Homilía para la Misa en Torreciudad, en la XVI Jornada Mariana de la familia
Sept 24, 2005
Considero un don, que agradezco a Dios de todo corazón, participar con vosotros en esta decimosexta Jornada Mariana de la Familia, en el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad.
(evangelizatio.org, 17-09-2005) Habéis acudido desde puntos muy variados -algunos, bien lejanos- de la geografía española. Y, en vuestro camino, habéis evocado sin duda la primera visita que San Josemaría Escrivá de Balaguer, siendo todavía un niño de dos años, hizo a la Virgen de Torreciudad, en un contexto también familiar: sus padres cumplían la promesa de presentar al pequeño ante Nuestra Señora, a cuya intercesión atribuían la curación de la criatura, desahuciada por los médicos pocos meses antes.
Tanto aquella peregrinación familiar como la vuestra de hoy, a la vuelta de aproximadamente un siglo, nos ayudan a situarnos en el pasaje evangélico, que acabamos de escuchar, sobre la "subida" de la Sagrada Familia a Jerusalén cuando el niño Jesús contaba ya doce años. No pretendo, en absoluto, exponer todas las enseñanzas que contiene la escena; ni, menos aún, ofrecer un desarrollo pormenorizado de la doctrina cristiana en torno a la familia. Meditaré con vosotros sólo algunas de las sugerencias que proporciona el texto de San Lucas.
Hemos leído que "los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de la Pascua". El evangelista utiliza el término "padres", en plural, para incluir en esa denominación a San José. San Lucas no induce a confusión, pues previamente ha dejado bien claro el carácter virginal de la concepción de Jesús, cuyo único Padre es la primera Persona de la Santísima Trinidad. Con su terminología, el Evangelio subraya el carácter familiar del episodio, incluso en el entorno más amplio de la "caravana" donde María y José buscarán al hijo "entre los parientes y los conocidos".
(1. EN LA SOCIEDAD CIVIL)
El niño Jesús se integraba en el pueblo de Israel, incluso "civilmente", como miembro de una familia estructurada en circulos concéntricos a partir del núcleo matrimonial. En continuidad con lo que era habitual en el Antiguo Testamento, tan minucioso en el archivo y reseña de las estirpes, los Evangelios nos proporcionan, no ya una, sino dos genealogías humanas de Jesús, ambas a través de San José, "el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1, 16; cfr. Lc 3, 23-38).
Hace ahora veinticinco años, el 26 de septiembre de 1980, se iniciaba el sexto Sínodo de los Obispos, que trató sobre la misión de la familia en el mundo contemporáneo y cuyo Relator General fue el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Santo Padre Benedicto XVI. En la Exhortación apostólica Familiaris consortio, subsiguiente a dicha asamblea, el queridisimo Papa Juan Pablo II hacia notar cómo “en el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales (...) mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la ‘familia humana’ y en la ‘familia de Dios’ que es la Iglesia” (n. 15).
Los ciudadanos de toda sociedad civil sana se incorporan a ella desde su condición originaria como miembros de una familia, por via de generación. Este enraizamiento proporciona a cada persona una prioridad respecto a otras configuraciones sociales más amplias, como son los estados.
La historia nos enseña que, entre los procedimientos para subyugar a una sociedad, figura el de debilitar la institución familiar. Los poderes totalitarios no quieren que sus súbditos sean "personas"; prefieren entendérselas con "individuos" aislados, fácilmente controlables. La simple agregación de individuos, orientados cada uno a sus intereses egoistas, los mantiene dispersos y, por tanto, manejables. La relación interpersonal, en cambio, que significa entrega, don de sí, generosidad, confiere a los ciudadanos inmunidad frente al estatalismo omnipotente.
En la citada Exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 17), se pone de relieve como primer cometido de la familia, precisamente, la “formación de una comunidad de personas”. La familia no engendra individuos, sino personas que se realizan como tales por la fuerza del amor. Por eso, las sociedades que desean integrarse con meros "súbditos", consciente o inconscientemente buscan desarticular la familia. Inventan lo que llaman "nuevos modelos" -"alternativos", dicen- de familia; promueven diversas formas "de disolución del matrimonio, como las uniones libres y el `matrimonio a prueba', hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo" (Benedicto XVI, Discurso, 6-VI-2005); e inducen a "cerrar sistemáticamente la propia unión" de los esposos "al don de la vida y, aún más, a suprimir o manipular la vida que nace" (ibidem).
