llevar un ladrillo de acá para allá.

Hoy cumplimos 15 años luchando por la vida, todos, todos, todos los que venimos acá, todos. Los que venimos acá, todos felicitémonos. ¡Vale la pena! ¡no es perder el tiempo!, es luchar por lo mejor que Dios nos dio, es luchar por aquellos que Jesús dijo que tenemos que imitar para entrar al Reino de los Cielos, “si no se hacen como uno de esos chicos no van a entrar en el Reino de los Cielos”, es luchar para tener el alma de niño, alma abierta. Es clamar a Dios por todos esos chicos explotados, esclavizados, usados.

Hoy en la misa tengamos los dos sentimientos: el sentimiento de alegría porque estamos luchando por la vida. Felicitémonos mutuamente porque estamos en esta causa pero también el sentimiento de dolor y de tristeza. ¡Y ojalá se nos caiga alguna lágrima al pensar en tantos chicos explotados, en tantos chicos usados, en tantos chicos esclavos!

Jesús lo escuchó a Pedro y lo sacó corriendo por que Pedro no quería lío en la vida. Sepamos que si luchamos por la vida y los chicos vamos a tener lío.  Nos van a decir “anticuado”, “santurrón”, “chupacirios”, les van a de decir de todo, pero el premio es ese: tener un chico en los brazos, la ternura de Dios hecha persona. Con sólo contemplar un papá o una mamá con un chico en brazos nos de ánimo a seguir luchando por esta vida quince años más. Que así sea.

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Spanish A los catequistas
Sept 14, 2008
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los catequistas (21 de agosto de 2008).

“Servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol,
y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios” (Rom. 1,1).

Querido Catequista:

Cada año, con ocasión de la fiesta de San Pío X suelo escribir a todos los catequistas de la Diócesis, dando gracias a Dios por la entrega de sus vidas y por el don de este Ministerio eclesial.

Hoy lo hago nuevamente, pero de modo más breve y en singular. Es que esta vez quisiera acercarme a vos, muy concretamente, catequista de esta Iglesia de Buenos Aires; a vos que en más de una oportunidad has experimentado la fatiga del corazón, pero no has renunciado a buscar, con tus hermanos, el modo de ser Iglesia hoy en esta gran ciudad.

A vos catequista que en tu encuentro semanal con tantos rostros, que en tu experiencia cercana con tantas realidades cambiantes, le habrás pedido al Señor, muchas veces, luz para encontrar los caminos más adecuados  para ser instrumento fiel en este tiempo de cambio epocal. A vos catequista que, como yo y como Iglesia pobre y renovada por el don de Aparecida, nos reconocemos jaqueados por las dificultades que afrontamos hoy para transmitir la fe de generación en generación.

Pero es justamente en nuestra debilidad donde una vez más se hace presente la grandeza del Señor. Es en nuestra pobreza donde la gracia se hace caricia y desafío. Y esto, lo pudimos apreciar todos los que vivimos el “acontecimiento de gracia” de Aparecida. Fuimos conducidos al “Santuario”, para que la experiencia de la fe de nuestro pueblo, fortaleciera nuestras rodillas vacilantes, para que la crisis de nuestras respuestas y recetas ayudasen a forjar el auténtico discípulo que, conciente de no tener las respuestas, se acerca con mirada humilde al único Maestro y escucha con atención sus palabras.

Por eso te invito a que sigamos santuarizando nuestras comunidades. Necesitamos de la experiencia fundante  de una fe sencilla, que se hace vida y cultura. Tenemos, que habituarnos al infatigable esfuerzo del  discernimiento comunitario que nos ayude a despojarnos de todo aquello que  haga lento, viejo  y pesado nuestro ser discípulos misioneros.

De ahí que te comparta aquello que escribí con motivo de la primera reunión del Consejo Presbiteral de este año. Recibilo con sencillez, como fue pensado, y que nos ayude para ir transitando nuestro camino diocesano.

Que María, nuestra Madre, nos cobije en su manto que asegura la comunión y que el Apóstol Pablo nos ayude a no achicarnos para que podamos hacerle frente a esta encrucijada de la historia con la misma  audacia y fervor misionero de aquél que anunció el evangelio como necesidad imperiosa, no para gloria suya, sino como fruto de una misión que se le había confiado (I Cor 9,16-17).

