Mensaje del cardenal Crescenzio Sepe
Dec 04, 2005
El cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos envió el documento “Congregation Pro Gentium Evangelization” con motivo del Conami
(Roma 25 de octubre de 2005) Al excelentísmo monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, arzobispo de Yucatán, México, y a los Participantes en el XIII Congreso Nacional Misionero
Queridos hermanos y hermanas, con gran afecto me dirijo a ustedes, al inicio del XIII Congreso Nacional Misionero promovido por la Conferencia Episcopal Mexicana y la Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificias, con el lema: “Con Cristo, en comunión, ¡vamos a la misión!”.
1. Siguen vivas en la memoria las palabras que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los Obispos de México, y por su medio a todos los fieles de esa amada Nación, en su reciente visita ad limina apostolorum. Recibiendo a los diferentes grupos de Prelados, el Santo Padre ha exhortado repetidas veces a afrontar con decisión la apremiante tarea de la formación cristiana de los fieles, para ayudarles a vivir en este mundo “con alegría y osadía”, con “coherencia e intrepidez”. Coherencia del testimonio de la vida y alegría por el don de la fe recibida, osadía e intrepidez para transmitirla con celo hasta los confines de la tierra.
Si, la promoción de itinerarios de formación católica que se caractericen por un intenso dinamismo misionero, se revela, con el paso de los años, cada vez más necesarios. Nos lo evidencia el actual marco cultural fuertemente secularizado, amoral y relativista; el hecho que tantas familias no son capaces de transmitir la fe a sus hijos, y el difundirse, incluso entre nuestras comunidades, de aquella mentalidad que concibe y reduce la misión de la Iglesia a un simple compromiso social, a la defensa de los derechos humanos, la paz, la ecología, etcétera.
Dichas situaciones nos incitan a redoblar los esfuerzos en la primordial tarea de ayudar a la humanidad a salir de la forma más grave de pobreza: la ignorancia de Jesucristo y el desconocimiento de la vocación del hombre y su destino último. Sabemos, en efecto, que el “número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente” (Redemptoris missio, 3) y somos también conscientes que, entre nosotros y nuestro alrededor no se puede dar por descontado que se conozca el Evangelio de Jesús. Para esta humanidad inmensa, es patente la urgencia de la misión y del primer anuncio de la fe.
2. No falta, sin embargo, quien interpreta la acción misionera como un intento de imponer a los demás las propias convicciones, en contraste con el moderno espíritu de tolerancia que, mientras asegura querer respetar y salvaguardar la absoluta libertad de conciencia, en realidad confina al hombre dentro de sus límites creaturales, pues hace de la razón humana la norma única y suprema de lo justo y verdadero. Desde esta perspectiva, algunos exigen que el cristianismo renuncie a sus pretensiones —dicen— “hegemónicas”: cese de proponer o favorecer la conversión y excluya la perspectiva del bautismo. La actividad evangelizadora, se afirma con talante irenista, debería ser sustituida por el diálogo interreligioso, pues así sería respetado en cada hombre el seguimiento de la “vía de salvación”, propia de su respectiva cultura o tradición religiosa.
No, queridos hermanos y hermanas, cuando la Iglesia predica a Jesucristo, el Verbo encarnado, y llama a la conversión, no lo hace para imponer sus propias convicciones. Cuando anuncia la vida, muerte y resurrección de su Señor, no tiene miras de predominio. La Iglesia, que nunca podrá “dejar de hablar delo que ha visto y oído” (Hch 4, 21), sabe bien “que la fe viene de la predicación” (Rm 10, 17) y que ella misma tiene su origen y su fundamento en el “dinamismo misionero” de la Santísima Trinidad. “Es el misterio Trinitario, que mediante el misterio de la Redención y la acción del Espíritu Santo, comunica la propiedad del universalismo a la Iglesia” (Juan Pablo I, Audiencia general 11 de mayo de 1995). Es Cristo quien “ha constituido a la Iglesia como misterio de salvación, porque Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está en Él” (Dominus Iesus, 16). La realidad constitutiva de la Iglesia es, por tanto, presencia y comunicación de la Vida Divina, ella es “sacramento universal de salvación” (Lumen gentium, 48).