Ante ese panorama, y escribiendo para España, Benedicto XVI ha recordado cómo "la Iglesia no puede dejar de anunciar que, de acuerdo con los planes de Dios, el matrimonio y la familia son insustituibles" (Carta al Card. A. López Trujillo, 17-V-2005).
Queridas familias presentes en esta Jornada Mariana: cuando defendéis los perfiles propios de las instituciones matrimonial y familiar no perseguís ningún objetivo particular, egoista. En efecto, según enseña el Concilio Vaticano II, "el poder civil ha de considerar como un sagrado deber suyo el reconocimiento de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia", que "constituye el fundamento de la sociedad" (Const. Past. Gaudium et spes, 52).
(2. EN LA IGLESIA)
Pero, además de fundamentar la sociedad civil, entre los cometidos "de la familia cristiana se halla el eclesial" (Ex. Ap. Familiaris consortio, n. 49).
La visita a Jerusalén de que nos habla el Evangelio, tiene lugar "por las fiestas de la Pascua". La Sagrada Familia peregrinaba para una celebración de Israel como Pueblo de Dios. Jesús niño, llevado y acompañado por su familia, se incorpora al cumplimiento de sus deberes como miembro pleno de ese Pueblo. Hemos escuchado el relato de lo que sucedió al término de la peregrinación. Después de buscar a Jesús durante tres días, sus padres "lo encontraron en el templo".
Aunque "la actividad misionera fluye de la misma naturaleza íntima de la Iglesia" (Conc. Vat. Il, Decr. Ad gentes, n. 6) y así sucederá hasta la segunda venida de Cristo, ya desde tiempos apostólicos (cfr. Hech 16, 33), en el ámbito familiar "la persona (...) es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia" (Ex. Ap. Familiaris consortio, n. 15). El Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos os puede decir que, junto a la existencia de una jerarquía propia suficientemente provista, otro criterio para discernir la implantación de la Iglesia en determinado lugar es, precisamente, la incorporación de las nuevas generaciones al Pueblo de Dios a través de las familias cristianas.
La misión evangelizadora de la Familia, asimismo, no queda circunscrita a su ámbito interno. El testimonio cristiano de comunión y de amor, paterno, materno, filial y fraterno de la familia, de cada uno de sus miembros personalmente y en cuanto comunidad familiar, tiene, hoy en día, un potencial evangelizador sin igual. Sí, la Iglesia necesita de la participación directa de la familia, también en la primera línea de su misión evangelizadora, que es la misión ad gentes. El testimonio ejemplar de tantas familias - muchas de ellas numerosas - que lo dejan todo para acompañar al Señor en su anhelo de llegar a todos los hombres, especialmente a aquellos que nunca han oído hablar de Él, constituye hoy en la Iglesia una luz que nos llena de esperanza, un signo de la consoladora presencia del Espíritu Santo, el auténtico protagonista de la Misión.
No necesitáis que os recuerde, porque las vivís cada día en vuestros hogares, las diversas dimensiones según las cuales la familia cristiana constituye una verdadera "iglesia doméstica" (Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 12; Ex. Ap. Familiaris consortio, n. 49). La familia es el ámbito donde se realiza la primera transmisión de la fe y el acercamiento de los hijos a los sacramentos de la iniciación cristiana; con su práctica de la oración, es el santuario doméstico de la Iglesia; sobre la base del amor, constituye la palestra original para el ejercicio de todas las virtudes personales y sociales; abierta a las necesidades ajenas, es foco que irradia la caridad a las personas o familias de su entorno; y cumple una función evangelizadora de primer orden. Sería interminable la relación de contribuciones que la familia presta a la Iglesia. Sólo quisiera referirme a una de ellas, insinuada también en el Evangelio de hoy: las vocaciones necesarias para cultivar la mies divina.
Después de hallar al Niño en el templo, María Santísima le pregunta con toda naturalidad materna el porqué de su conducta. Jesús parece sorprenderse por la inquietud de la Virgen y de San José -"¿Por qué me buscabais?"- y añade: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". Otras versiones del Evangelio traducen sus palabras de modo ligeramente distinto: "¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?". Sea cual fuere el tenor exacto de la frase, Jesús se refiere al sentido de su vida como Dios encarnado y redentor: alude a la misión salvífica para la que ha sido enviado por su Padre celestial.