Te pido que reces por mí. Con todo afecto, que Jesús te bendiga.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 21 de agosto de 2008


El camino recorrido

Hace  cinco años el encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias,  nos interpeló a buscar “cómo ser hoy Iglesia en Buenos Aires”.  La Asamblea se presentó como  momento eclesial de encuentro en el Señor; un espacio de afirmación de nuestra identidad y de toma de conciencia de nuestra misión en un ámbito de comunión y participación . La vivencia de la Asamblea tenía que reflejar la realidad de la Iglesia en Buenos Aires para ponerla en común y, juntos, encontrar los caminos para seguir andando el sendero iniciado con el Plan de Pastoral Orgánico Arquidiocesano, descubriendo nuevas expresiones de evangelización (1).

Esperábamos y buscábamos, en lo que luego se llamó el estado de asamblea (2), un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Señor nos fue  llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre el santo pueblo de Dios: y ahí reconocimos experiencialmente sus heridas y fragilidades (3) que son también son las nuestras. En la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y sentimos el hondón de sus heridas pudimos mirar el rostro de Cristo, ir a su  Evangelio para rezar, pensar y discernir lo que necesita. No buscando soluciones rápidas y prearmadas, sino dejándonos  iluminar y trasformar por la oración y la confrontación con los otros, permitiendo que sea Dios el que hable y no las recetas ya experimentadas.

Por las heridas y fragilidades Dios nos habló pidiéndonos la ternura del Padre que sólo podemos brindar en la medida que se renueva y crece nuestro fervor apostólico (4) siendo testimonio vivo del amor de Aquel “que nos amó y nos salvó”.

La pluralidad de exigencias nos llamó y nos llama a reforzar una identidad eclesial que brote de una mayor comunión que se haga palpable en un estilo común (5), “sean uno para que el mundo crea”, procurando el modo de acoger a todos haciendo de nuestras parroquias, geografías  pastorales, y muy especialmente de las “periferias existenciales nuestra ciudad (6), santuarios (7) donde se experimenta la presencia de Dios que es ternura (8) que vino a nosotros, nos amó y nos salvó (9) y continúa pasando  por nuestra vida y derramando su bendición (10).

La mano providente de Dios quiso que este camino que fuimos haciendo como Iglesia en Buenos Aires nos fuera preparando el corazón para que la respuesta a esa pregunta madrugadora: -¿Cómo ser iglesia en nuestra ciudad?, que en definitiva es descubrir cómo responder a nuestra misión de bautizados, de hijos de Dios- viniera también de la mano de la Iglesia en Aparecida. Nuestro lugar y nuestra tarea son los de discípulos misioneros.

En las inquietudes y búsquedas de Aparecida nos encontramos totalmente identificados, en sintonía y confirmados en el camino.



La luz que nos trajo Aparecida

La Iglesia Latinoamericana que se reúne en Aparecida es una Iglesia  consciente de que tiene muchos problemas. Muchos de ellos se repiten y lo descubrimos en nuestra realidad pastoral cotidiana: el crecimiento de los bautizados no acompaña el crecimiento demográfico, año a año muchos fieles abandonan la Iglesia, muchos se van a otros grupos religiosos, nuestras comunidades están lejos de los pobres, hay pocos cristianos en los lugares donde se toman las decisiones que marcan la vida de nuestros países, empobrecimiento y exclusión.



Cambio de época

Es un tiempo de cambios (11) que tienen un alcance global (12) con consecuencias en todas las dimensiones de la vida de nuestros pueblos: lo cultural, lo socio-político, lo económico, las ciencias,  la educación… y naturalmente también lo religioso.

Muchas veces al hablar de “época de cambios” decíamos que vivíamos cambios: algunos fuertes, en algunas esferas de la vida de las personas y de los pueblos, pero la matriz social y cultural, los puntos de referencia, permanecían.

En Aparecida la  Iglesia toma conciencia de lo que se venía anunciando desde hace varios años. Lo que estamos viviendo es un “cambio epocal”, lo que está aconteciendo es que cambia  precisamente esa matriz. Los  cambios “no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que  existe (13).