El mandato misionero es, pues, en la vida de la Iglesia, un impulso interior que viene de lo alto, no obedece a un simple designio o propósito humano, sino a la voluntad salvífica de Dios, al plan divino de salvación. Al hombre débil, sometido.
Al poder de la muerte, al sufrimiento y al pecado, Dios rico de misericordia, le ofrece la Vida eterna, pues Él “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad”, es decir, Jesucristo (1 Tim 2, 4).
3. La Iglesia sirve a los hombre no sólo anunciándoles dicha Verdad: Cristo el Hijo de Dios vino, sino también regenerándoles en Él, para que en Él se realicen plenamente. La misión de la Iglesia es, por tanto, formativa, educativa, materna: “¡Hijos míos! — dice San Pablo—, por quienes sufro de nuevos dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal 4, 19).
La Tradición eclesial ha determinado, a lo largo de los siglos, algunas etapas esenciales de esta gestación en la fe: El largo camino de la formación en Cristo tiene su inicio en la libre decisión de “abrir el propio corazón para adherir a la palabra” del Señor (cf. Hch 16, 14), al kerygina, que es la “palabra de Cristo” (Rm 10, 17); la “obediencia de la fe” al anuncio del Evangelio (cf. Rm 1, 5) introduce al creyente, mediante el catecumenado, en el proceso de filiación divina que Cristo ha procurado a todo hombre (cf. Ad gentes, 14); el espíritu de hijo adoptivo se comunica o, como dicen los Padres, se “sella”, por medio del bautismo; el sacramento de la fe incorpora al neófito en la iglesia, cuerpo de Verbo encarnado, que se alimenta y vive de la Palabra de Dios y del Pan eucarístico.
De todo ello podemos deducir una consecuencia de fundamental importancia, que sin duda interesa a este Congreso Nacional Misionero: “toda persona tiene el derecho a escuchar la ''Buena Nueva'' de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” (Redemptoris missio, 46). Lo que la Iglesia debe en primer lugar a todo hombre es el anuncio de la fe, que Jesucristo crucificado y resucitado es el único salvador del mundo.
Queridos hermanos en el Episcopado, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, ante la gravedad de dicha responsabilidad, ante el horizonte “ilimitado” de la misión ad gentes, no podemos permanecer inmóviles. Es una ilusión pensar que la vida cristiana y la misión ad gentes van a florecer multiplicando comisiones o programaciones pastorales elaboración en modo teórico, empleando como instrumento de análisis y de programación criterios que corresponden más a categorías de tipo sociológico que a la acción e inspiración del Espíritu Santo.
Sólo con la efusión del Espíritu Santo inicia la obra de la evangelización. El don del Espíritu es el primer motor, la fuente primordial de la auténtica evangelización. Es necesario pues, empezar la evangelización invocando el Espíritu, buscando donde sopla el Espíritu (cf. Jn 3, 8), donde se producen frutos de vida “según el Espíritu” (Rm 8). Su acción, presente ciertamente en la Iglesia, podemos reconocerla hoy también en los Movimientos y nuevas Comunidades, carismas naciods “en los últimos decenios, en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad” (Benedicto XVI, discurso a los jóvenes en la explanada de Marienfeld, 20 de agosto de 2005).
Queridos hermanos y hermanas, el Espíritu Santo “es en verdad, el protagonista de toda la misión eclesial, cuya obra resplandece de modo eminente en la misión ad gentes” (Redemptoris missio, 21), déjense guiar por Él, respondan con generosidad su llamada. La Virgen Guadalupana, Estrella de la Evangelización, y todos los santos y santas mexicanos, velen con su intercesión sobre este Congreso Nacional Misionero, para que produzca abundantes frutos de gracia y de misionariedad. A todos transmito el saludo y la Bendición de nuestro amadísimo Santo Padre Benedicto XVI.