Cada uno de nosotros hemos sido amados por Dios desde la eternidad, y hemos sido creados con un acto de amor de Dios, el cual nos ha dado la existencia y nos ha llamado a la vida con un objetivo determinado: lo que suele llamarse nuestra vocación. En esos planes divinos reside la razón de ser de nuestra existencia personal, e - inseparablemente- se provee a los diversos carismas que precisa el Pueblo de Dios, la Iglesia: sacerdotes, personas entregadas al apostolado en celibato, religiosos, cónyuges santos, etcétera. No hace mucho que Su Santidad Benedicto XVI subrayaba "cuánta necesidad tiene la Iglesia de estas vocaciones" (Discurso, 6-VI-2005). El problema, personal y eclesial, reside en que cada uno sepamos descubrir el llamamiento divino y correspondamos afirmativamente.
A este propósito recordaba el Papa cómo, para que esas vocaciones "nazcan o lleguen a madurar, para que las personas llamadas se mantengan siempre dignas de su vocación, es decisiva ante todo la oración que nunca debe faltar en cada familia", y calificaba como esencial "el ejemplo que los hijos reciben dentro de su familia" (ibidem). En el ambiente de piedad propio de la familia cristiana es, efectivamente, donde puede reconocerse la voz de Dios que llama; y los hábitos generosos de abnegación y servicio, cultivados en la intimidad familiar, permiten responder positivamente a los requerimientos del Señor. Vuestros hogares, queridas familias, son el semillero de las vocaciones que necesita la Iglesia.
En la lectura evangélica del Niño perdido y hallado en el templo se nos dice que, inicialmente, Santa María y San José "no comprendieron" la referencia de Jesús al cometido de su vida. También puede suceder, madres y padres cristianos, que a veces los planes de Dios respecto a vuestros hijos no coincidan con los proyectos que vosotros habíais previsto para ellos. Estad convencidos de que sólo serán felices en esta vida y luego en la eterna -eso es lo que deseáis con toda vuestra alma- si descubren su vocación personal y le son fieles. Y cuando Dios elija plenamente para Si a alguno de los vuestros, desde ahora, podéis sentiros santamente orgullosos. Ese orgullo obedece a "la convicción de las familias mismas -son palabras del Santo Padre- de que, también para ellas, la vocación de sus hijos es un gran don del Señor" (ibidem).
(3. DEDICACIÓN FAMILIAR)
El relato evangélico concluye con un resumen de la existencia hogareña cotidiana: el niño "bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad (...) Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres".
Si de la familia dependen -como hemos visto- tan grandes bienes para las personas, para la sociedad civil y para la Iglesia misma, no hace falta que pondere la necesidad de cuidarla como dedicación prioritaria. Las circunstancias sociales obligan a veces a pasar muchas horas lejos de casa. Los padres y las madres explican que su trabajo fuera del hogar es indispensable, precisamente, para sacar adelante la familia. Probablemente sea cierto. Pero, también a este propósito, hay que estar alerta frente al peligro de "propter vitam vivendi perdere causas" (Juvenal, Satirae VIII, 82-83): el peligro de que, por conservar la vida, se pierda la razón de vivir. Seria un error que los desvelos en favor del bienestar familiar terminaran por desintegrar la familia misma.
Estoy seguro de que no es ése vuestro caso. Habéis aprendido de San Josemaría a cultivar unos "hogares luminosos y alegres". El fundador del Opus Dei mostraba el ejemplo maravilloso de San José y de su amadisima esposa, quien vivió siempre a su lado, feliz de poder ayudarle y de ofrecerle sus cuidados. De la Sagrada Familia aprenderéis a vivir esa dedicación de los esposos entre si, uno al otro; el saber escuchar al otro cónyuge y a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; y el sacrificio gustoso de vuestro tiempo, pues es necesario que "los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso" (Es Cristo que pasa, n. 27).
A esta solicitud paterna y materna, fundada en el amor mutuo de los esposos, corresponden los hijos -el Evangelio nos habla de las actitudes de Jesúscon su docilidad y su contribución generosa, sonriente, con olvido de si mismos, a la "empresa" común que es la familia. Pero pienso que, para desarrollar esta perspectiva, habréis de invitarme a otra Jornada Mariana de la Familia.
Dentro de unos momentos presentaremos las ofrendas del pan y del vino que se convertirán en Cuerpo y Sangre de Cristo. En la patena y en el cáliz depositaré las alegrias y las penas, las ilusiones y las solicitudes de vuestros hogares. Que la Virgen de Torreciudad asista hoy también, como hace dos mil años en el Calvario, a la ofrenda de su Hijo, en la que estáis contenidos todos vosotros y vuestros seres queridos, vivos y difuntos. Así sea.