Lo propio del “cambio de época” es que ya las  cosas no están en su sitio. Lo que antes servía para  explicar el mundo, las relaciones, el bien y el mal, ya parece que no funciona más. La manera de ubicarnos en la historia cambió. Cosas que pensamos que nunca iban a pasar, o que por lo menos  no las íbamos a ver, las estamos viviendo y delante del futuro no nos  animamos ni siquiera a pensar. Probablemente lo que nos parecía normal de la familia, la Iglesia, la sociedad y el mundo, parecería que ya no volverá a ser de ese modo. Lo que vivimos no es algo que ilusoriamente tenemos que esperar que pase para que las cosas vuelvan  a ser como siempre fueron.

Con gran dolor se constata que  la fe, que por más de cinco siglos ha animado  la Iglesia  en  Latinoamérica, ha erosionado (14). Ya no se transmite de generación en generación con la misma fluidez (15). Pero lejos del lamento o la condena de la situación, Aparecida reconoce que no tiene las respuestas a los problemas y por eso es una invitación a discernir con la luz del Espíritu Santo de que manera  ponerse al servicio del Reino en esta realidad (16). Es un acto de profunda humildad el reconocimiento público de no  saber qué es con precisión lo que hay que hacer.



La respuesta de Aparecida

Aparecida no nos trae recetas sino unas claves, unos criterios, unas pequeñas grandes certezas para iluminar y sobre todo “encender” el deseo profundo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a esa actitud que plantó la fe en los comienzos de la Iglesia y después hizo de nuestro continente la tierra de la esperanza. Ante la pregunta: ¿qué es lo que hay que hacer? Aparecida responde: Ser discípulos misioneros en el hoy de nuestro continente. Eso es, en definitiva, el gran objetivo de Aparecida, y lo que nuestro mundo necesita de nosotros. Lo propio del discípulo: la “mirada humilde” y aprendedora (17), la escucha silenciosa y atenta (18). El discípulo  no es Maestro  por eso no sabe lo que tiene que hacer, no tiene respuestas. (19) La Iglesia de Aparecida es comunidad de discípulos  misioneros que quieren escuchar al Señor y escuchar la realidad con humildad para discernir qué es  lo que hay que ser y hacer: “necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad  y la plenitud de la vida”.

Y necesitamos al mismo  tiempo que arda en nosotros el celo apostólico para llevar al corazón de la cultura  de nuestro tiempo “aquel sentido unitario y completo de la vida humana” que sólo Cristo puede dar (20) .

La escucha del Señor también se hace en la escucha  de la realidad con espíritu profético. Ello significa “poner luz sobre modelos antropológicos incompatibles con la  naturaleza y dignidad del hombre” y “presentar la persona humana como el centro de toda la vida social y cultural”: En nuestros días, hacer este anuncio integralmente exige espíritu profético y coraje.

La realidad se presenta complicada y desconcertante, pero los cristianos tenemos que vivirla como discípulos del Maestro. No podemos ser observadores asépticos e imparciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar todas las estructuras de la sociedad de una Vida, un Amor que hemos conocido.

Ese Amor nos hace vivir  abundantemente, como dijo el Papa en el Discurso Inaugural: es “lo mejor que nos pasó en la  vida”, es lo que tenemos para  ofrecer al mundo y contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la vida y la solidaridad (21). Por eso, no podemos mirar la realidad más que en términos de misión.  



La Misión como propuesta y desafío

La misión vocación, definitiva de la Iglesia de Jesucristo, es el corazón de Aparecida. “No podemos quedarnos en espera pasiva en nuestros templos” (22).

Benedicto XVI reafirmó reiteradas veces esta comprensión de la misión como luz de la pastoral ordinaria diciendo que “los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del Pueblo de Dios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones”(23). “…los Apóstoles, transformados interiormente el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. Por consiguiente, toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios, que es Amor (24).” “ Se trata efectivamente de no ahorrar esfuerzos en la búsqueda de los católicos apartados y de aquellos que poco o nada conocen sobre Jesucristo, a través de una pastoral de acogida” (25).

Al abordar el tema de la Misión permanente y la Misión continental debemos evitar caer en un reduccionismo que lleve a la realización de una Misión programática en la que se concentran durante un tiempo determinado todos los esfuerzos y los mejores recursos en una salida misionera, de modo que cuando concluye todo vuelve a ser igual.

La propuesta de Aparecida es más audaz, va más allá de una misión  programática  aunque no la excluye. La Misión que propone Aparecida no está limitada en el tiempo, sino pensada de forma tal que después que se inicie siga sola, que sea una misión permanente. No se trata de programar una serie de acciones, aunque no lo descarta, sino el comienzo de algo con proyección indeterminada. Podemos entonces, hablar de la Misión permanente y la Misión continental que propone Aparecida como una “Misión paradigmática”. Esto significa tener la misión como una clave de interpretación de toda la acción pastoral, es impulsar fuertemente un proceso pastoral que tiene como característica la dimensión misionera en los ámbitos de la pastoral ordinaria. No es acción misionera ad extra sino ad intra y ad extra continua y permanente.

La misión se convierte en el paradigma de toda acción evangelizadora. “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, sacerdotes, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos, y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta”. (26)

           El párroco “debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (27). El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida. “La vocación especial de los misioneros ad vitam  conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes” (28).

Esta clave de interpretación, por ejemplo, hace que no se piense solamente en misionar para que se acerquen más personas a la catequesis o a los sacramentos sino que nos desafía a repensar la realidad catequística y sacramental desde una perspectiva misionera.

En el espíritu de Aparecida implicará también encaminar todo el quehacer evangelizador de nuestra Iglesia en el marco de una Pastoral de Conjunto donde obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, organismos y asociaciones trabajemos corresponsablemente en la formación de comunidades discipulares misioneras y servidoras comprometidas a llevar  con pasión el anuncio del Evangelio a todos los hombres.

La propuesta de una pastoral en clave Misionera  surge de la necesidad de una nueva relación con los que están "fuera", es decir, los no creyentes, los alejados, los no practicantes, las nuevas culturas, etc. que constituyen el lugar prioritario de la misión. Hombres y mujeres que muchas veces comparten las mismas celebraciones, viven en un mismo barrio, trabajan en un mismo lugar y caminan por una misma ciudad.

Esta realidad designa no sólo a  los no bautizados o a aquellos que no han recibido todavía el misterio del Reino, sino que incluye, de hecho, a todos aquellos para los que los misterios del Reino de Dios y la Iglesia son todavía algo exterior, en los que no se participa desde dentro, con los que no se identifica hasta el punto de que todo parece lejano, desconocido o sin valor, “caminar juntos, contar persona a persona, cuerpo a cuerpo, con la voz, con las manos y con el corazón, que Jesucristo es el Señor” (29).

Una pastoral en clave de Misión pretende sencillamente abandonar el cómodo criterio pastoral del "siempre se ha hecho así ", salir de la repetición mecánica, superar la improvisación y la rutina, dejar de dar respuestas estereotipadas a preguntas que nadie se hace, construir un proyecto válido de misión permanente, ordenando en función de este proyecto las actividades de los agentes de pastoral, partiendo de la realidad, valorando los recursos humanos y materiales y teniendo muy en cuenta la medida del tiempo para proponerse objetivos concretos a corto, mediano y largo plazo.

Por lo tanto, el sentido misionero deberá  animar todas las programaciones pastorales y acciones de la pastoral ordinaria intentando seriamente llegar a todos en sus propios lugares y en su estilo de vida.



Conversión pastoral

        Para promover una pastoral en clave misionera es necesario estar dispuestos a una conversión pastoral que implica un cambio de mentalidad, de actitudes y de conductas; para lo cual es necesaria una perseverante docilidad al Espíritu que transforma los corazones y convierte a las comunidades en signos elocuentes de una forma diferente de pensar y de vivir. “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera […] haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (30).

El complejo fenómeno de la globalización, los cambios culturales acelerados, la gran influencia de los medios de comunicación y los múltiples retos que afronta la sociedad en todos los ámbitos, son un desafío a su creatividad pastoral, a su sensibilidad de creyentes y a su espíritu misionero. Por eso se siente la urgencia de un giro decidido hacia una nueva orientación pastoral, animada por una verdadera conversión pastoral.

La experiencia de conversión está en el centro de la vida y espiritualidad cristiana.  Es una experiencia: teórica que compromete nuestra inteligencia, relacional porque involucra nuestra vida afectiva, práctica porque nos da una fisonomía moral determinada y espiritual porque hace a nuestra relación con Jesucristo. Una transformación de la acción pastoral y una consecuente acción pastoral transformadora sólo podrá producirse cuando haya sido mediada por la transformación interior de los agentes de pastoral y miembros de la comunidad que la componen.

La conversión pastoral se vive cuando las “transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace  la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales.” (31). Todas las estructuras de comunión de la Iglesia requieren esa conversión, desde las pequeñas comunidades y las parroquias a las diócesis y sus estructuras pastorales. Y además todos los lugares donde se puede dar el encuentro con el Señor: familias, movimientos, colegios y universidades.  “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe. (32)”.

La conversión pastoral es un proceso pascual de muerte y resurrección, de fe incondicional  y esperanza inquebrantable en el Dios de Vida. Donde hay conversión podemos tener la certeza que Espíritu está animando la marcha de la Iglesia que, con audacia, se hace capaz de cambiar su rumbo para ir asumiendo las opciones que permiten una experiencia y vivencia cada vez más profunda del Reino de Dios. “Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos […] No hemos de dar nada por presupuesto y descontado. Todos los bautizados estamos llamados a ‘recomenzar desde Cristo’, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos” (33). Porque “el seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena” (34).

Que todos nos sintamos fascinados, atraídos y apremiados por el amor de Cristo (35) y podamos decir con San Pablo ¡”Ay de mí si no evangelizo”! (36). La Madre del Señor, que experimentó la peculiar fatiga del corazón (37), nos acompañe y sostenga en nuestras fatigas cotidianas y nos obtenga la gracia de la audacia evangelizadora, el fervor apostólico y la constancia misionera.



Notas:

(1)   Año 2004

(2)   Año 2005

(3)   Año 2003

(4)   Año 2004

(5)   Año 2006

(6)   Año 2006

(7)   Año 2006

(8)   Años 2005/06/07

(9)   Años 2006/07/08

(10) Año 2008

(11) DA 33

(12) DA 34

(13) DA 37

(14) DA 38

(15) DA 39

(16) DA 33

(17) DA 36

(18) DA 36

(19) hay que dejar que la realidad surja del pueblo fiel de Dios, tanto en la preparación como en la elección del método no habrá condicionamientos previos. Se irán recogiendo los diversos aportes que inspire el Espíritu a las personas, a los diversos grupos parroquiales, movimientos apostólicos, y bautizados que no pertenecen a ninguna institución. Y el servicio del obispo consistirá en armonizar esos aportes. Armonizar con la fuerza del Espíritu Santo, no con pre-concepciones funcionales, sino con el Espíritu, puesto que “Ipse est harmonia”  J. Bergoglio  2004

(20) DA 41

(21) DA 480

(22) DA 548

(23) Benedicto XVI, Discurso a las Obras Misionales Pontificias del 05/05/2007.

(24) Mensaje del S.S. Benedicto XVI para la jornada mundial de las misiones. "La caridad, alma de la misión”

(25) Encuentro del Pontífice con la comunidad católica de Brasil.

(26) DA 366

(27) DA 201

(28) Redemptoris missio, 66

(29) J. Bergoglio: Jornada preasamblea Junio 2005

(30) DA 370

(31) DA 367

(32) DA 365

(33) DA 549

(34) DA 277

(35) 2 Cor. 5, 14

(36) 1 Cor. 9, 16

(37) Redempt. Mater. 17



Apéndice

Algunas pistas que podemos tener en cuenta

”Una Iglesia en clave misionera vive una constante conversión pastoral que lleva a asumir nuevas actitudes y formas de evangelización.

   *

     Vive la pasión por el Reino como centro de la vida y acción eclesial.
   *

     Evangeliza y es evangelizada constantemente desde el anuncio del Kerigma.
   *

     Se sostiene por Palabra y apunta al encuentro con  Jesús que lleva al cambio personal y a la creación de certezas profundas que iluminan tanto la vida personal como social.
   *

     Anuncia de modo directo y directo a Jesús
   *

     Reformula las estructuras eclesiales y los planes pastorales de acuerdo a esta nueva clave de interpretación.
   *

     Ofrece antes de exigir,  no condiciona sino que presenta creativamente nuevas posibilidades y opciones.
   *

     Discierne los signos de los tiempos y no da nada por supuesto.
   *

     Supera la desesperanza del “siempre se hizo así” y del “no se puede hacer nada”.
   *

     Asume la realidad tal como se presenta sin pruritos ni prejuicios.
   *

     Vive la acción pastoral con corazón samaritano que va al encuentro del hermano necesitado, del que se ha ido, del que no está.
   *

     Crea servicios que lleguen a los excluidos para hacer de la Iglesia “Casa y escuela de Comunión”.
   *

     Tiende por todos los medios a una ser un  Iglesia de puertas abiertas.
   *

     La identidad de sus miembros se verifica con el discipulado y la misión.
   *

     Realiza un proceso que lleva a la parroquia a ubicarse como comunidad de comunidades y porción de una Iglesia más amplia.
   *

     Experimenta la Misión como tarea de todos y expresión viva de la fe.

Esta nueva perspectiva supone una mística, certezas y opciones

   *

     Evangelizar es “hacer discípulos” no adherentes.
   *

     El discípulo vive una relación profunda con el Maestro, no sólo formal.
   *

     Esta relación lleva a seguir a Jesús haciendo nuestro su estilo de vida.
   *

     La escucha orante de la Palabra alimenta el seguimiento de Jesús.
   *

     La oración es el lugar de la intimidad con Jesús y de encuentro intercesor por los hermanos.
   *

     La Misión es la razón de ser del discípulo.
   *

     La parroquia es “casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad”.
   *

     La parroquia se convierte en lugar de misión que afecta a toda la vida social de barrio.

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires

Buenos Aires, 15 de abril de 2008
Spanish Fiesta de San Cayetano
Sept 14, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires en la Fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2008).

Primera Lectura

“El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.

El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre las naciones. Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor.

Y se dirá en aquel día: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. (Is. 25, 6-9)



Evangelio

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio,; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos y la sala nupcial se llenó de convidados. (Mt. 22, 1-10)



1. Con San Cayetano buscamos construir “un lugar” para todos es el lema que nos convoca este año; nos ilumina el corazón porque orienta nuestras búsquedas: “Construir juntos, con San Cayetano, un lugar para todos”.

¿Y cómo se construye un lugar para todos? No es un trabajo fácil. Sin embargo, el Santuario mismo de San Cayetano nos da la clave: un lugar para todos es un lugar como el de este Santuario y el de tantos otros. Es un lugar de peregrinación, porque uno pasa y el que viene atrás nos moviliza, sin apuros pero sin pausa. Y cuando uno  entra en este lugar santo se siente en casa; algo de nosotros se queda –en la ofrenda que dejamos- y algo de aquí uno se lo lleva dentro, espiritualmente –el corazón ensanchado, para hacer lugar al prójimo-.

El Santuario es lugar para todos porque es Casa de Dios y aquí todos nos sentimos en casa como hijos y hermanos.



2. En la primera lectura Isaías expresa este sentimiento, de que el lugar de Dios es para todos sus hijos, con una imagen hermosísima: la de la invitación al banquete que Dios hace a todos los pueblos en su monte santo. Isaías utiliza dos palabras muy nuestras para describir este sentirnos todos en Casa: “Ahí tienen”. Los que se acercan al Monte Santo de Dios se dicen entre sí: “Ahí tienen a nuestro Dios, éste es el Señor en quien esperábamos. Nos alegramos y regocijamos por su salvación”.

Cuando uno viene a San Cayetano y empieza a ver a toda la gente; cuando uno se va acercando al santo y llega ante su imagen bendita, uno siente ese “Ahí tenés”. Ahí lo tenés. Es tuyo y de todos. Uno siente que en Jesús, Dios se ha hecho nuestro, cercano. Está a nuestra disposición, deja que lo tengamos si lo queremos invocar. Y uno renueva la fe y la esperanza una vez más. ¿Vos creías que estabas lejos? ¿Vos dudabas de si había lugar para vos? Nada de eso: entrá; ahí lo tenés. Estás en tu casa. Junto con todos sos parte del pueblo fiel de Dios. Tomá gracia de San Cayetano. Volcá en él tus penas, contale tus sueños, encomendale tu familia, tu pan y tu trabajo, rogá por todos, confesale tu amor, pedile perdón, dale gracias… Ahí lo tenés. Aquí estás en Casa.



3. En el Evangelio Jesús cuenta la parábola del Rey que invitó al casamiento de su hijo. Es la parábola de la Fiesta en la que hubo lugar para todos –buenos y malos-se anima a decir Mateo. Algunos tenían lugar reservado, una invitación especial, y no quisieron ir… Pusieron excusas: tenían cosas más importantes que hacer aquel día. Y además insultaron, les pegaron y mataron a los mensajeros que llevaban la invitación. ¿Cuál fue la conclusión? ¿Se arruinó la fiesta de casamiento? ¿Se cerró la Casa? No señor, de ninguna manera! “La fiesta está preparada y se hace igual” –dijo el Rey-. Los invitados que se excluyeron solos, que no aceptaron la invitación de Dios a participar de su alegría y de su fiesta, no eran dignos. Entonces el Rey manda a sus servidores a que salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren. “Y los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales”.

Y no les pagaron para que fueran e hicieran número. Fueron porque querían. Fijémonos que en la fiesta les daban también el vestido nuevo –signo de alegría sincera- y al que no se lo quiso poner el Rey lo echó. Es decir: la fiesta era para los que de verdad querían festejar y participar de la alegría de los novios. El ejemplo de Jesús está bien elegido porque las fiestas de casamiento son especiales. Los novios están contentos igual, con o sin fiesta, porque se quieren entre ellos, y se van antes que termine la fiesta… La fiesta es un regalo para los invitados, y se les manda la participación, como se llama: queremos que participen de nuestra alegría. Así es nuestro Dios: quiere que todos sus hijos participemos todos de su alegría



4. En las fiestas humanas siempre hay algo de compromiso, de obligación, de quedar bien… Pero en las fiestas de Dios no. Se incluye a todo el que quiere si es que quiere estar de corazón. Dios es lo único gratuito. Gratuito de verdad. Por eso es el único que puede convocar a construir un lugar para todos. Aquí, en San Cayetano, se demuestra, como también, en Luján y en nuestros santuarios marianos. Estas son Casa de todos. Lugar sagrado en el que, al mismo tiempo que estamos todos juntos, cada uno está haciendo su alianza a solas con el Señor. Y San Cayetano hace de intercesor, de ayudante de Jesús que es el que recibe todas las peticiones y hace la gran intercesión ante el Padre, intercesión que es la Eucaristía.



5. Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la fe. Con las piedras vivas de la fe sencilla de cada uno de nosotros.

Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la mirada limpia, sin egoísmo, mirada de esperanza sólo puesta en Dios.

Éste es un lugar para todos. Un lugar construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria, los que se levantan cada día y trabajan; los que no roban sino que trabajan; los que no se pasan de vivos y viven de lo que produce el trabajo de otros, sino que trabajan.

Éste es un lugar para todos. Un lugar que se construye compartiendo, en el que se comparte el pan y con el pan se comparte la vida. Aquí, en este terrenito pequeño del Santuario, en este terrenito que extiende sus brazos a la calle, hacia las filas de fieles que vienen, nuestra patria es “lugar para todos”: sin exclusiones ni discusiones.



6. Aquí confesamos que necesitamos a Dios. Necesitamos a Dios porque sólo en torno a él se puede construir un lugar para todos. Si lo excluimos a él, el único gratuito, todo lo demás se convierte en objeto de compraventa. Sin Dios ni aun la patria es lugar para todos. En cambio con él todo se transforma en Casa, en lugar para todos. Queremos que nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra patria sea un lugar de todos, un lugar para todos. Por eso aquí, con San Cayetano, rezamos juntos:



“Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos. Amén.



Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 7 de agosto de 2008.
Spanish Sin Dios, la patria no es de todos, dice Cardenal Bergoglio en fiesta de San Cayetano
Aug 13, 2008
Durante la emotiva y multitudinaria Misa en honor a San Cayetano, Patrono del Pan y del Trabajo, el Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina, Cardenal Jorge Bergoglio, señaló que sin Dios, la patria deja de ser una casa para todos.

(ACIDIGITAL, IBLNEWS, 09/08/2008) Como todos los años, el Santuario de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, recibió desde la medianoche a decenas de miles de peregrinos que realizaron largas colas para orar ante la imagen del santo patrono de la providencia.

Durante la homilía de la Misa principal, celebrada a las 11:00 a.m., el Purpurado recordó a los fieles que la patria se construye "compartiendo", por lo que instó a "construirla sin exclusiones ni discusiones".

"Necesitamos a Dios porque sólo en torno a Él se puede construir un lugar para todos. Si lo excluimos a él, el único gratuito, todo lo demás se convierte en objeto de compraventa. Sin Dios ni aun la patria es lugar para todos", agregó el Cardenal.

El Arzobispo señaló que con Dios "todo se transforma en casa, en lugar para todos", y reiteró la invitación a que "nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra patria sea un lugar de todos, un lugar para todos", previo a convocar a rezar la Oración por la Patria, redactada por la Conferencia Episcopal Argentina.

El Primado argentino explicó que el Santuario de San Cayetano fue construido "con la fe y con la mirada limpia, sin egoísmo"; y aseguró que como tal es "un lugar para todos, construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de la patria".

"Esos que se levantan cada día y trabajan, esos que vienen a pedir la gracia de tenerlo, que no roban sino que trabajan. Los que no se pasan de vivos y viven de lo que produce el trabajo de otros, sino que trabajan ellos", agregó.

El Cardenal Bergoglio preguntó luego a los devotos si la Iglesia era un lugar para todos, tanto buenos y malos, y ante el "sí" rotundo de los presentes, agregó: "Acá no se echa a nadie por ser malo, todo lo contrario se lo recibe con más cariño".

Al finalizar la Misa, el Arzobispo bendijo a los fieles y recorrió las largas filas de peregrinos que, a lo largo de casi 20 cuadras esperaban acercarse hasta la imagen de San Cayetano.
Spanish Aniversario de la convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migrantes y de sus familias
Jul 13, 2008
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, celebrada en la parroquia Nuestra Señora, Madre de los Emigrantes el 1 de julio de 2008.

En la primera lectura escuchamos como Moisés estaba trabajando, cuidando las ovejas, era pastor. Tendría unos 80 años y… tenía un gran sentido de la justicia porque cuando estaba en Egipto, más joven y vio como un egipcio maltrataba a un hombre en su pueblo, a un israelita, directamente lo mató. No toleró. Y por eso tuvo que escapar de Egipto y vivó tanto años allí, cuidando ovejas.

Probablemente… …la distancia  desfigura  la realidad,  entonces cuando uno toma distancia, no se acerca, los problemas se desdibujan…

Bueno pero volvamos a Moisés. Moisés esta ahí cuidando y ve que hay un yuyo, una zarza que empieza a arder, arder, arder y no se consume… Entonces curioso se acerca y es Dios que esta ahí y que le dice. Cuando le dice que es Dios se tapa la cara por respeto a Dios, es un gesto que tenían los judíos por respeto a Dios, taparse la cara.

Le dice: “He visto la tribulación de mi pueblo. He visto  como los fenicios maltratan a mi pueblo” -que era un pueblo migrante… los judíos migraron de la Mesopotamia a Egipto- y quiero liberarlos”. Me ha conmovido las entrañas por el maltrato a mi pueblo. Y realmente que, cuando uno lee las cosas que le hacían los egipcios a los judíos, uno dice gracias a Dios que esto no sucede más. Los hacían trabajar…, les daban casi nada de comer. Si tenían un chico varón se los mataban, por eso los chicos los tenían a escondid